Ficción

Quimera #3: Párpados

Quimera #3: Párpados

Ángel Carrillo
Imagen portada de
Ángel Carrillo
2021-10-26
Sueño también que se me cae el pelo.
-
Nicanor Parra

Una masa oscila 

agitando las sombras que la envuelven. 

La cadena que la sostiene  

en la punta de la aquella verticalidad

se fabricó con eslabones de sueños. 


Ese volumen

<x-poetry>—crepúsculo pendular—<x-poetry>

contiene la asfixia.


Mi cuerpo en reposo y

la cadena se queja y

cruje y se queja y


la masa es liberada:

<x-poetry>—magma gravitatorio—<x-poetry>

Un globo inflamado

atravesando la atmósfera.

Materia cósmica

viajando en el éter. 


Mi cuerpo en reposo y

la masa silba y 

silba y me cae encima y


z

Siento el cansancio en las rodillas. Debo llevar horas caminando por esta trocha retorcida, humeante, encaramándome en una roca para saltar a otra. Voy descalzo. El barro que tengo pegado en las plantas de los pies me sirve de protección. Dejo un rastro de sangre tras de mí, lo alumbro con la linterna. No sé por dónde sangro. Dirijo la luz hacia arriba, en diagonal, mientras estoy en cuclillas. Me están persiguiendo. Los juncos que me rodean se alborotan, me dicen cosas al oído. Las chicharras, la sinfonía de los insectos me eleva por encima del matorral y me vuelve a bajar a la tierra. Sigo andando. El traqueteo de mis pasos flojos. Renqueo como suelen hacerlo todas las cosas de mi vida. Entre las hojas cilíndricas alguien respira con dificultad. Los escucho, son dos. Puedo sentir la angustia. Puedo sentir la angustia. Ahora soy la angustia. En el nombre del jefe de los jefes, dice uno, con el poder de Guaicaipuro me hago invisible para esas piltrafas: Guerrero taima, cacique de las tierras violadas, tu tribu me ampara, soy tu hijo ahogado en la sangre nocturna, soy el oro que no permitirás que se roben, la montaña protegida: me rindo ante ti, mayor de los mayores. Nos van a escuchar los finados, le dice el otro, nos van a escuchar, me da un culillo muy bravo la invocación. Ahora llevo la linterna apagada, el brillo de los muertos me acompaña, aunque no quiero andar este camino con nadie que no sea el murmullo de los juncos. Soy el de los pasos de fantasma. También estoy aculillado, por supuesto. Cuando ya nadie perturba mi absoluto sigilo vuelvo a prender la linterna. Me tiembla en la mano. Adelante van dos botas de caucho andando, nadie las dirige, ningún cuerpo, ningunas piernas. Les apunto con la linterna que me robé cuando escapé. No sé de dónde me escapé. Piso en sus huellas y entiendo que por ahí sangro, que la sangre me sale de los pasos. Saltan a un hueco las botas. El hueco es un ojo en la tierra. Los párpados hojas de plátano. Las pestañas colas de perro que sienten mi presencia y se sacuden sobre el barro. No hay ladridos, no hay hocicos. Miro hacia abajo, apunto con la linterna al hueco. Ahí estoy, en la cama, mirando hacia el reverso del ojo en el techo, como poseído, todo sudado. Deslizo la luz por mi cuerpo. Algo me sucede, quiero abrir la boca y no puedo. 

zz

La parálisis

del sueño

mis sueños

no paraliza.   

zzz

Yo le veo esos bracitos muy flacos y a las jevas les gusta tener de dónde agarrar y cuando le cojan esa ternura de brazo a usted lo van a tener es de juego que venga me acompaña a escoger yines que venga me dice qué cuadra con este culo pero con esos bíceps de alambre dulce usted a ese culo no podrá aspirar olvídelo papu tiene que trabajarlos trabajarse tiene que estallarse engallarse no pein no guein hacer cien fondos sin respirar hasta que la vena de la frente se le marque y se ponga todo proteína todo Godzilla en Tokio máquina apocalipsis como yo que me buscan porque soy una roca les doy duro me piden más tenga no le creo a nadie forjé mi carácter y usted aprenda a no reír tanto que tiene la carrocería toda torcida mándese a enderezar esas muelas de mula y lleve el ceño fruncido todo el día que ni el sol sea capaz de mirarlo de frente aspire al poder a meter el cambio duro brusco sea el protagonista de todas las persecuciones quien espicha el botón el que viaja a la luna y mea en un cráter no se pregunte ¿para qué? sino ¿por qué no? oiga espabile recuerde que usted es el caballo ganador papu pero soy yo quien hace la apuesta.   

zzzz


No hay ronquido ajeno

talismán o agarradero,

el lado izquierdo

de la cama

nada, cero. Escucho que afuera

se rompió el cielo.


Mi pareja se fue de viaje hace

¿hace tres seis cuatro

meses? 

¿Milenios? ¿Menos?


Necesito que me despierten,

¡ayuda! Escucho que afuera

se desfondó el cielo. 

zzzzz


Es el funeral de mi papá pero en el cajón no hay cuerpo. En las coronas su nombre brilla bajo la luz halógena. Serifas doradas y aristas gruesas. Pero mi papá no aparece. Todas las personas en la sala están ansiosas, me miran, esperan que les dé alguna solución. Ustedes están jugando con nuestro tiempo, me dice una mujer con el pelo trenzado hasta el piso a quien nunca había visto. Es cierto, pienso. El contrato decía, me dice otra, que la cláusula de permanencia era por un año y ahora, después de diez años de convivencia con este señor, me quieren cobrar dizque una multa por abandono. Tiene toda la razón, le digo, es injusto. Entra un hombre a trapear la sala y el olor a canela del limpiador de pisos me provoca arcadas. Siento que el desayuno se me devuelve. Salgo al pasillo, escucho cómo desde la sala fúnebre, a mis espaldas, me llaman. Igual de serio al papá, me gritan. Igualito. La ropa me queda pequeña. Me quito los zapatos y los dejo junto a una matera. Encuentro un baño, pero ya no quiero vomitar sino orinar. Adentro está mi papá, escondido, en calzoncillos. Le ayudo a quitarse el pegante de la boca y las bolitas de algodón de la nariz. Huele a formol y a madera. Yo a esa gente no la conozco, me dice. Sus arrugas, la textura áspera de sus mejillas. Le pongo mi camisa, mis pantalones, la corbata. Le meto mi billetera en el bolsillo. Pues la conozca o no, le digo, toca que vaya y resuelva, papá, yo no puedo. ¿Pero que resuelva qué?, ¿ah? Me pongo las bolitas de algodón en la nariz. Orino. Ahí afuerita están los zapatos, le digo. Antes de salir del baño, mi papá me mira con esa cara de angustia tan suya. El aguacero empieza, las gotas golpean el vidrio y en el vidrio está el ojo, parpadeando, mirando y dejándose observar. Las colas de los perros se erizan. No hay ladridos. El platanal se abre ante mí, dentro hay un lugar húmedo, una caverna pequeña atravesada por el siseo de una quebrada. Barbas parasitarias cuelgan, les escurre agua. Escucho que dicen mi nombre. Quiero despertar, soy consciente del sueño y no lo deseo. La voz parece la de quien habla frente a un ventilador prendido. La dueña de esa voz mete la mano por la pupila negra del ojo. El agua está como una puñalada, me dice, pero es un dolor que sana la piel y el espíritu.  

zzzz


Negativo fotográfico que cambia de colores. Imagen que muestra el cuerpo de una mujer en la orilla de un río.

zzz


Vengo de las habitaciones blancas sin eco. Crucé en diagonal las cinco, avancé de una en una, abrí sus puertas cristalinas y dejé atrás sus luces quirúrgicas. Vengo de las habitaciones blancas sin ventanas. Ingreso entonces en un ambiente que parece creado por el entusiasmo imaginativo de un celta o por una vidente que ha escapado de un hospital mental. Siento el poder de los colores. Puedo acariciar la textura de los lienzos. Es extraño esto que voy a decir pero: se metieron en mi cabeza. Es decir, mi monólogo está no solo acompañado sino intervenido por alguien más que me dice una y otra vez: Yo creo que más bien las cosas me miraron a mí. Avanzo en el aire pesado de esta habitación sin paredes, sin dimensiones, sin referencias, recordando que vengo de las habitaciones blancas sin espejos. Camino sobre terreno rojizo mientras el aire levanta tierra, que se me mete en las orejas. El horizonte es un arbusto infinito evidentemente falso. Yo creo que más bien las cosas me miraron a mí. Veo a una mujer de pelo naranja, largo y parado a causa de la electricidad que atraviesa su cuerpo. Anda a paso suave sin dejar de mirarme: Yo creo que más bien las cosas me miraron a mí. Dos metros y medio de altura, le calculo. Lleva sandalias cerradas, un vestido también naranja y carga en la mano izquierda un cesto tejido. Largo peregrinaje. Vengo de las habitaciones blancas sin gravedad. El centro de su cuerpo es una paloma o una especie de pájaro azulado que no he visto nunca: su cuerpo ha sido atravesado por el animal. Yo creo que más bien las cosas me miraron a mí. Se abre una puerta en el arbusto falso, de ella sale una hiena con las tetas hinchadas. Otra mujer, junto a la hiena, dándole órdenes. La hiena me impacienta. Empiezo a sudar, a moverme en la cama. La mujer andrógina junto a la hiena se percata de mi estado mental. Me señala. Un caballo blanco galopa. La escucho hablar a pesar de que sus labios rojos no se mueven. En realidad, yo no pienso en términos de explicación, me dice. Y señala el ojo en la tierra roja.


zz

El agua está como una puñalada. Pero es un dolor que sana. 

z

No me atrevo aún a poner un dedo sobre la madera

(z) rechina listón ondea débil espectro (z)

que sus callos pisaron.


No me atrevo aún a poner la mirada 

(z) letargo repiqueteo rayo respiro llanto (z)

en los escombros del bólido acumulados bajo la cama.


Globo inflamado;

apagado

Materia cósmica;

terrenal


Usted ahora se me aparece 

recostada contra la víspera de la madrugada, 

recortada por el canto de los copetones

que veíamos por la ventana,

¿se acuerda?

Y no me dice nada.


Una silueta larga que se desvanece

cuando me quito las lagañas. 

El lado izquierdo de la cama:

nada, cero.


Emblema que dice Quimeras. Dibujo de persona con bata o tela.

Si quieres enterarte de las flipantes aventuras de este man luego de que su pareja se fue de viaje, lee la primera Quimera, y luego la segunda.

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