Análisis

La forma de la exclusión: La diferencia contada por Guillermo del Toro

Invitados LN
Imágenes POR
Marcia Díaz
2020-07-28

Abstract: Con la ayuda de su compañera negra, su cómplice ruso y su amigo gay, una trabajadora discapacitada ayuda a liberar a un pescado exótico suramericano de la tóxica masculinidad de Donald Trump. Una maravillosa historia de amor, donde una mascota exótica, introducida en un ecosistema extraño, es iniciada en la sexualidad humana por una discapacitada zoófila: La Bella y la Bestia con contenido para adultos.

La clave interpretativa de la película, el núcleo mismo de su narración, se presenta en una breve escena, de hecho, un episodio nada memorable, pero tremendamente significativo: antes de iniciar en su apartamento una conversación con Elisa, Giles cambia de canal. De una desdeñada protesta social emitida por las noticias pasa a un musical. Giles ha escogido, y con él todo el horizonte narrativo de la película, desdeñar e ignorar el conflicto a favor del aura nostálgica de los musicales, es decir, ignorar el conflicto a favor de una forma idealizada y televisada de las relaciones. Eso es lo que hace básicamente toda la película: evadir por completo el conflicto inherente  a cualquier relación, evitar la confrontación entre los diferentes personajes, poniendo en su lugar problemas que, al igual que sus personajes, son abordados apenas superficialmente: el homosexual que busca pareja y fracasa, la pareja disfuncional afroamericana, la nula comunicación e impotencia de la clase media norteamericana, etc.

¿Alguien recuerda Im not your negro, el documental sobre el escritor James Baldwin y la lucha por los derechos civiles? Hay una tesis de Baldwin de la que sólo me he enterado por la voz en off y que no pude localizar en ninguna parte. Dicha tesis dice, más o menos, que hay dos niveles de experiencia en América, dos niveles de experiencia que nunca han tenido una genuina confrontación. Baldwin usa dos ejemplos audiovisuales para ilustrar su tesis sobre dicho antagonismo: el primero podría ser sintetizado y representado por las imágenes de dos estrellas del musical norteamericano, Gary Cooper y Doris Day, y el segundo, por el tono de voz y rostro de Ray Charles, el célebre cantautor negro. Salvando las distancias, que quizá no sean muchas, el gesto desdeñoso de Giles, quien es el narrador de la historia de Elisa, frente a la protesta en las noticias, repite lo que Baldwin denuncia: la experiencia fuertemente marcada por el ensueño del musical se niega a admitir el conflicto individual y colectivo del otro modo de experiencia. Evade la confrontación y escoge el musical y su ensueño para contar la historia de amor.

Pero primero detengámonos en los personajes, porque ellos son en sí mismos esa evasión. Elisa, muda y mujer trabajadora, tiene un par de relaciones 'poco convencionales': debe oír a su compañera de trabajo quejarse sin cesar de su pésimo marido y también a su amigo homosexual, quien manifiesta su dolor por lo dura que es la vejez y la soledad. Ambos personajes, la amiga y el amigo, son, en el mejor de los casos, un refrito que reproduce los viejos prejuicios sobre las comunidades que se supone que representan: la negra se queja mucho y es malhumorada aunque graciosa, el homosexual está desesperado y sólo piensa en sexo. Los únicos dos hombres blancos no malvados son el homosexual y el científico ruso, que en este caso es bueno porque está en contra de sus amos soviéticos. Por el contrario, el jefe patriotero, que carga un objeto fálico para dejar en claro su poder, se va convirtiendo escena tras escena en la personificación del mal republicano. Personajes unidimensionales fácilmente etiquetables en las categorías de malo y bueno.

Ahora vamos a echarle un vistazo a la relación entre el pescado exótico y la trabajadora muda, porque es transversal y, al fin y al cabo, el hilo que se supone que recorre la película. Es preciso indicar que si no encontramos más que un contraste entre blancos y negros en los personajes secundarios, no podemos esperar mucho de los principales. A Elisa, a quien es inevitable ver como la nenita española de El laberinto del fauno aunque crecidita, nos la presentan con cierto aire repugnante de inocencia, una mujer algo cuadriculada que se prepara con cuidado el desayuno y usa un temporizador para masturbarse en la bañera. El pescado exótico, un sudaca secuestrado, recluido y maltratado con el fin de ganar la carrera espacial que EE.UU tiene con la URSS, es interrogado en una instalación de laboratorios secreta y, a pesar de no poder hablar, es considerado como un recluso peligroso que incluso hiere a su interrogador de forma casi fatal. El pescado no habla, Elisa tampoco, ¡tienen tanto en común! El pescado adquiere un gusto por los huevos cocidos que Elisa le provee y por la música que Elisa reproduce para él en un intento de acercársele. El pescado aprende lenguaje de señas de la misma forma como una mascota aprende que no debe hacer popó dentro de la casa, y ese es el germen del romance que intentan vendernos como una forma de DOMESTICACIÓN del otro; un romance inesperado, por supuesto, porque como iban las cosas parecía una película tipo Liberen a Willy antes que una historia de amor.

La muda, con ayuda de su amigo gay, su compañera negra y su cómplice ruso, logra mudar el pescado maltratado a la bañera de su casa. Todo lo que pasa después es decididamente repugnante: el pescado toma la iniciativa y toca a Elisa quien asustada sale del baño. Más tarde, insomne, Elisa decide desnudarse y entregarse al pescado suramericano. Sí, así de la nada. Como a cualquier otra mascota Elisa lo deja en la bañera para irse a trabajar, el pescado se vuela y termina en el cine. Tras ese incidente lo deja al cuidado de su amigo Giles al que se le come uno de sus gatos. Sin embargo, en una escena posterior se le ve acariciando al gato sobreviviente como si nada hubiera pasado. Hay mucho de softporn en esa forma de filmar la relación entre Elisa y el pescado, softporn con un toque bestial y sobrenatural pues resulta que el dios pescado sudaca es milagroso: posee el don de la regeneración como Wolverine, tiene poderes curativos y hace crecer el cabello a Giles, además de poseer un pene insospechado con el cual satisfacer a su anfitriona quien, de ahora en adelante, sonríe mientras limpia la mugre de las instalaciones secretas gubernamentales.

A medida que se acerca la fecha en que Elisa debe lanzar al canal de la ciudad a su pez-amante para que sea libre y retorne de alguna forma a la cloaca suramericana de la que ha sido raptado, la búsqueda del fugitivo por el jefe fálico malvado se intensifica. Tras una serie de escenas de interrogatorio y acoso laboral, la exasperación del personaje interpretado por Michael Shannon aumenta hasta convertirlo en un sádico dispuesto a lo que sea por alcanzar el éxito, por no perder su trabajo, por vivir el sueño americano. Al mismo tiempo, el supuesto vínculo entre Elisa y el pescado se hace cada vez más intenso, y ella se ve dividida entre lo que se supone debe hacer, esto es, dejar ir al pescado, y el vínculo con él que demanda que lo retenga.

En medio de semejante drama, Elisa imagina su amor con el pescado exótico en un ensueño a blanco y negro, rodeados de una banda en un inmenso salón, e incluso recupera en un toma onírica su voz para cantarle un empalagoso I love you a su amante, quien ha aprendido muy rápido a comunicarse con su contraparte humana: es, en definitiva, un amor imposible, porque el pescado es un fugitivo y la muda no puede huir con él. El pescado es un ser marginado que pertenece a otro lugar del mundo en el que Elisa ni siquiera ha pensado hacer parte, quizá porque no tiene ni puta idea de dónde realmente queda. Nosotros tampoco. Y no ha pensado en ser parte de ese lugar indeterminado porque, a pesar de sentirse diferente al resto del mundo que la rodea, no ha pensado ni por un segundo en el otro. Sí, lo ha cuidado, lo ha follado, pero ¿es eso un vínculo? ¿Está justificada esa ridiculez del I love you y todo ese drama del romance interespecies? Yo no lo creo, porque ese supuesto amor carece, como todos los demás personajes de la película, de un mínimo conflicto interno.

La forma de hacer profundo el vínculo de los personajes principales es, para Del Toro, la idealización, y es ahí donde el uso de los musicales en la película resulta por completo desafortunado. La música está del lado del amor verdadero de la película que, en contraposición con el egoísmo enfermo de Strickland,  la traición del marido de Zelda o el fracaso de Giles, aparece como la única relación de la película donde hay entendimiento mutuo, comunicación. Pero ¿basado en qué, en el lenguaje de señas, en el sexo? No. En el ideal del amor inocente que propugnan los musicales puestos ahí para idealizar otra vez la diferencia, para volvernos a contar la exclusión y los conflictos entre los seres humanos desde ese punto de vista supuestamente inclusivo: ese ideal se atraviesa entre Elisa y el pescado, ese ideal es al mismo tiempo una negación de la diferencia, egoísmo e imposición: Elisa ha tomado un dios fluvial y lo ha convertido en Fred Astaire.

De nuevo, la tesis de Baldwin: hay dos niveles de experiencia que no han tenido una verdadera confrontación porque sus lógicas -y, en el caso de The shape of water, la música y lo que en ella se llama amor- insisten en contar la historia del otro nivel de experiencia desde su propio punto de vista, insisten en imponerse en un gesto ofensivo que vuelve a contar la historia unilateralmente para extraer de ella una moraleja, como si la realidad fuera en blanco y negro. Pura y física propaganda liberal [1]. Dios, denle el Óscar.

[1] “Ludwigvan. Metacritic User. Feb 4, 2018: liberal garbage. The cast is a Democratic party coalition-of-the-fringes against a generic evil white man. Generic evil white man prevents alien ‘other’ from screwing a white woman. Democratic party coalition-of-the-fringes gangs up on evil white man to save the day for miscegenation. That is literally what this movie is about, pure political propaganda”.

Juan Dávila, Cristian Moreno y Camilo Calderón para Laguna Negra

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