Ficción

Quimera 2: Garbanzos

Quimera 2: Garbanzos

Ángel Carrillo
Imagen portada de
Ángel Carrillo
2021-09-25

Tengo el mayor de los cuidados para no entenderlo (...)
Entenderlo no es la manera de verlo.
Clarice Lispector


parece algodón enredado entre las muelas de la cordillera. Se trata del Atrapanubes. Informe especial: noticias Carraqueo. En las faldas del Chiñuco Caitupé, la riqueza envuelve durante las madrugadas toda forma de vida. Los empresarios ya pusieron el ojo en la fortuna que existe dentro de la niebla que baja cargada de oro transparente antes de que salga el sol. Esto que ustedes están viendo ahora, que casi se puede coger con las manos, es el recurso natural explotable que según los ingenieros ahora debe ponerse al servicio de las ciudades. El Atrapanubes es una herramienta que recoge el agua que hay dentro de los bancos grises y espesos de neblina y lo guarda en contenedores gracias a una rejilla y un esqueleto de pvc cuyo

movimiento de las cucharas cortando el viento. Todo pasa rápido. Entran en las sopas de cuchuco y salen de ellas: un reflejo desfigurado sobre la superficie grasosa. Como sorber el tiempo sin soplarlo y quemarse la lengua. El chasquido de quienes mastican a un ritmo vertiginoso llena el espacio. Es esta la cadencia que impone la necesidad laboral. Tempo de mediodía. El hombre con los dedos de yeso y las botas de dotación salpicadas de mezcla no se permite una sonrisa. La media cajetilla se le asoma del bolsillo de la camisa: tiene un cigarro esperándolo en la oreja. El de la digestión. Las mesas plásticas y blancas todas ocupadas: el ají en el centro: el bálsamo del cilantro. Venga le voy tomando el pedido, chinazo, me dice el hombre mal afeitado

cuando ve llegar el filete su cuerpo se tensa anticipando la primera mordida. Sus hombros se ponen duros. Aprieta la mandíbula. Pero sabe que él está bien, tiene todo bajo control porque Karinga Plus Cemento Bucal fijó su prótesis dental como si de la base de un rascacielos se tratara. Además su fórmula antibacteriana ayuda a bloquear el noventa y nueve punto nueve por ciento de partículas de comida que irritan

los garbanzos ocupan la cuarta parte del plato, mientras el arroz y la papa salada casi la mitad. Tajada. Tomate rebanado. La idea de una ensalada. Lo voy combinando todo. Desatiendo el esmero de quien cocinó cada alimento por separado. Yo estaba acá primero, señor, míreme, envejecí en esta puta silla, y vea, usted le sirvió primero a la cucha esta. El hombre mal afeitado que ha estado llevando los almuerzos a las mesas con aspecto preocupado, consultando el reloj de pulsera con un notable tembleque mientras además despacha domicilios, le dice al tipo que está montando problema que ya le va a servir. ¿Cuál cucha?, pregunta la cucha: más respetico, arrastrado. Lo que pasa es que el cerdo a la rusanapolitana se demora un poco más por la preparación, ¿sí me entiende?, le explica el mesero al comensal jorobado que se ha ido escurriendo sobre la silla mientras envejece en el calor del local. A mí, que también llegué después, ya me sirvieron. Le sonrío a mi cómplice: soy el privilegio encarnado. La papa tiene la textura de una nube atravesada por un rayo de sol a las seis de la tarde y cuando la baño en el ají aguado imagino que llueve a cántaros  

dejando cientos de damnificados en el departamento. Camila Rodríguez en el lugar de los hechos. Esta declaratoria de calamidad pública se da luego de un consejo de gestión de riesgo. Se ha determinado que se necesitan recursos adicionales para atender a las cuatrocientas diez familias afectadas y a los propietarios de establecimientos comerciales que lo perdieron todo cuando las aguas entraron arrasando. Los vecinos de la vereda tienen las alarmas encendidas. Hay una decena de municipios en riesgo. Es que usted viera, usted viera, esa joda parecía un tsunami de barro, al de allá de la esquina se le llevó la moto, yo la vi bajar ahogada porque yo estaba

muy alterada, sale de la cocina quitándose el gorro. Se jala el pelo, aunque quiere peinarse. Se vuelve a poner el caimán. Detrás de ese velo de sudor creo que lleva el rostro macizo, tallado con la punta dura del desencanto y el martilleo del trabajo en la cocina. Cruza la calle, se aleja, busca la calma y encuentra una chaza y compra unos chicles y abre la caja y se los mete a la boca de un tirón. La veo acercarse de nuevo. Se suelta el nudo del delantal. Es un borrón en la mitad de la calle, el sonido de un exhosto, el fondo de una olla quemada. El velo se agita, se le va cayendo al piso, gota a gota: ahora le veo el rostro. A mí me quedan unos garbanzos en el plato, pongo mi atención en ellos. Nadan en la salsa amarilla y el picadillo del ají. Los voy pinchando uno a uno. Mastico con cansancio. ¿Qué me sucede? Yo también me estoy escurriendo, me disuelvo en el sopor. El del problema me mira, menos envejecido. ¿Ahora quién sonríe? En el andén está el obrero. Me conoce. O mejor: pone cara de que me conoce. Se lleva la mano a la oreja y

enciende por muchas razones, pero se apaga con Liberagastrol. Yo era de los que amanecía con agrieras y no podía comer nada. La gastritis no es vida. Hasta respirar me dolía. Pero fui al doctor y me dio esta capsulita, que alivia el reflujo y me libera, dándome horas y horas de vitalidad. Soy feliz. Ahora puedo pedir antes de entrar a la oficina esa arepa con chorizo que tanto merezco y no 

sentarse y se queda mirándome. El obrero fuma y escondido detrás del humo también me mira. Se le estiran las facciones: la quijada, la fosa izquierda, un pómulo: todo combinado como mi almuerzo. El rostro es una ese alargada que dibujo yo mismo a los cuatro años sin pulso. Tenemos que salir de aquí, me dice la mujer de la cocina al regresar, asfixiando al gorro, el puño bien cerrado. Mastica los chicles con los labios siempre un poco separados, por donde me asomo: una partida de dominó incompleta. Se pasa la lengua por los dientes. Parece embalada. ¿Me oye? Me abanica con el gorro. Debo estar pálido. Mujer, le dice con vehemencia un tipo con el pantalón escurrido a media nalga, frente a la registradora, pero ella me sigue abanicando. Los tres garbanzos que me quedan se salen del plato por su propia voluntad, ruedan por la mesa y en una esquina se organizan como una cuadrilla de combate: chocan y se parten por la mitad, ahora son seis partes casi iguales y seis moscas casi iguales se paran sobre cada mitad. Se funden en una especie nueva de grano alado bien condimentado. Cada ser irradia una luz nueva para mí. Mujer, para echar aire están los ventiladores, ¿oyó?, a usted la tengo acá adentro. Ella lo mira mientras los garbanzos levantan el vuelo. Yo no le voy a lavar el baño, malparido explotador, ya le dije, me la pasé cocinando toda la mañana y estoy mamada de que me diga cuándo puedo descansar. El dueño del corrientazo no para de recibir dinero. Tiene seis manos entrenadas, veloces. La caja es una bestia sometida que él va engordando a la fuerza con billetes de poca denominación. Y ahora él también me mira. Toda la gente dentro del local me mira. Lo estaba esperando, me dice la cocinera, soy 

dólares. Escucharon bien, el turista lanzó dólares desde su balcón. La gente desesperada comenzó a recoger la plata del piso. Un hombre se desnudó bajo la lluvia de papel moneda y bailó. Aunque hubo un par de peleas por el dinero, hubo mucha felicidad. No es la primera vez que un hecho como este sucede en la ciudad amurallada, varios episodios similares se han presentado en el pasado. Según información suministrada por la policía se trata de un ciudadano estadounidense hospedado en un lujoso

mareo. Me tomo el agua que me trae la mujer y me recupero un poco. Respiro observando mi respiración. La gente no me mira. Busco los garbanzos en el aire y mientras lo hago le digo a la mujer que se equivocó de persona. Pero vea, la comida, deliciosa, yo estoy viniendo acá de vez en cuando, vivo cerquita, es que mi pareja se fue de viaje y la verdad cocinar para mí solo me deprime. Me paso la servilleta por los labios, sonrío. No sea guevón, me dice. Golpea con la mano abierta la mesa y todo el plástico se agita. Los cubiertos chocan sobre el plato. El obrero de los dedos de yeso sigue en el andén y prende otro cigarro. Se pone uno más en la oreja y guarda la cajetilla. Algo le pregunta a la cocinera con un gesto de la cara, el mentón alzado. Nos mira, chupando el filtro. La única manera, me dice la mujer con los ojos muy abiertos, la única manera que existe ahora para que podamos salir de aquí es que usted asuma la situación. Usted y yo estamos unidos. Necesito que me escuche con atención. El camino que seguí en la vida me llevó hasta aquí. A usted también. Yo he tomado mis decisiones con potestad, aparentemente, pero he tenido que escoger entre las opciones que ha habido disponibles, que han puesto ahí para mí. En realidad, yo nunca he decidido nada. Ni usted ni yo. Pero ver esa cosa, hacerse consciente de esa cosa que ha estado frente a mi vida como una góndola de supermercado, esa cosa de la que yo hecho mano y en la que confío ciegamente, ya es algo. ¿Qué es esa cosa? Bueno, averigüémoslo. Ese man que está ahí afuera, esperándonos, me dijo esta mañana algo que me dejó pensando: nada puede seguir existiendo fuera de la dependencia en que se mantiene, fuera de su campo de gravedad. Yo no entiendo del todo qué quiere decir y no espero que usted lo entienda tampoco, pero siento algo y quiero que usted lo sienta. Un deseo de vacío. Esto es lo que vamos a hacer, escúcheme, ponga todos sus

bostezos? Me tomo un Vivo a mil y bailo y vivo y me gozo la vida. Sonrío. Tú necesitas llevar tu vida al doscientos por ciento. A mil. Tú puedes. Tú sabes que puedes dar más. Es hora. ¿Te sientes cansada? ¿Te falta la energía vital? ¿El sueño te acompaña todo el día? ¿Estás constantemente entre bostezos? Ya sabes, repite: Me tomo un Vivo a mil y bailo y vivo y me

empuja. El obrero tiene pique de maratonista, elocuencia de motivador de masas y una capacidad pulmonar envidiable que le permite hablar mientras corre. Necesitamos callar y dejar de luchar contra la mente, me dice. Pero si yo no estoy diciendo nada, le digo o intento decirle mientras corro a su lado. Adelante va la cocinera. Los seis medios garbanzos hibridados con moscas nos sobrevuelan. Luchando contra la mente, me dice el hombre, intentando dominarla como si fuera un caballo enfadado no ganamos nada. La enfadamos. Tratando de controlarla recibe el alimento que necesita y termina dominándonos. Imagine una roca pesada sobre otra roca pesada sobre una roca más pesada. Imagine cien rocas, una sobre otra. Mil rocas. Puedo trazar una línea recta a través de ellas, entre una y otra: imagínelo: es una línea tornasolada que vibra. Imagine que debajo de ellas, de las piedras que están en equilibrio, corre un flujo de agua agitado, pero las rocas no se mueven, no se vienen abajo. Ya, ya, me quiere decir que debo ser las rocas, le digo jadeando, corriendo, con las cejas levantadas, el viento secándome el rostro. Debo buscar el centro. No, me dice, usted es el flujo, ¿acaso no ve lo agitado que está, el movimiento que lleva? Las rocas deberían ser su mente. Un pensamiento sobre el otro: al final, en la inercia y el sinsentido, desaparecen. Y me mira y me parece que tiene la dureza de una roca en la cara y el desequilibrio en la cabeza de un papel que se ha llevado el viento: miro el papel y parece no moverse en el aire. Entramos a través de una puerta delgada y caminamos por un pasillo igual de delgado. El zumbido de los garbanzos sobre mi cabeza. En las paredes hay fotografías de una familia que no conozco: el brindis de un padre durante unos quince años, la hija bajo su amparo: tres bañistas en un balneario de tierra caliente espantan los zancudos, en la piscina las hojas secas flotan: una anciana en silla de ruedas, la foto de los bañistas colgada en la pared detrás de ella. El pasaje nos lleva a una sala de teatro oscura, de acústica tan profunda que mis pensamientos rebotan contra las paredes. Van y vienen. En la tarima hay un televisor. Arriba, en la oscuridad de los cielos, los reflectores. Nos detenemos, tomamos asiento. La cocinera a mi lado se entristece, pero sonríe, pero llora. Me coge con fuerza la mano. El televisor se enciende y una mujer con el pelo sobre los hombros canta y no le entiendo porque el idioma que usa es uno distinto de todo lo que conozco. Sé que canta, supongo que canta. Siento que canta. La sala está llena ahora con su canto que no sé qué quiere decir. Prenden una máquina de humo. La neblina artificial avanza: las luces la atraviesan. Parece algodón enredado

El firmamento y el mar, divididos con diferentes tonos, entre lo apagado y lo psicodélico.


Ángel es fotógrafo, escritor, diseñador y editor. Desde 2014 hasta enero de 2021 fue el editor de la revista Cartel Urbano. Ha publicado crónicas, entrevistas, reportajes y fotoensayos, pero sobre todo cocina rico y barre bien. Pueden seguirle la pista en lasfotosdeangel.com y en su cuenta de Instagram.

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