Opinión

Oda a la mesa de mis viejos

Camilo Calderón
Imágenes POR
Marcia Díaz
2020-07-28

Superando lo que comúnmente llamamos un 'bloqueo creativo' procedí una tarde de Sábado a leer frente a la mesa de trabajo de mi padre—paralela a la computadora de la casa, perpendicular al ventanal—y así aprovecharme de una cómoda silla de oficina que le obsequié hacía un tiempo. La vista, lateral a mí y difusa por la cristalizada vista de mi reojo cansado, se teñía constantemente del atardecer de corte llanero que gradualmente dejaba de bañar la Norte-Quito-Sur; las cuatro tiempos, los taxis y articulados empezaban a mostrar sus cocuyos prendidos y el tanque de agua cercano a Ingeominas se despedía en la contraluz a veces sustituída por los Dreamliner que despegaban camino al sur de la ciudad. Era un buen momento para pasar un cafecito encima de los puñados de declaraciones de renta y al lado de la vieja calculadora de tirillas que siempre han estado allí. También un buen momento para desacostumbrarse un poco de la mesa donde he estado en la práctica desde que había empezado la universidad hace unos años.

Una mesa que sólo mide menos de un metro por cada lado y que para cualquier visitante no tiene significado aparte de una madeja de retasos plásticos adhesivos y tortas madereras sostenidas por tristes clavos a medio torcer. Esta mesa ha sido—desde que está en mi poder—la base de lo que veo fiel a diario. Es el lugar donde la luz del día debe llegar y donde la lámpara cobra ochentera se tiene con sus pinzas sabor óxido para la tarde y la larga noche. Una mesa cualquiera, desorbitada en superficie, patilarga y llena de pegante removido de plástico contact, la que ha sostenido mi quehacer a diario desde que tengo un lugar donde empezar—y más allá.

Más allá, de años atrás. Esta mesa ha sostenido herramientas, ha sido alacena y, en su rol original ha sido un comedor digno y firme—a todo dar y a puro pulso. Una firma material de lo que tiene atados a mis viejos—con casi cuarenta años juntos—desde que empezaron su vuelo en el centro de la ciudad—cuando los días aún eran más fríos y las minifaldas seguían siendo primicia. Cinco trozos de madera y cuatro cortes laterales le enseñaron a mi madre sobre convertir la 'sopa de todo' a una exquisita cocina criolla; a mi padre, a conseguir un nuevo escritorio. Los mismos cinco trozos y cuatro cortes que se trasladaban de cabeza desde el centro a Chapinero, en un edificio con mejor atardecer en la 46; del casco urbano hasta Álamos y sus dúplex rodeados de nubes húmedas y moteles iluminados con neón; de vuelta a Chapinero y sus muelas que—aún—mantienen la aspiración de un doble carril en la Calle 57; de las ruinas que vienen de la violencia en los ochentas hasta los séptimos pisos frente a la Séptima, dinámica y confeccionada por los cerros orientales—y de ahí en adelante, las mudanzas que he sabido vivir desde pequeño.

Este es un artefacto de madera que ha sido forrado color madera. Sus clavos yacen en sus costados, algunos avergonzados y ocultos a martillazos en la superficie; sus bordes redondeados cada tantos años y sus patas con el adhesivo sobrante de esas escuetas remodelaciones estéticas guiadas por el viejo libro de bricolaje ilustrado que aún mira desde la biblioteca detrás del vidrio—y que irónicamente aconseja pintar en lugar de forrar. Es un objeto de culto que ya no es protegido; uno al que le han roto promesas de reparación, pero que aún sostiene un aura especial en el hogar.

La mesa y sus viejos tiempos
Hace 20 años era la mesa cumpleañera (y así comíamos torta más cerca)

Esta vieja fibrosa la destronaron cuando yo articulaba algunas frases apenas. Un muy mal negocio terminó en un acierto y un desacierto: La sala titánica que aún nos acompaña con sus protuberancias y sensuales curvas de cuero oliva, y el comedor ovalado de pata única. El segundo un peso físico, reventado en madera procesada, y también un peso en la conciencia—por sus notorias imperfecciones y problemas. La pequeña mesa para cuatro terminó tomando los roles que nadie quiso, y es ahí cuando perdió la partida—más no su mítica relevancia. Años pasaron antes que el monolítico comedor que produjo este desplazamiento haya vencido a los ojos familiares y fuera reemplazado por un minimalista mueble de materiales prensados—como dicta la academia sueca.

La mesa nos ha visto partir—y volver—a cada uno de nosotros. Ha sido la que mantiene quietos los platos de ajiaco agrios por la transmisión del noticiero TvHoy y los comerciales que la acompañaban; la que dejó claras las diferencias de vivir a diario con uno menos en épocas difíciles; también la que ha vuelto mágicamente a su rol original en momentos de mudanza; es esto último, una fraternal reconciliación con la historia del viejo mueble—el que nos advierte con su enclenque movimiento sobre nuestra propia lenta llegada al ser viejos como él. La misma que me vio aprender a comer, es la que ha terminado sosteniendo mis golosinas de adulto. Es una cuestión de función—e historia—antes que forma.

Será tarde o temprano la hora final de este artefacto; uno reducido por sus contrapartes refinadas, condenado a un destino incierto por los planes que vengan en el futuro. Primero será mi despedida, luego una posible mudanza donde sea necesario abandonarle. Mano a mano su triste vista se irá reformando—con clavos, lija de agua y barniz—y si es el mejor de los casos, en otro elegante rol de comedor será protagonista. Son objetos como cenizas; compañeros de parejas unidas por el sueño de estar y de sus hijos con el de ser libres algún día. Es esta madera vieja la que, cubierta con plástico, comparte arrugas y manchas con sus dueños originales; es el recuerdo de las ilusiones de los viejos, cuando se dieron cuenta que algún día podrían envejecer.

La luz en la ventana ha caído y solo me queda recordar que debo volver a esta mesa y honrar su significado a través del leve maltrato gradual por uso—a ver si algún día realmente nos dignamos a seguir la guía de bricolaje y le damos una nueva vida. Volveré a mi pequeño escritorio de medida irregular: El mueble más valioso para mis viejos; sin embargo, el mas olvidado y uno de los menos estéticamente agradables.

La mesa que me recuerda que debo recordar.

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