Ficción

Sala de Espera. Variaciones sobre la impaciencia.

Invitados LN
Imágenes POR
2020-07-28

Sala de espera por Daniela Cubillos

Supongamos que un personaje hipotético llamado Juan, Pedro o cualquiera de esos nombres clichesudo usados para saber cuántas manzanas o lápices hay, es arrollado por una motocicleta cuando se disponía a ir a la casa de su novia un jueves por la tarde. Transcurren veinte minutos y la ambulancia no llega, un taxista se compadece de él y lo lleva a urgencias. No fue nada grave. Pedropablo solo tiene algunos raspones y una pierna rota que requiere de terapia para ser la misma de antes; terapia que debe tomar en una clínica.

Clínica: establecimiento destinado a proporcionar asistencia o tratamiento médico a determinadas enfermedades. En Bogotá hay 26. No sabemos a cuál de todas acudió Pedropablo y no importa, solo fue una excusa para situarnos en la Clínica Colsubsidio El Lago. En el segundo piso están los personajes principales de esta absurda, sencilla e insulsa historia: el tiempo, una candonga, unos guantes domésticos, un gancho de grapadora y un par de testículos.

2:25 p.m.

Tiempo: magnitud física que permite ordenar la secuencia de los sucesos, estableciendo un pasado, un presente y un futuro según la RAE. Inexistente según la teoría cuántica. Las garras y colmillos de un tigre voraz según Shakespeare. Un misterio imposible de agarrar según los simples mortales. Lo creamos en nuestra consciencia para darle sentido al universo. Desde su invención, nos hemos obsesionado con medirlo, pero el tiempo es inexorable y controlarlo es inútil. Es traicionero. Pasa a gran velocidad cuando no lo deseamos y cuando rogamos por su comprensión, él se encarga de hacer cada milésima de segundo una completa e infinita tortura. El tiempo será nuestro personaje principal y mi acompañante en la espera por mi cita médica.

2:30 p.m.

Candonga: adorno simple en forma de aro que portan las mujeres en las orejas, pero que en este caso lleva un hombre moreno de unos 25 años. Dos niñas, probablemente sus hijas, le piden casi a gritos que las lleve al baño y aunque lo tiene a su lado izquierdo, él da un recorrido por todo el piso mientras ellas lo amenazan de estar a punto de orinarse. Después de unas cuantas vueltas y varios minutos, descubre el baño y entran los tres.

La sala de espera está llena, el silencio es imperante, las ansias parecen recorrer el ambiente y se mezclan con ese típico pero falso olor aséptico que no logra disfrazar el de enfermo. Todos se ven muy estirados, con las caras largas y los ojos fijos al suelo, como tristes estatuas petrificadas sentadas una junta a otra en la hilera de duras sillas negras.

2:42 p.m.

Miro el reloj. Solo han pasado algunos minutos y aún no me llaman. No soy muy paciente y menos esperando una cita que pedí hace más de dos meses. Clínicas. Son tan aburridas y desesperantes. Uno de esos lugares donde no pasa nada, donde solo esperas porque el tiempo vive adormecido. Se burla desde su altar y mueve el segundero con pereza, disfrutando de la resignación de los pacientes y recordándoles que, si el tiempo es dinero, ellos tendrán cada vez los bolsillos más vacíos.

«Angie Vanegas» grita la doctora del 210 y una señora de cola de caballo se levanta. La puerta del baño se abre y sale con una sonrisa la más pequeña de las niñas, con el leggins de flores a los pies y exhibiendo sin vergüenza la ropa interior. Su madre la llama y ella desfila hacia el consultorio. Justo antes de entrar se sube el pantalón.

3:00 p.m.

Guante doméstico: Prenda elaborada en látex que cubre y protege las manos durante labores de trabajo liviano en el hogar y es vendida entre los usuarios por una señora de gafas, pantalón blanco y botas de lluvia. Me sorprende ver cómo alguien aprovecha el tiempo. Va por cada silla mostrando sus guantes azul rey, intentado convencerlos con poco entusiasmo de la calidad del producto. Su voz ronca es un susurro. Vende como si fuera un secreto, tal vez teme que el celador la saque y arruine su negocio.

La sala vuelve a llenarse de gritos cuando salen las niñas y se encaraman en las sillas. La menor mueve sus trenzas agarradas por un renacuajo morado con un corbatín fucsia que seguro Rafael Pombo no imaginó y se recuesta en la silla moviéndose de un lado a otro. Su hermana posa la panza contra el espaldar y ríe sin sentido. «Siéntate, siéntate juiciosa por favor o te vas a ganar una palmada» le dice con ternura el joven de la candonga. La niña de grandes ojos lo mira divertida y suelta una carcajada cínica. Su madre sale del consultorio y se marchan los cuatro.

Mientras los veo salir me pregunto por qué no me llaman, tenía cita a las 2:40 p.m y nadie ha salido del consultorio. Me levanto para dar dos golpes secos en la puerta y espero. Nadie me abre. Molesta, regreso a mi silla antes de que alguien me la quite y deba esperar de pie. Confirmo que este bien mi orden:

863101 Consulta control por Ginecología

Prestador: Martin Méndez

Unidad edificio: 00 Consultorio 210

Fecha: 2017/07/17

Hora: 14:40

Guardo la orden en la maleta y me uno en silencio al grupo de estirados o muertos vivientes, no sé qué es peor.

3:24 p.m.

Testículos: Gónadas masculinas del aparato reproductor masculino, productoras de los espermatozoides y de las hormonas sexuales. Seguro que el chico que acaba de entrar tiene un par de esos bajo ese jean dos tallas más grandes y cuyos bolsillos traseros le llegan casi a la rodilla. Apenas entra, la mujer de los guantes sale de la sala, quizá con la esperanza de venderlos a alguno de los que espera por una consulta de salud oral, rehabilitación, odontología, ginecología o terapia.

El nuevo chico parece tener prisa. Seguro que su cita era hace unos minutos y teme que no lo atiendan. Ley natural de las clínicas y hospitales: si llegas tarde, pagas la multa; pero si te atienden tarde, debes morderte la lengua, entrar al consultorio y aprovechar esos efímeros veinte minutos de los que el médico se toma quince para teclear en el computador mientras uno lo observa preguntándose si eso fue todo.

Miro al chico, adicto a esa masa viscosa conocida como gel que le hace ver la cabeza como si se hubiera cosido cien mil agujas negras. En la barbilla, por el contrario, tiene una barba de chivo de vellos suaves. Se acerca a un hombre de chaqueta verde y con rudeza le pregunta dónde queda el 217. Todos en la sala lo buscan sin mucha energía entre las etiquetas de los consultorios. No hay rastro del 217. Desesperado, el chico le pasa la orden e insiste. «Ahí está» y señala la hoja. «Debe ser al final del pasillo» contesta el hombre un poco intimidado. Dudoso, el chico sigue las instrucciones y se va cojeando y agarrando con disimulo el jean. Probablemente está evitando que este le roce la entrepierna, tuvo un accidente o quizá está reprimiendo un deseo incontrolable de rascarse.

3:30 p.m.

Gancho: elemento principal de una grapadora, usado para unir hojas de papel, plástico o láminas de madera y víctima de un anciano de unos setenta años que lo aplasta sin descanso con su arma mortal: un bastón marrón y desgastado. El gancho ha perdido su forma y no tiene escapatoria. El viejo está serio, lo contempla ocultando tal vez su satisfacción, desgonzado, con las esqueléticas piernas abiertas, los labios hacia afuera y la camisa templada en la barriga. Al menos alguien se divierte.

Del despacho de procedimientos sale una joven y le pregunta a qué horas tenía la cita. «A las dos y media corazón» responde con dulzura acabando la masacre del pobre gancho. «Siéntese tranquilo que ya lo llamo» pero el viejo se levanta, acomoda su gorra de Colombia y camina a paso lento hacia la ventana, junto al tanque de oxígeno y la silla de ruedas. Contempla las ramas moviéndose mientras balancea su arma de un lado a otro, tal vez preguntándose cómo un hombre de su edad debe esperar tantas horas para hacerse un examen o si su hijo podría pagarle un particular.

3:40 p.m.

Sale el doctor del consultorio 210 y dice mi nombre. Por fin. Tomo mis cosas y me dispongo a entrar al despacho, pero él se cruza en mi camino. Con voz calculadora e intentando ser amable me dice, «¿Me podrías esperar diez minuticos que estoy atrasado?».

Sala de Espera - Turno
Fotografía: Jéshoots

Turno por Cristian Moreno

El número de la pantallita al fondo de la sala está doscientas unidades lejos del número en el papel de tu bolsillo. Golpes de zapatos contra el piso, aunque irregulares, acompasados por el pitido que procede también de la pantallita. Y la devoción del vecino que tras cada pitidos se pone las gafas; sabe el número de memoria, pero no deja de verificarlo. ¿277 antes de mí? ¿Una misma serie repartida en diferentes módulos? Devoción de todos, sofocados en el vapor grasoso de los sitios abarrotados. El aire pesa. Afuera llueve.

Al amparo de los cerros el edificio exhala.

Sala de Espera - 03
Fotografía: Archivo Particular / Semana

Entrevista en el limbo por Lobito (a.k.a. despojo de un semental)

The scream of the ambulance is sounding in my ears
Tell me, sister morphine, how long have I been lying here?

What am I doing in this place?
Why does the doctor have no face
?

La reunión.

Restriego mis ojos, cargándose de sangre vieja que muere en los vasos de mis párpados. La presión me convoca extrañamente a un orgasmo, me produce sueño que no debería tener en esta situación. El tiempo pierde importancia cuando le perteneces al sistema temporal del otro. Me pregunto cómo será mi jefe.

Él restriega sus ojos. Le he estado observando desde que llegó acá, inhabilitado, sucio, como una sopa de tomates en un mantel días después de un banquete. La fiesta se ha acabado, se ve derrocado, briago, anulado por la ambrosía liberal que corre desde el nacimiento del pecado como orden de las cosas. Está, como si no reconociera en dónde se encuentra. Hago el llamado.

¡Al fin!! Mi espera no ha sido en vano, y aunque han sido como eones comprimidos en la conciencia, este momento partirá mi desengaño, mi entrada a la etapa de todo hombre, cuando ya se es hombre. Un escritorio de madera vieja, dos sillas, y un enorme cartel que anuncia:

Las cosas, las mejores
Las que más amamos y necesitamos,
Se pierden frente a nuestros ojos.

1. Operador

Creer es un acto de persistencia al que siempre acecha la duplicidad; uno cree porque a veces las cosas ya están dadas, son miméticas, en otra, se cree por una serie de faltas a la conciencia (allí, donde se aloja ese impuntual momento en el que uno se debe un gesto o un soslayo como caricia a lo menos). Pero aquí, aquí todo se encuentra igual, aquí aún es fértil el ruido en las calles; mi conciencia juega con sus ojos que a lo lejos están como cortinas a medio cruzar, intactos, mudos, esperando. La luz exterior que me ha bañado y baña todo en derredor, se encuentra acá desde mucho antes de la colonización. Eso lo sé por el silencio de museo que mantiene su oro y plata de tenue intoxicación. Y aunque para muchos, a los que a veces las cosas no les salen del todo bien, esto es un paso gigante que exagera galaxias y geografías turísticas, para mí, estando de pie o inmóvil en este asiento, el simple concepto del alma entra en una caja de cristal, y jugando adentro hay una pelota de hule, y la caja (lo vítreo innecesario) está cargada en un avión a treinta mil pies de altura piloteado por Jesús; en un juego animoso en que lo etéreo y los paisajes de los recuerdos están del otro lado de las nubes; algo comprometidos pero inalcanzables.

Pero de nuevo caigo aquí, justo acá, sin copiloto, sin pasaporte, sin jungla y, sin embargo, tengo esa sensación cosquilleante de vértigo en las manos llenas de ansia, voluptuosas, ásperas; las manos que laboraron del otro lado ahora sin menor reparo sudan, para equilibrar el desconocimiento indefectible. ¿Acaso existe algo de culpabilidad? No lo creo, pues si no ¿para qué existe la redención? Entonces: estamos varios sentados a lo largo de un pasillo tan blanquecino que asusta por su austeridad, estamos separados los unos de los otros por esa lengua inmensa por donde cruzan los pocos trabajadores y oficinistas que alberga este peculiar sitio, tan peculiar, que yo estoy acá; y es tan difícil encontrar en días como estos, el lugar preciso, para el trabajo preciso. De cualquier manera, corra como corra el tiempo, yo soy de los últimos que esperan en el costado de la fila de la izquierda—me va bien pensar de este lado, no por pose, más bien porque soy zurdo de nacimiento, castrado de religión.

«Señor tal, tal, tal a la habitación 403»

[...]

En el recinto se puede oler un hedor especial, como viento espasmódico que sale por debajo de las puertas también blanquecinas y de sus pequeños cuartos por donde gente y gente, de a cada 5 o 10 minutos, entra. Pero, no sé si es por mi falta de percepción, o mi distracción con lo real, que no he visto al primero en salir. Entonces recupero algo de conciencia olfativa y de pronto lo sé, ella (LA ANESTESIA DENTAL QUE DEBAJO DE LAS PUERTAS…) intencionalmente me está penetrando cual taladro en el concreto, directo hacia mi sala de urgencias, la zozobra.

— Pero todo está bien, todo está bien—me digo. No hay porqué pensar en que está mal la espera, porque corra el tiempo, porque vociferen mi nombre por alguna de esas puertas de espeluznante imitación con las de las puertas y los pasillos de un albergue psiquiátrico, por mis axilas sudadas y mi colonia barata que no oculta el olor nervioso de mi cuerpo, no. Esto más bien tiene apariencia de veterinaria—sí, mejor—por ejemplo: aquel tipo del fondo tres puestos a mi derecha tiene cara de Shar Pei, ese otro, el de la fila de enfrente seguramente en su otra vida fue una culebra, y la que está a mi lado, trae como adornos moscos de porqueriza. Yo, en cuanto los asimilo en esta veterinaria, tan afilado y obediente, para ellos debo ser un perro asceta. Se trata de faltar a la condición humana para adquirir un carácter de anacoreta o transexual de la 19.

«Señor fulanito a la habitación 405»

Desde que salí de casa estuve angustiado por no poder desayunar de una forma prescriptiva, casi a las 6:45 am, cuando en lo oficial debí salir 15 minutos antes, (por eso del tráfico, por eso de que para toda distancia en esta ciudad se debe uno colmar de paciencia y suerte, por eso del valor profesional o médico de vivir a  quince minutos de anticipación) No lo hice. Entonces algo en mí, algo oscuro y acuciante, no puede dejar de pensar en cuántas veces las manecillas de mi reloj han circulado junto al pulso de mi muñeca (“¡carajo! No debí comprar ese reloj, la colonia más cara hubiera sido una buena compra”) Y las venas cerca del hinchamiento total, hacen que mi presión arterial sea más elevada, y que mi colesterol se vuelva una adicción, y que el comercial de televisión de las superofertas en que hay grandes hombres con grandes cuerpos sí tengan algo de valor y me incite a comprar el artículo que me facilitará la vida. Pero no lo hice. Así que aquí estoy apenado, rojizo, no sé si por el colesterol, la anestesia circulando, la veterinaria casi llena, el sudor, etc., etc… y de pronto, eso oscuro tiene un sabor macizo y pétreo en la garganta, mi alma.

2. Ejecutor.

«como Valderrama, le meto gol a tus perras…»

Relaja su particular estilo de afeitarse la barba delante de la puertita del microondas. Suena el teléfono que está junto a la mesita de noche color miel de maple. Suelta su hermosa barbera junto al vaso del agua con jabón, del lado opuesto del televisor y la colonia.

—Sí, diga, habla con él…. Ya está… ¿A las nueve y treinta estará en su oficina? … Okey, ese muñeco ya es mío.

«abarajame la bañera nena, abarajame….»

Deja caer la toalla en el suelo de parqué rojo y dirige sus piernas al encuentro ciego con su jean negro de los 90’s, pero antes, se deja caer torsidesnudo para que su espalda absorba los primeros rayos pálidos que caen de la ventana, en una casa que está un poco al oriente en las afueras de la ciudad. Enciende asqueado el primer Marlboro rojo del día, acompañado de un vistazo hedónico frente a su espejo. Frunce el ceño, acumula musculatura torácica para exponer el mejor perfil de sus dos tatuajes, hechos a precio de huevo según el que los «esculpió»

Sometido a una fuerte y repentina inspiración, toma a Lola y Marea del cajón de los calzoncillos; cuatro pares de medias, una caja de balas brillando a contraluz de las representativas Lola y Marea que ostentan el orgullo de dos hermosas Pietro Beretta. Acostumbradas a calentarse de emoción cuando las enfunda en su pecho, ambas le recuerdan pasajes prodigiosos que encajan su pasión por el fuego y el amor.

— Las llaves de «la peligrosa», la plata de la gasolina, Lola Marea, concentración, concentración, pa’ arriba, pa’ bajo, pal centro—traga un poco de café amargo—a ese fulano ya me lo llevo.

Puertas afuera, calle abajo, enciende vigorosamente su R-115, 7.344 kms recorridos, fija por dos o tres segundos su mirada en el cielo sólo para contemplar; tal vez una oración discreta, se abriga su chaqueta negra, paquete de cigarrillos con 18 repuestos del lado izquierdo, bendición (silencio), casco. Se apresura para acomodar su cuerpo en una postura un tanto amenazadora. La mañana es pálida y espesa, el viento se sostiene aún vagabundo entre la calles, deteniendo consigo el olor a matadero que es sello de esta parte de la ciudad. Tal vez sea por ser el cagadero de los demás barrios, por su pasto siempre marchito y el mal clima, en que todo se estanca a orillas de la depresión inconsistente, en una economía reclamada a un dios que niega el tributo de morir por derecho y a cambio, regala armas de navidad o de cumpleaños. Todo esto Mr. Blackman lo aprendió, impartiendo justicia ajena.

Detenido en el semáforo de la sexta, concuerda con su precioso reloj la hora y el pacto de su trabajo, dista metro o metro y medio de los demás vehículos, con su mano más poderosa sujeta fuerte el acelerador para permitirse una leve ventaja sobre su arrancada, y así tomar con una suavidad domada el trayecto a su próximo trabajo. No hay espacio para el error, para una gota mal ubicada en la frente o sus nudillos. Detiene La peligrosa a tres cuadras exactas del punto de encuentro, saca un Marlboro, revisa de nuevo la hora, ha llegado 15 minutos antes, enciende el cigarro y observa, sólo se dedica a observar a su alrededor, casas, la mayoría de ellas de un solo color, blancas y con pequeños jardines que aromatizan las calles, dando el toque de distinción que deben tener los barrios opulentos.

Aterriza sus enormes pies en el andén de la derecha, pasos sueltos y acallando el bufido de la victoria posterior, se demora 5 minutos no más, entra, espera que la recepción le permitan la entrada por la puerta automática, anuncia su nombre, se sienta del lado derecho de la sala de espera. Suele sorber mocos para tapar un poco la entrada del oxígeno y el aromatizante que expele el recinto, así su ritmo cardiaco bajará un poco al punto del son de un bolerito bohemio.

15 minutos después…

Lola tuvo que ser puesta en las huevas, Marea ha sido la ganadora esta vez, dio justo en el premio gordo y ha sido puesta en su lugar aún caliente y humeante, como queriendo que el trabajo sea más extenso. Mr. Blackman ahora hace uso atlético de sus piernas que se ensanchan dentro del pantalón de los 90’s y pronto arriba a su motocicleta, alegre, el trabajo está hecho y ahora podrá vivir en un lugar diferente, por algún tiempo, mientras haya un nuevo trabajo.

3. Intermediario

El teléfono de oficina suena y mis manos, aún frescas por las uñas recién pintaditas de color piel, se resignan a contestar la segunda llamada del martes después de pascua.

— Sí, muy buenos días, diga, habla con la recepcionista, Martha ¿En qué le puedo colaborar?... No, el señor en este momento no se encuentra, lo puede encontrar usted a las 9: 30, en punto... Sí señor. Diga... Sí, él sin falta alguna está a esa hora... Disculpe ¿Con quién tuve el gusto de hablar?--

El sonido recurrente de la llamada cuando se corta, sin explicación alguna, sin sentido, como un aviso fantasma.

Estos personajes de hoy en día, no tienen decencia ¿Qué les habrán inculcado en su casa? Después de todo, no me puedo imaginar una vida del otro lado, el cómo estará vestida la persona que tuvo mi último contacto, si con esa voz fuerte y extravagante tendrá facciones de hombre de novela mexicana, todo un señorón, o será un impávido hombrecito, no lo sé, no lo sé…Ya llegó mi primer café del día, justo antes de las nueve, miro hacia las oficinas del fondo, todos bien acomodados en sus puestos, nadie, sin razón aparente me puede descubrir, o cerrar el paso a mi descanso matutino.

El siempre quejumbroso sonido del timbre que avisa la llegada de algún personaje, trabajador, aseadora, cliente, basura publicitaria, mensajero y etc, etc… Es tan difícil poder diferenciar las categorías entre tantos sujetos, y justito antes de mi clímax con el café y mi pintalabios absorbiendo la cafeína; lo veo venir, un chico más bien popular, de esos que están en el bus, en la tienda, o en el periódico, o con los sueños en alto, lo sé, debe venir por alguna razón laboral, tan bien presentado, medio emocionado y con olor a lavandería y corbata de quince, le atiendo:

— Disculpe usted, tengo una cita con el gerente de la compañía de embargos S&S Asociados. Vengo por el empleo (es el preciso para mí)

— Sí señor, el señor (….) no ha llegado, no demora, por favor indíqueme su nombre e identificación por favor.

— Claro, mi nombre, es (…) y mi identificación: (…) así, con dos puntos, para diferenciar la causa, no le parece…

— Claro, como diga. Siéntese por favor, él llegará en un momento y lo hará seguir.

— Gracias.

Ahora sí, le hago un amago al tiempo, dos papelitos que acomodo, descuelgo el teléfono y voy a mi encuentro con el único café que tendré esta mañana, seguramente el día será agitado, hasta el almuerzo.

El siempre quejumbroso sonido del timbre que avisa la llegada de algún personaje, trabajador, aseadora, cliente, basura publicitaria, mensajero y etc, etc… Es tan difícil poder diferenciar las categorías entre tantos sujetos, y justito antes de mi clímax con el café y mi pintalabios absorbiendo la cafeína.

Un hombre robusto, más bien parco, como ido, ceñidos jeans y un tanto turbia y arremolinada Cabellera, se me erizan hasta las pantimedias ala de mosca que traigo. Me causa una impresión sombría, desconfianza no, inseguridad de mí misma.

Mi voz es mantequilla en el filo metálico de sus oídos. Buenos días…

— Soy Mr Blackman y tengo un paquete para el señor… Y se lo debo entregar yo mismo, en sus manos, es personal y urgente, vengo de parte de--
— Sí, claro (mi mantequilla ahora está rancia, como queso) tome asiento, el señor no demora en llegar.

(...) (Ceño fruncido y él y su aura de bestia de History Channel se acomodan)

Ahora sí, no más prórroga, café, que se pase este mal sentir desde las piernas hasta la boca; conductos de excitación hasta mis palabras y el pintalabios. Suueeerbo, suerbo, el café no me sube la excitación, ni modos, veré a ese hombre como a todos los hombres, sin categoría, alejados y empeñados en algo diferente a mí.

Oigo tres estruendos a corta distancia, como truenos que parten el destino de las tablas de Moisés, qué digo, salgo a correr de nuevo a la recepción, oigo también alaridos conocidos, como anunciando lo peor, gente que reconozco por su entonación, pero son tantos y tan preocupantes que esta vez no me recojo la falda hasta la pantorrilla; dirijo mi personalidad a la recepción, es todo, allí debo estar… Él, de nuevo, pero ahora es una bestia crepuscular que emana su luz oscura sobre mí, alza su figura hasta el techo blanco, mis piernas se desatornillan, me mira con nostalgia, o así lo creo, desenfunda su traición contra mi cuerpo, y ahora soy tan solo un coágulo vestido de sangre y con uñas recién pintadas de color éter y los labios cerrados (aunque grito de dolor).

Sala de Espera - 04
Fotografía: Camilo Calderón

Vemos sin ver, aunque viéndonos veamos por Cristian Moreno

Un hombre cercano a una reja reclama piedad de transeúntes escasos. Muda la escena en el allá de la ventana, ciegos nosotros en el acá de la mirada extraviada en el cansancio, nos sujetamos al recuerdo del día que no termina de pasar y aguardamos el descanso de la noche que no llega. Mientras de espaldas a nuestra súplica el conductor mendiga pasajeros a la carrera décima acordamos, mudos, que es casi medianoche; las miradas ocasionales entre pasajeros que cruzan las sombras alargan, de bostezo en bostezo, el camino a casa.

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Ilustración principal por Daniela Cubillos
Fuentes: Maxim Popov, Stein Chen

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