Ficción

El viento

Invitados LN
Imágenes POR
Marcia Díaz
2020-07-10

Hace mucho, en una reunión de viejos amigos, alguien me pregunto quién creía que fui en una vida pasada, - el viento- respondí. Todos rieron, - el viento no es una persona- dijo una amiga, -¡claro que lo es, él viaja, así como yo!- respondí rápidamente con alzando mi voz.

No me considero un “hijo del viento”, como el sobrenombre que le tienen a un gran atleta jamaiquino, pero sí como alguien que no está conforme con vivir en un solo lugar. Son las obligaciones lo que me mantienen aquí, la presión de la familia de ser “alguien en la vida” estudiando una carrera profesional y el deber de permanecer allí, porque son ellos quienes invierten de alguna manera. Aunque suene a frase hippie y postmoderna, el mundo es mi hogar. Desde que era muy pequeño, en la tierra del oro y la miseria descrita por Castro Caicedo, cuando vi por primera vez el mar me asombré por su inmensidad, prometí que volvería una y otra vez porque sabía que nunca me cansaría de verlo, de sentir el agua fluir entre mis manos y de estar dentro de él.

Es así como recuerdo mis primeros viajes; nunca me dormía en la flota, me encantaba mirar el paisaje que se movía a través de la ventana, los pequeños y acogedores pueblos, los ríos, las montañas, las casas, la gente; así como el viento. Es poco encantador a simple vista, pero el olor de las tractomulas al pasar, ese olor que todavía hoy transporta mi mente a una infinidad de memorias, causa una sensación similar a un choque eléctrico por todo el espinazo, y que consigo trae sentimientos de nostalgia, alegría y orgullo. Actualmente de aquí a Buenaventura hay 512 km de ruta que se pueden recorrer entre 10 a 14 horas, pero cuando era más joven se podía tardar hasta 20 horas. Esta es una de las razones por las que mi madre decidía viajar de noche, esa hermosa mujer la cual no aportó mi ADN viajero; esos viajes eran los que más me disfrutaba, ver esos destellos de luz pasando como centellas en la noche, me animaban a tratar de guardar el momento y el lugar en mi memoria, pensando en que cuando fuera mayor volvería a ese lugar y lo recorrería completamente; sin embargo la razón principal de mi desvelo era ver el amanecer y sentir esa paz que solo se consigue cuando entramos en contacto con nuestro ser espiritual. Le daba gracias a Ese ser superior por poder tener la dicha de presenciarlo, ya que no todos tienen la oportunidad o la voluntad de hacerlo.

El viaje era hacia el occidente de la ciudad, donde las carreteras eran abruptas, zigzagueantes, estrechas y peligrosas, cosa que ha cambiado bastante en la actualidad; sin embargo así como existían detalles que me gustaban, también había cruces blancas por el camino; fantasmales en la noche, deslumbrantes y significativas en el día. Estos eran aspectos que desconocía, pero después, por medio de un extraño, supe lo que eran realmente: altares de la muerte. Lugares donde había ocurrido tragedias, sabrá ese ser supremo cuantos habrán perdido sus vidas en cada uno de ellos; personalmente estos son un recordatorio constante de ese final que era inevitable, ese fin al que temo y al que desearía no encontrarme; porque quería ser como el viento, viajar eternamente, conocer la tierra y todo lo que hay en ella.

También existía el viaje hacia el norte de Bogotá, ese era un espectáculo. Boyacá no solo es la cuna de la “independencia”, es, como su nombre lo indica, un manto real, un manto tejido a mano por los campesinos que a diario cosechan el precioso alimento. Por mi cuerpo se extendían emociones agradables al ver cómo las montañas iban y venían, observar los rostros de las personas al pasar el bus, que luego se esfumaban en una nube de polvo amarillenta, mientras a lo lejos, a través del campo, se escuchan el sonar de las campanas de hierro que llaman a los fieles de rodillas a escuchar esos dulces hechizos que hipnotizan. Por mi mente pasaban los distintos paisajes bucólicos, esa analogía de una cobija de retazos de tela, que se extendía hasta donde alcanzaba la vista, hasta donde las montañas se volvían imponentes, eternas, donde algún día –pensaba- caminaría y estaría buscando la carretera que recorría cuando conocí ese increíble lugar; la luz que se filtra entre los árboles, que reflejan ferocidad e ira, se movían fuertemente, a ese paso lento y brusco por la trocha del camino.

Ahora bien, no éramos una familia adinerada, pero algo tenía muy claro: trabajar para viajar, y eso es lo que hago. Mientras estudio y trabajo los fines de semana; más del 50% ganado es ahorrado para un viaje en las vacaciones, dinero que se incrementa en esa época. Muchos me dicen que ahorre para mi vejez, para cuando ya no pueda viajar, pero muchos ignoran que los años acumulan recuerdos y vivencias, llevan riqueza a la experiencia y brindan satisfacción frente a lo que se disfruta en la vida; el dinero con los años va y vuelve, es un objeto al que los seres humanos le hemos dado tal grado de valor que podría representar más que la vida para una persona; pero jamás suplirá ese vacío que queda cuando te das cuenta que no disfrutaste la vida en los momentos en que había que disfrutarla. No quiero envejecer en una casa, le pido al cielo que no permita que eso pase, me gustaría envejecer y morir en la playa, en una montaña viendo el amanecer, en una carretera caminando o en una ciudad lejana. No quiero tener casa propia, ¿de que serviría? No la cuidaría, no estaría allí para ella. ¿Acaso el viento tiene casa? Yo no quiero ser como el viento; quiero ser el viento. Aún me gusta ver pasar la gente, pero no en una flota, sino mientras camino. Aún me gusta ver el amanecer, pero no desde mi casa, sino en la carretera. Aún me gusta el aire, pero no el de la ciudad, el frio de Boyacá y el caliente al lado del mar. Aún quiero viajar.

David P. para Laguna Negra

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