Análisis

¿Preso o secuestrado?

Invitados LN
Imágenes POR
Marcia Díaz
2020-07-19

“¿Qué le pasó? ¿Por qué está en la cárcel? Yo vi que salió en los periódicos”, inquirían sus compañeros del colegio. “Él está viajando con unos amigos”, respondía Angie con la misma mentira piadosa que le daba su madre y que ni siquiera ella misma creía.

A sus diez años, Angie Ardila perdió a su padre entre las rejas de la cárcel Modelo de Bucaramanga. Antes no lo veía sino hasta que llegaba a casa y le traía regalos. La Alcaldía lo mantenía siempre ocupado, pero ahora debe conformarse con una hora todos los domingos. Adiós a los regalos, a los paseos en familia a la finca “Safari”, a su caballo de pelaje amarillo llamado Gavilán y a ese cuadro, con sonidos de pájaros, ríos y ramas moviéndose, que Angie observaba tumbada en el sofá a las cinco de la mañana, justo antes de salir al colegio.

Veinte años después y entre las calles del centro, saturadas de imitadores, artistas y mendigos, Angie se manifiesta frente al Palacio de Justicia. Se sienta en el andén de seis a seis, sin importar la lluvia, el frío, la ventisca o la Policía. Era su tercer día protestando debido a la demora de la Corte para revisar el caso de la injusta incriminación de su padre por un asesinato en el que solo se tuvo en cuenta un único testimonio de un falso testigo, enviado – según dicen – por la Fiscalía. Lleva unos jeans rotos y escurridos, una delgada chaqueta roja, el cabello corto y unas cadenas que rodean su torso. El viento sopla con fuerza soltando los afiches adheridos a las rejas con pegotes de cinta transparente que pregonan:

Huelga de hambre. Justicia transicional esclareció la verdad, Julio C. Ardila es inocente. ¿Preso o secuestrado? La Corte se niega a revisar.

Su padre es Julio César Ardila, alcalde de Barrancabermeja entre el 2001 y 2003. Lo condenaron a 28 años y 8 meses de prisión, y el pago de 1.192 millones de pesos por confabular con las Autodefensas de Colombia y ser uno de los actores intelectuales del asesinato del periodista José Emeterio Rivas, quien dirigía el programa “Las Fuerzas Vivas” de la emisora “Calor Estéreo” de Barrancabermeja. Su cuerpo fue encontrado el 7 de abril de 2003 en el kilómetro treinta, a un costado de la vía que conduce a Bucaramanga. Se dice que fue asesinado en el corregimiento Meseta de San Rafael donde lo citaron unos paramilitares. El periodista denunció que era amenazado por investigar una adjudicación irregular de un contrato de la Alcaldía, para el corregimiento Meseta San Rafael, a nombre de un ex comandante de las Autodefensas.

El testimonio presentado en el juicio fue el del presunto desmovilizado de las autodefensas Reiner Enrique Brokate. Este supuesto patrullero del Bloque Central Bolívar aseguró escuchar una reunión en la que el ex alcalde y sus funcionarios se reunieron con “Bedoya” – comandante del Bloque – para acordar los detalles del crimen. Además, el concejal Rogelio Escarpeta aseguró que llamó a Emeterio para invitarlo a una cena y este le contestó: “no puedo acompañarlo, en estos momentos voy rodando para el monte y si no vuelvo es culpa del señor Julio César Ardila”

— El man en el día hablaba mal de los paracos y en la noche se reunía con ellos y les hacía vueltas. Ocurrió algo con unas armas y no volvieron a confiar en su palabra y finalmente dieron la orden de deshacerse de él – dijo Angie cuando le pregunté por Emeterio.

Luego de varios años, los verdaderos actores del crimen: Pablo Emilio Quintero – alias “Bedoya” – y Bolman Said Sepúlveda – alias “Oscar” – confesaron bajo juramento en la Fiscalía de la unidad de Justicia y Paz que los funcionarios no participaron en el homicidio. Su muerte se debió a discusiones internas del grupo ilegal y de las quejas que presentaba el periodista contra Carlos Castaño. Además de una entrega de Rivas, que nunca llegó, de armas y dinero para el pago a sueldo a los paramilitares en Barranca. Los desmovilizados aseguraron tener una relación cercana con Emeterio, con quien parrandeaban y del que obtenían favores, sin contar que se reunió varias veces con Castaño. Tenía fotos con él y hasta se encontró una carta donde Rivas expresaba su “aprecio, admiración y respeto por la personalidad y sencillez” del comandante.

Angie es la menor de los dos hijos de Julio César. Fue la que menos sintió su partida y aun así es la que más lucha por su libertad. La consideran rebelde en su familia porque mientras ella se encadena frente al Palacio de Justicia, su hermano mayor, estudiante de derecho, aboga por enviar cartas, poner tutelas y seguir el debido proceso para sacarlo.

— ¿Y nunca dudó de la inocencia de su padre?

— ¡Qué le den! – gritó entre ira y risas inquietas – No. Sí. Al principio…

Se levantó del suelo entre gruñidos para hablar con su primo y una amiga de la familia – los que la acompañaban casi todos los días – para distraerse, pensar o solo huir de mí. Se tomó cinco minutos y volvió a sentarse a mi lado. Sus ojos rasgados se entrecerraron más y comenzó:

— Dudaba al principio. Pensaba que si alguien está preso es porque algo hizo. Pero ya no, cómo van a condenar a una persona a 28 años con un único testimonio. Eso es persecución política.

— ¿Por qué está tan segura?

— Ay es que ese man es tan bobo – suelta sin pensar – es muy humilde y no sé si suene bien esto, pero es tan… inocente, siempre piensa en los demás. Tiene muchos amigos en el poder y no ha hecho nada. Los sigue tratando de amigos y muchos no le han ayudado, nunca lo visitan, le dieron la espalda.

— ¿Cómo quiénes?

— No puedo decirlo.

— ¿Entonces por qué es inocente? – le insistí.

— La misma honorable Corte de Justica lo sabe porque ellos mismos le dieron la libertad a los verdaderos criminales. Los ex paramilitares dicen que mi papá es inocente, que él no tiene nada que ver y hay muchas pruebas. El único falso testigo, por el que lo condenaron, se presentó como desmovilizado, pero la misma CODA (Comité Operativo para la Dejación de las Armas) no lo tiene en sus listas. Los médicos ya certificaron que él es un enfermo mental. Los vecinos dicen que él trabajaba arreglando bicicletas. Hasta su mamá cuenta que fue un falso testigo, que un miembro del CTI fue el que preparó al pelado para que dijera eso.

Desistir no es una posibilidad para Angie. No la ha detenido el frio que ya quemó sus labios, ni la Policía, cuando le prohibió encadenarse, ni los funcionarios de la Personería, Defensoría del pueblo y Bogotá humana, cuando la intentaron convencer de que su inútil intento alteraba el orden y la afectaba a ella misma. Angie luchará por la justicia que le deben a su padre, porque no le basta hablar con él sobre sus pinturas y sus clases de arquitectura, entre paredes artificiales. Julio la trata de convencer de lo contrario, “él dice que no es para tanto, que está bien, que de pronto estar ahí lo salvó de que lo asesinaran, salvó su matrimonio y a su familia. Dios sabe lo que está haciendo”. Ahora Julio pasa sus días jugando cartas y dando clases en la cárcel.

Los transeúntes pasan por su lado, indiferentes, algún chismoso se detiene a leer y luego continua su camino y pocos se acercan a preguntar los motivos de la huelga. Entre tantas personas, se acerca un hombre de bigote, gafas naranjas con negro y una cachucha con una calavera plateada.

— ¿Y cuál es su lucha? – inquirió el hombre en acento santandereano, mientras leía los carteles.

Angie repite la misma retahíla que ya sabe de memoria. El extraño hombre sigue observado los afiches, no la mira y da la impresión que ni siquiera la está escuchando. Tiene las manos entrelazadas en la espalda, desafiante.

— ¿Dónde tienen a su papá preso? – dijo interrumpiendo a Angie.

— En la Modelo de Bucaramanga.

— Sé cómo sacar a su papá – dijo con serenidad – Así es, así es ahorita. Yo le hablo claro, soy revolucionario y sé cómo es la vuelta. Le estoy dando una salida, es la única.

— No, él no quiere – dijo Angie – ya le han ofrecido hasta que pague, o que meta Justicia y Paz y diga una mentira para salir más rápido. Él no ha querido porque su deseo es que la gente sepa que es inocente.

— Si no hace eso, ahí se va a quedar una cantidad de años y usted acá toda fresca – intentó retarla – no olvide que en este país a uno primero lo meten preso y después sí lo investigan.

— No, en serio no – repitió Angie.

El hombre no presta atención, sigue insistiendo en su plan, sucio pero efectivo. Habla de un colectivo de las Farc que trabaja en las cárceles, de amigos y aliados y como todos eran una misma cadena: la de los revolucionarios.

— Solo es hacer una llamadita y metemos el colectivo en la cárcel o su papá puede entrar como aliado y ya dentro de unos seis meses él sale. Lo importante es que su papá salga y yo quiero ayudar a su papá, la invito a que acepte – Y concluyó como todo un profeta adorando a su Dios – Créalo que la guerrilla toda la vida ha luchado por el pueblo.

— Hablaré con él y le aviso – dijo esperando que se fuera.

No se fue. Se quedó a cumplir su misión con desespero: convencerla de entrar en la revolución y escoger un bando. Habló más de una hora sobre la revolución, los partidos, los presos políticos, su admiración a Manuel Marulanda, su predicción de Timochenko como el próximo presidente, la injusticia de la ley, lo arrecha que fue su estadía en la cárcel, su odio a las ratas que trabajan en el gobierno y sus anhelos oscuros de reventar el Palacio de Justicia – sin tener el sangriento final del M-19 –.

Cuando por fin decide irse. Mira a Angie y vuelve a repetir.

— Ahí le lleva la noticia a su papá. Yo sé que él es inocente porque usted está acá y hace un año también la vi. No crea, yo he estado pendiente de usted y no se preocupe que yo la estoy cuidando.

Un guerrillero real, una estafa, un loco, un revolucionario. No se supo si lo que dijo fue cierto o tenía parte de cierto. A fin de cuentas, era una opción que ni Angie ni Julio pensaban considerar.

Veinte minutos más tarde llega una reportera de Caracol con sus camarógrafos y se acerca a Angie. Después de entrevistarla, Angie se ve decepcionada, triste y enojada.

— La cagué. La cagué. Ya no van a sacar la noticia, lo sé – me decía molesta.

— Yo no creo ¿por qué dice eso?

— Porque no dije las cosas bien, ni interesantes, me bloqueé. Y ellos tampoco me dejaron decir todo lo que quería decir.

— ¿A qué se refiere?

— Me dijeron que si quería que me ayudaran no podía decir que mi papá estaba secuestrado y no preso, ni que justicia transicional ya declaró que es inocente y pidió la absolución del caso. No podía decir nada.

La nota no salió.

Esa noche Angie no durmió bien. Tomó algo para calmar su malestar y vomitó lo que no tenía en el estómago. Al otro día se sentía peor. “No, yo voy. Allá de pronto se me pasa”, dijo convencida de sus palabras. Ya en el Palacio de Justicia la fiebre y el dolor de cabeza la hacían llorar. “Estaba congelada por dentro y mi cuerpo ardía, yo solo quería arroparme”.

— Grabe, grabe, haga un video en vivo – decía su primo.

— ¿Cuál ‘grabe’? Está loco. Yo quiero calorcito, me quiero ir a Barranca. Cómprese un tiquete ya, yo me voy, no quiero más esto.

La querían llevar a la clínica, pero ella se negó. Y al final regresó a su tierra, al calor de Santander que tanto le pedía su cuerpo. Hasta el momento, el caso de Julio César Ardila no ha avanzado. Angie no se dará por vencida. Volverá a Bogotá con una nueva idea para pelear por los derechos de un hombre que le hace falta y que para ella es inocente.

— Ya han pasado doce años. Tantos años y solo he visto a mi papá 579 domingos, aproximadamente 19 meses.

Daniela Cubillos para Laguna Negra

Comparte este artículo

NO TE AHOGUES: SUMÉRGETE

Recibe el contenido más reciente de Laguna Negra directamente en tu bandeja de entrada registrándote aquí. Fácil, gratis, cero spam.

Thank you! Your submission has been received!
Oops! Something went wrong while submitting the form.
Patreon Logo

¿Te gusta lo que estás leyendo? Haz parte de nuestra comunidad de lectores Laguna Negra en Patreon y recibe contenidos adicionales, listas curadas y mucho más.

¡Quiero apoyar a Laguna Negra!

Te invitamos a leer: