Análisis

Bosque de Hayas I (1902), Gustav Klimt

Juan Dávila
Imágenes POR
2020-10-19

El amanecer, claro, se vislumbra en el fondo. Desde allá hasta donde nos encontramos de pie, se extiende un bosque que prefiere ocultarnos cualquier tipo de luz, aunque no logra su cometido. Entre los árboles, que se escapan a nuestra vista, surge un mar de hojas, ramas y rocas que se mantienen en completa calma. De vez en cuando la luz golpea las ramas, las hojas, el suelo, y pequeños destellos naranjas compiten, en el fondo, por ganar nuestra atención. El escenario, sumamente complejo, se vuelve ordenado, serial, tranquilo. Una gran mancha atravesada por troncos grises que se asoman hacia el fondo y hacia el techo. La pintura es, en esencia, una ventana hacia el bosque al alba.

Klimt, en medio del lago Attersee, gastaba horas enteras pensando en los paisajes montañosos. Su concentración e intensidad le llevó a ser llamado “Waldschrat” (Demonio del bosque). La elección de un paisaje cerrado no resulta del capricho. El pintor decide recortar un pequeño agujero cuadrado en medio de una hoja de papel y así, mirando a través de aquel visor, encontraría el marco perfecto de sus composiciones. En un sentido, esta mirada podría parecer fotográfica, tal vez inspirada por aquel ojo que ve a través de un filtro, que ocupa la vista en cuadrados oscuros y que nos hace concentrar en los detalles.

La mirada de Klimt se limita. No quiere mirar más allá, pero quiere mirar de manera más precisa. Las hojas cubren el suelo, pero también se levantan cubriendo los troncos. El bosque nos consume y nos olvida. Nosotros nos olvidamos. Amanece.

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