Ficción

La máquina telepática

Invitados LN
Imágenes POR
Marcia Díaz
2020-07-18

La máquina telepática es un cuento corto que toma el tiempo, el espacio y la identidad como tema central. Este es un viaje entre ficciones.

‘Alejandra es una adicta, se la pasa de viaje en viaje y casi nunca está con nosotros` decía doña Martha, su mamá. Los padres de Aleja -como le gusta que la llamen- aseguraban que su cuerpo casi nunca abandonaba su habitación, escasamente cuando iba a la universidad o ‘a cenar con algún muchacho’. Decían que a sus 20 años no había conocido personalmente el mar, ni tampoco había tocado la nieve o escalado un nevado; no había visto las hojas caer en el otoño (pues en su país no hay estaciones), ni mucho menos había hablado con un monje tibetano; sin embargo, afirmaban -no tan orgullosamente- que ella viajaba a diario. Incluso hoy en día sigue siendo así: su mente casi nunca se encuentra en su cuerpo (pues cree que es “la cárcel del alma) y siempre que puede (pues los gritos y los llantos de sus vecinos a veces no la dejan concentrarse) está en otros mundos, conversando generalmente con personalidades muertas o seres de luz y oscuridad que todavía no comprende muy bien (aunque últimamente ha comenzado a entender ciertas cosas). Recurrentemente -según ella misma cuenta- gusta pasar días de amoríos intensos en la Francia de la Revolución, o convertirse en una profesora de ruso que explica su idioma a una clase aterrorizada en medio de la guerra; los fines de semana le encanta ser mito y leyenda de la América pre colonial o andar solitaria en un exoplaneta contemplando el espacio sideral; pero, por las noches -y esto se ha vuelto costumbre- no puede evitar ser poesía: mezclar los sentidos con las melodías es lo único que la deja dormir en paz, olvidar el dolor de la existencia y renacer en la mañana sin lágrimas en los ojos.

¿Pero cómo logra hacerlo? ¿Cómo es posible que rompa las leyes de la física, viajando más rápido que la velocidad de la luz, estando en varios lugares al mismo tiempo, cambiando de forma, cuerpo y substancia a voluntad? Pues bien, parece que todo comenzó cuando leyó la siguiente historia que estaba escrita en una hoja botada en un pasillo de su colegio (eran unas fotocopias de su profesora de literatura):

Mi nombre es Stephen King. Estoy escribiendo la primera versión de esta parte -del libro- en mi escritorio (el que está debajo del alero) una nevada mañana de diciembre de 1997. Tengo algunas cosas en mi mente. Algunas son preocupaciones (estoy mal de la vista, no he realizado las compras de navidad, mi esposa está enferma con un virus), algunas son cosas buenas (nuestro hijo más joven nos hizo una visita sorpresa desde la universidad, tengo que tocar “Brand New Cadillac” de Vince Taylor en un concierto con The Wall-flowers), pero ahora mismo todo esto está aquí, en mi cabeza. En este momento estoy en otro lugar, un sótano donde hay muchas luces brillantes e imágenes claras. Es un lugar que he construido para mí mismo a través de los años. Un lugar de clarividencia. Yo sé que es un poco extraño, un poco contradictorio, que un lugar de clarividencia sea un sótano, pero así son las cosas conmigo. Si tú construyes tu propio lugar de clarividencia podrías ponerlo en un árbol o en el techo o en el World Trade Center o al borde del Gran Cañón. […] Este libro está programado para ser publicado a finales del verano o principios de otoño del año 2000. Si las cosas salen de esta manera, entonces tú estás en algún lugar posterior a mí en la línea del tiempo… probablemente en tu propio lugar de clarividencia, ese donde tú vas a recibir mensajes telepáticos. No es que tú tengas que estar allí; los libros son magia única portátil. […] Vamos a realizar nuestra rutina mental no solo a través de la distancia sino también a través del tiempo, pero a pesar de este problema, si todavía podemos leer a Dickens, Shakespeare y (con la ayuda de un pie de página o dos) a Heródoto, creo que podemos superar la brecha entre 1997 y el 2000. Y aquí vamos –verdadera telepatía en acción. Podrás notar que no tengo nada bajo las mangas y que mis labios nunca se mueven. Tampoco, probablemente, se mueven los tuyos. Mira –allí está una tabla cubierta con una tela roja. Sobre ella está una jaula del tamaño de un acuario pequeño. En la jaula está un conejo con una nariz rosada y con ojos sonrojados. En sus patas delanteras tiene un trozo de zanahoria que está comiendo satisfecho. En su espalda está marcado en tinta azul el número 8. ¿Estamos viendo lo mismo? Deberíamos reunirnos y comparar notas para estar absolutamente seguros, pero pienso que estamos viendo lo mismo.” King, Stephen. On writing: a memoir of the craft. Editorial Scribner. 1947.

Esa tarde de 4º de primaria le cambió la vida por dos razones: primero, por que desde ese día ama a los conejos de manera demencial; segundo, por que ese día conoció esa “magia única portátil” que necesitaba para huir de los problemas de su casa, el colegio y de la vida y la existencia en general, los cuales la comenzaban a afectar emocionalmente. Alejandra, una colombiana que no tenía dinero, hija de un taxista y una linda secretaria, decidió recorrer el mundo a su manera con las comodidades y lujos de un turista cosmopolita o con la humildad de un mendigo, viviendo el peligro de un inmigrante ilegal o la suerte de un pirata, accediendo a una parte de la historia (pues, como dice, jamás tendremos la verdad de lo sucedido), a otros planetas, galaxias y universos desconocidos, todo gracias al poder de lo único que se le permite tener hoy en día en sus manos: hojas, lápices y muchos libros. Por eso las pocas ocasiones en las que tuvo algún dinero lo invirtió todo en el placer de viajar, pues cada título era -y sigue siendo- para ella como un ticket de avión o de tren: “El vuelo con destino al ‘País de las Maravillas’ partirá en 5 minutos”, “Todos los pasajeros rumbo a ‘La isla misteriosa’ favor abordar el tren de las seis y treinta”. “El crucero por ‘El mundo en ochenta días’ parte a medio día”. Así -asegura- es muy feliz -aunque no estoy muy seguro de ésto-.

Hoy, finalmente y después de varias sesiones, logré saber por qué Alejandra terminó aquí.

Telepática - Ilustración de Marcia Díaz para Revista El Cachaco

Un día discutió acaloradamente con sus padres, pues no entendían cómo podía vivir una vida “asocial”. Ellos veían muy extraño el que Aleja no se comportara como las otras niñas de su edad (a sus 18 para ellos todavía era una niña, “su niña”):

— Desafortunadamente Colombia es un país tercermundista en donde no hay una cultura de lectura bien arraigada. ‘¿Para qué leer libros?’ Esta es la pregunta que todavía el colombiano promedio aborda de una manera negativa: ‘los libros son para los que leen’ o ‘estudiar es para los que estudian’. Los jóvenes encuentran el placer en la discoteca y la bebida, pero muy pocos saben algo más allá de sus egos y su vida diaria, dentro o fuera de la academia. Los viejos están consumidos por sus credos religiosos y su eterno bipartidismo político, dispuestos a traicionar cualquier cosa por lograr lo que quieren antes de que se los lleve el diablo; así, como mi papá. Y lo peor es que todos, desde los más pobres hasta los más ricos, creen que desde que ‘haya salud’ no importan ni la paz, ni la guerra, ni la educación, ni la vida, ni la tierra. Pero es que ni buena salud tenemos, cuánta gente no se muere todos los días en las puertas de los hospitales, en los ‘paseos de la muerte’.

¡Cuán equivocados los que dicen que pensar es para los que piensan, que liderar es para los lideres, que “las tumbas son pa’ los muertos” y desde que el muerto no sea yo, no hay problema! Muy por el contrario: todos tenemos la capacidad de cambiar nuestra realidad comenzando por la lectura y el conocimiento del ser humano atesorado en las páginas de los libros, siendo conscientes que los grandes escritores han sido los que expresaron la realidad y la fantasía en todos sus matices, desde una perspectiva contextualizada a su tiempo y sus vidas o también anacrónica, cuando el tema a hablar así lo exige. Por ende, siempre habrá un libro que diga algo interesante de nuestro presente, nuestro pasado y nuestro futuro. Siempre habrá un libro para cada persona y para cada momento. Pero ustedes qué van a entender eso, si son solamente otro par de ignorantes del montón.

— Aleja no es que seamos brutos ni nada de eso —contestó su mamá—, es simplemente que hay muchas cosas que tocar hacer y no queda tiempo para nada más. Usted sabe que a su papá le toca muy duro en el trabajo y yo tengo que cuidar de todo aquí en la casa. Lo que pasa es que a sumercé ya le metieron otras cosas en la cabeza por allá en la universidad y ya no nos quiere a nosotros. Usted es una de esas muchachas asociales que no les importa nada, ni su propia familia; usted quiere ser una de esas almas que vino sola al mundo.

— Asociales ustedes —respondió Alejandra— que no tienen un ligero sentido de humanidad ni de búsqueda de la libertad y se la pasan cautivos de sus miserables rutinas televisivas y su alcohol barato. Aquí solo se leen de vez en cuando la Biblia, pero pare de contar. A mi papá lo esclavizó el trabajo y el licor y a mi mamá las telenovelas y la cocina. Por eso ya no les importa cuán miserables sean, por que tratan de seguir viviendo ‘felices’ el día a día; eso sí, quejándose de por qué las cosas están como están. Por eso es que terminan matando y robando en este país sin que siquiera se les remueva la consciencia, porque prefieren seguir en el lodazal por pereza a intentar siquiera salir.

Alejandra no soportó más el entorno poco mágico de su casa y de su patria y al poco tiempo salió gritando con su maleta (esa en la que llevaba siempre tres libros: uno antiguo, uno moderno y uno contemporáneo), llena de sueños y gritando arengas:

— ¡Me cansé de esta ciudad y de este país, ya me cansé de ustedes también! He aprendido lo suficiente como para saber cómo arreglármelas sola. ¡Ya no necesito de nadie más!

Salió corriendo sin un destino, pero dispuesta a enfrentarse a lo que fuera. Sin embargo, Alejandra se sentía mal porque sabía que sus padres en últimas no tenían la culpa, eran unas simples víctimas de la falta de cultura en un país sin pies ni cabeza, sin historia ni memoria; pero ya quería ver de qué se trataba el mundo “real” fuera de allí.

Telepática - Ilustración de Marcia Díaz para Revista El Cachaco

Años después Alejandra, la niña que una vez descubrió el poder para manipular el tiempo y el espacio, esa que nunca pudo despedirse de sus padres antes de que murieran, me muestra una de sus cartas:

(…) La pareja de ancianos llevaba en la locura unos 20 años, más o menos desde que usted se fue. Uno los veía comprar la comida y las medicinas, pero nada más. No hablaban, no contaban nada, no respondían cuando uno les preguntaba. Parecía que ya no tenían alma y que la habían llorado mucho, señorita. Hasta que ayer en la mañana ya no salieron, ni siquiera abrieron las cortinas. Fue por la noche cuando quemaron todo, incluso la vivienda mía (…).

Alejandra asumió que esa había sido la única salida que ellos encontraron para aceptar que su niña jamás volvería, aunque nunca descartó la veladora silenciosa que a veces dejaban prendida por la noche para ‘espantar las almas’, o que algún vecino malhechor se había desquitado de las andanzas de su viejo. Ella se enteró en otro país de la noticia mientras realizaba reportajes con un periódico francés. Aunque sus papás eran parte importante de su vida entendió la situación como algo que se veía venir, o que por lo menos se podía esperar de gente como ellos. Se enteró demasiado tarde, un mes después de lo sucedido. Nunca fue a despedirlos.

Trató de superar su historia y hacerse una vida nueva por medio de su trabajo, el cual era el método que ella había escogido para comunicar a los demás esa fantasía mezclada con realidad que le había mostrado la literatura. Pero jamás volvió a ‘su patria’ pues para ella se convirtió en el lugar más oscuro dentro de todo el universo que conocía: era literalmente todo lo opuesto a un lugar de clarividencia.

Tiempo después, sin darse cuenta, ya no leía tanto, ya no trabajaba bien. Comenzó a escribir notas de despedida a sus padres en los artículos que redactaba para los periódicos en los que laboraba; ponía anuncios en los clasificados y trataba de contactarse con ellos ‘de manera telepática’. No funcionó. Comenzó a ir a sesiones con espiritistas, pero ninguno la convencía. Su vida profesional se vino a pique. Sufrió de una especie de estrés postraumático combinado con un sentimiento de culpa del cual nadie la podía exonerar (aunque hoy en día comienza a pensarse que lo suyo es una predisposición genética, o tal vez cultural. De esto no entiendo mucho). Como no tenía más familia, como no tenía historia, como no tenía nacionalidad más que en papeles, Alejandra se ahogó en un mar de soledad, tal y como su mamá alguna vez se lo había advertido.

Luego de sumirse en una depresión crónica que la llevó al borde de la muerte, Alejandra logró superar sus múltiples intentos de suicidio y hoy se encuentra más tranquila, viajando desde un manicomio en Europa, agradecida de que le permitan tener todos sus libros y poder enviarle una carta cada semana a sus viejos. Pero ni en otros mundos ni en otras vidas puede olvidar la muerte y la tristeza que siempre la acompañan; por más que los ha buscado nunca los ha vuelto a encontrar, por más que sigue leyendo y escribiendo páginas no los ha podido contactar. Afortunadamente, a través de las palabras ella se desahoga y, a veces, los convierte en personajes con los cuales dialoga, pero siempre vuelven a discutir y finalmente se van: unas veces incinerados, otras veces asesinados entre ambos, a veces ahogados, a veces solo muere su papá, a veces solo su mamá, pero nunca puede recrear otra escena que no sea aquel momento fatal.

Hoy en día, viajando por el tiempo y el espacio desde su cuarto de manicomio europeo a bordo de sus máquinas telepáticas ha construido su nuevo lugar de clarividencia (el cual, a su vez, es más un teatro de horror), y parece gustar más de la creación literaria que de la simple lectura, pues con ella puede dar voz a todos los personajes que a su antojo crea para su propio entretenimiento y fuente de catarsis. Por ejemplo yo, que finalmente no soy un periodista que está recopilando historias que escriben los enfermos mentales para hacer famosa la historial de Alejandra; yo, que no he redactado esta ‘entrevista’ en primera persona; yo, que les he contado toda su historia, en realidad soy una de sus producciones. Al fin y al cabo, su único amigo: el único que puede contar mi historia.

Daniel Aldana para Laguna Negra

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