Opinión

Una herida que se ha descuidado

Paola Montero
Imágenes POR
Pablo David G.
2021-05-21

“Esto es más difícil, la reconstrucción de los sentimientos y no de los hechos” 
De Absentia. Adaptación teatral del monólogo “Una solitaria voz humana” tomado de Voces de Chernóbil de Svetlana Alexiévich   

El cuestionamiento es el gesto que se ha enraizado en cada uno de mis días desde la noche anterior al 28A, una incógnita que toma la forma a veces de angustia, a veces de tristeza profunda y otras de admiración y emoción por la intensidad del encuentro que implica la protesta en las calles y que estaba doblemente contenido debido a la emergencia sanitaria. La pregunta que hasta ahora identifico con más claridad no es novedosa, la vinculo con otros momentos de mi búsqueda por comprender qué significa haber crecido y vivir en Colombia, incluso con más detenimiento la puedo conectar con preguntas de otros que me anteceden desde hace décadas.

La pregunta en cuestión la concreté hoy durante uno de esos lapsus de videos, lives, fotografías y gritos de auxilio que inundan las redes en momentos como este (de algunos recuerdo el lugar, de otros no): Yumbo ante mis ojos a través de una fotografía de la ciudad en llamas; un hombre dando su dirección para convocar a quienes pudieran ir a su casa porque estaba amenazado de muerte; un líder campesino que desapareció el viernes pasado y apareció muerto el domingo en Nariño; un militar, también en Yumbo, gaseado con lacrimógenos por el ESMAD mientras intentaba conciliar entre policías y manifestantes; policías arrasando civiles con sus motos y, entre muchas otras escenas del horror, la declaración de un joven que explica muy bien por qué muchos como él están dispuestos a morir antes que ceder su derecho a protestar y exigir ante el gobierno.

A estos hechos se iban sumando las historias de otras épocas que también circulan en la red y que conectan con la actualidad como si se tratara de radiografías similares una sobre otra: el exilio y luego la muerte durante el Estatuto de Seguridad de Turbay (1979-1982) de la escultora Feliza Bursztyn, el asesinato de Pedro Luis Valencia un día después de manifestarse el 13 de agosto del 87 en la marcha de los claveles [1]en Medellín y la detención y tortura de aproximadamente 81 personas que se manifestaron en la Universidad Nacional el 16 de mayo del 84[2]. Mi pregunta que al principio se limitaba a tratar de entender lo que sucede, se convertía en ese momento, después de varias noches de noticias e imágenes terribles, en una más elemental: ¿cómo enfrentar la presencia de toda esta violencia que ha sido transversal en las vidas de varias generaciones en Colombia?

No deja de ser irónico que habiendo crecido en un país donde la multiplicidad de la violencia parece inagotable, mi disposición y capacidad para comprenderla como una faceta de lo humano sea tan evidentemente insuficiente. Esta contradicción, se crea, imagino, por mi privilegio de no haber estado expuesta directamente a hechos violentos (sí, en Colombia esto es un privilegio), sumado a algo que veo como un intento de contrapeso a través de la negación, y a la obstinación de las mujeres con quienes crecí que se han esforzado por mostrarme una forma de las relaciones siempre producto del cuidado, la consideración del otro, el afecto (aunque finalmente esta forma de relacionarse resulte ser una práctica mucho más compleja de lo que creíamos).

Ante esta contradicción la urgencia de la pregunta se intensifica. Lo había pensado hace algunos años al conocer un museo de la memoria creado por estudiantes de distintos grados de bachillerato donde exponían historias de los informes publicados por el Centro Nacional de Memoria Histórica. Para mí se trataba de niños haciéndole frente a una historia que tiene niveles de atrocidad, a estas alturas, pasmosamente inmanejables. Un museo del horror. Me preguntaba por qué y qué significa que en efecto sea esto una de las cuestiones más importantes por abordar en nuestra formación como ciudadanos colombianos.

No tengo una respuesta, pero me doy cuenta de que la historia que llevamos aún si es desconocida o silenciada es una herida abierta que se profundiza y que se debe detener cuanto antes, pasar a la pregunta posterior acerca de cuánto más será necesario para sanar tanto dolor, para sustituir todas las imágenes del horror experimentadas en cuerpo propio, estudiadas o vistas en la tv, los periódicos o la internet. No es lo único que tenemos, pero, me lo dijo un médico hace tiempo: una herida que se descuida, siempre, por muy pequeña que sea, puede derivar en algo grave. Creo que es porque tenemos mucho más que se ha buscado obstruir la capacidad de amar, cuidar y proteger: la vida, la tierra, cada vínculo. Así que las preguntas acerca de qué está sucediendo, acerca de cómo enfrentar las experiencias violentas, derivan rápidamente en otra: cómo detener esa violencia y sanar los estragos que deja. No lo sé, pero quiero creer que la pregunta es ya una manera de empezar a resolverlo al menos conmigo misma.

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Nota: La noche en que escribí esta editorial el presidente anunciaba la intervención de “todos los niveles de la fuerza pública” para apoyar a alcaldes y gobernadores en el desbloqueo de las vías donde campesinos y camioneros protestan, entre muchas otras cosas, por las acciones del Gobierno en contra de los Derechos Humanos durante el Paro.

[1] Marchaban reclamando por las violaciones de derechos humanos en Medellín que se habían intensificado de manera alarmante desde el mes anterior a la marcha.   

[2] El 24 de febrero de este año el proyecto Archivos del Búho de la UNAL entregó a la Comisión de la Verdad el informe de la investigación titulado: Reventando Silencios: Memorias del 16 de mayo de 1984 en la Ciudad Universitaria. En la página de la editorial Enjambre se puede encontrar el libro del mismo título que reúne los resultados de esta investigación.

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