Ficción

Hychuc Zoque I (Helado páramo)

Invitados LN
Imágenes POR
Marcia Díaz
2020-07-10

Mientras abandonaba la Sabana de Bogotá, ascendía metros y luego kilómetros por las serpenteantes laderas de La Calera, atrás y muy lejos en lo profundo de la ciudad había dejado parte de una depresión, de un dolor profundo alimentado por la ausencia del afecto, por el desamor y el desprecio. Al final, sensaciones superfluas. Todo cambiaba en tanto me alejaba de la ciudad. Se despejaba el pensamiento haciendo entender que los demonios de la cabeza no son tan grandes como los que se arrastran por el mundo.

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Mi objetivo era claro, saldría de la ciudad o de lo contrario el insomnio, la ausencia de hambre, la tristeza involuntaria y la ansiedad ante eso inesperado, terminarían enloqueciéndome entre la rutinosa vida del trabajo, la academia, los libros y mi casa. Hacía muy pocos días atrás, antes de que emprendiera este viaje, al mismo tiempo que mi ánimo empezará a ir hacia el suelo, a través una charla con papá, de aquellas raras veces en que olvidaba que nos había abandonado y aparecía, descubrí la historia del origen de mi abuelo paterno. Había nacido en un pueblo enterrado en las laderas de un valle que lavaba el río Sueva y Gachetá, el pueblo llevaba el nombre del río precisamente, Gachetá . Más allá de la cordillera oriental en el principio del piedemonte llanero en la región que todavía conocen como el Guavio, fue mi sorpresa entender aquel lugar desconocido para mi geografía personal.

Para continuar con la historia he de aclarar algo importante, más fascinante me parecía aquel pueblo y aquella región por la historia misma de mi abuelo, un hombre nacido a finales del siglo XIX, comandante de batallón de fusilamiento en Panamá durante los Mil Días, amigo personal de Rafael Uribe Uribe, arriero por la incomunicada Colombia del siglo XX , oficial en la guerra contra el Perú durante los años treinta, desplazado por la violencia política de los  cincuenta, abandonado pobre con doce hijos y limosnero en una finca regalada por lástima en un caserío de Cundinamarca llamado La Esperanza, muerto de hambre y tristeza una mañana de 1968. Justo aquella historia que hasta parece mentira, me atrajo a conocer el origen de ese hombre que no conocí y de entender un territorio por el que jamás llegue a sentir algún vínculo, pues nací en un pueblo de un valle en el sur de Boyacá, en una vereda de nombre Aguaquiña.

Volviendo a las laderas que rodean el pueblo de La Calera, sentí de nuevo aquel enorme nerviosismo y ansia de recorrer las montañas y los bosques de una cordillera tan fascinante como diversa. Soy un tranquilo estudiante de lingüística, y sin embargo mi fe en el mundo y en la vida radica en la exploración de los ecosistemas, de un inhóspito vínculo con las plantas, los bosques, las lagunas y los paisajes de cordillera, diría yo entonces que de los Andes para ser biológicamente más preciso. Por ello, la representación de un viaje, de un regreso al campo que por más de dieciséis años conocí en mi adolescencia e infancia y que aún conservo, fue aquel remedio posible para disolver los coágulos de la incómoda tristeza que se me cristalizaban en la cabeza. Imaginar que después del único pueblo que hay antes del Guavio y que conocía llamado Guasca , habría un mundo aun sin conocer, un bosque en compañía de un ambiente inmutable esperando a que le interpretara, fueron la emoción suficiente para ponerme unos audífonos, una ruana, mis mochilas de fique y mi sombrero para luego regodearme en contemplar las horas de un recorrido, a la tierra que en 1916 dejó mi abuelo por la profunda pobreza en que vivían.

Pasaron las horas y el bus por el que hacía alpinismo criollo por la cordillera oriental, se tropezó con el último cultivo de papa antes de aproximarse a un bosque húmedo andino. Atrás quedaba la barrera que el hombre se había encargado de ampliar a través de siglos de quemas, talas e incluso dinamitajes, y al frente un oscuro manto de verde. Las tímidas cumbres de las glaciares montañas del páramo en conjunto con la solitaria infraestructura eléctrica de trasformadores, que enterrados en medio del bosque impenetrable extraían el fluido eléctrico del Embalse del Guavio en Gachalá, atravesaban el valle de Sueva , el páramo de Chingaza, llegaban hacia Bogotá y se desperdiciaban en cargar un celular,  y en alumbrar a un televisor sin televidente. Este ecosistema correspondía al municipio de Guasca, de ahí para adelante empezaba un mundo que en la noche esperaba tener grabado en la memoria, el bosque y el ecosistema del casi páramo se abrieron sin respetar la digestión del entorno, árboles de raque, gaque, de rodamonte y tíbar, matorrales de chite, guasguín y angucho empezaron a advertir que nos adentrábamos en los territorios de nadie, libres de la irrespetuosa presencia del hombre. Sin embargo los pasajeros del bus yacían dormidos, rescatando Pokemones en el celular, besando a sus  parejas, mientras el bosque montano  dentro del páramo de Chingaza se abría a medio metro atrás de sus ventanas. Yo contemplaba, lleno de emoción de esa que sienten los botánicos al encontrar una nueva especie y un lingüista al hallar una escurridiza palabra, admirando las cumbres del mundo como lo entendían los Muiscas, mis cercanos antepasados.

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Y ahora que caigo en cuenta , mientas me encontraba ajeno a tanta belleza , en esa cápsula de cuatro ejes, no me interesaba el dolor que me dominaba allá en la ciudad , aquella pareja que como la guadua se rajó , podía irse al diablo. Yo tenía el páramo y un camino para largas horas  de eternos recuerdos. No termino de comprender, semanas después de este viaje como la naturaleza junto con el permanecer a gusto lejos del hombre me hicieron mucho más fuerte, me eliminaron aquella terrible ansiedad que me poseía. No me interesaba la falta de dinero que tenía , que ya no estuviera nadie en el corazón, que en el trabajo las cosas anduvieran estancadas, y que en casa no hubiera mercado ¡al diablo con todo eso! El camino me empezaba generosamente a hacerme olvidar, para permitirme gozar de los placeres del bosque en el que por años había crecido allá en mi vereda Aguaquiña, pero que en los meses, para luego ser años transcurrieron inertes en la ciudad.

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Atravesé así el páramo de Chingaza por la carretera que de Guasca conduce a la región del Guavio. Kilómetros y kilómetros de páramos separan la sabana con las tierras cálidas del Guavio, para después en el fin de aquel diverso ecosistema dar abertura al Valle del Río Sueva. Un paisaje que sucede el páramo, antecediendo así el punto final de mi recorrido, Gachetá. Este valle se abre abruptamente en un ramal de montañas empinadas que encierran el río Sueva, usado por la hidroeléctrica del Guavio para aumentar el caudal del embalse y surtir las primeras plantas hidroeléctricas del valle. El valle y los alrededores de la ciudad se convirtieron en el patio de construcción para los proyectos urbanos, entornos rurales  y boscosos que ceden sus labores a la generación de comodidades para los hijos de las ciudades. Regiones enteras dedicadas al abuso y aprovechamiento de recursos naturales para la satisfacción de las necesidades del hombre urbano a quien es tan primordial ese “servicio”, porque aquel es casi siempre el producto final de la larga cadena de productor consumidor aquí en Colombia. El valle tiene una población llamada igual que el río, un caserío que aún no se nombra como pueblo, con una iglesia de hermoso detalle y un contorno de casas detenidas aún en la colonia. El aire empiezo a tornarse menos frío e incluso la vegetación ya cambia, se vuelve de río por lo que no es difícil observar los primeros guaduales que aparecen en las orillas del río Gachetá, entre platanales o cafetales que han convertido el nombre de esta región en un potencial comercial.

Llegué al pueblo de Gachetá a eso de las once de la mañana, lo imaginaba diferente, un pueblo aún que conservaba un crecimiento lento y una arquitectura colonial. Sin embargo no puedo juzgarlo duramente, es la capital de la provincia con una pujanza económica imponente, es lo menos que se podía esperar de esos núcleos urbanos florecientes. La plaza y la iglesia del pueblo contrastan con aquellos de tierras más frías, palmeras y ceibas acompañan una iglesia que por desgracia no pude conocer. El afán de recorrer detalladamente el páramo que solo había podido admirar de paso, me hizo ser fugaz en mi recorrido y pregunté por el nombre y apellido de mis lejanos parientes, pero la abundancia del Gómez en el pueblo me hizo pensar que de genealogía estoy poco trabajado. Conversé cálidamente con la dueña de un salón de belleza en una de las calles principales del pueblo. Ella trabajaba también como líder de una cooperativa artesanal de adultos mayores tejedores de fique, de chusque para canastos, y de básicamente cualquier trabajo hecho con fibras o bejucos. Estuve una hora conversando acerca de su trabajo en donde también gané una hermosa “chigua” mochila de fique y una “cona” más pequeña. Fue algo que no olvidaré del pueblo, en él que aún subsiste y se reclama a bocanadas de aire, un trabajo artesanal de carácter familiar que vale la pena rescatar en pro de continuarse por un largo tiempo, porque a través de este se mantiene viva la memoria cultural y ancestral de esta región, sin embargo subsiste en los últimos abuelos vivos, no parece haber sucesión generacional para este legado.

Manuel Aguaquiña para Laguna Negra

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