Ficción

Semblanza al Excusado y otras partes del hogar

Invitados LN
Imágenes POR
Marcia Díaz
2020-07-28

La casa es el lugar donde se unen muchas experiencias. El excusado, así como la cocina o las duchas son grandes inventos que han sobrevivido siglos en constante uso como la solución definitiva al manejo de lo que hacemos, lo que está en la superficie y lo que dejamos atrás (o bueno, debajo). Poco se habla de lugares como estos en concreto, ya que en algunos casos la repulsión es protagonista hasta en los lectores menos sensibles y, siendo honestos, los lugares (y artefactos) más ligados a nuestra rutina diaria a veces son vistos como lo menos atractivo. El día de hoy, en esta corta entrega romperemos la rutina con tres escritos cortos sobre estos míticos espacios y sus objetos como parte de nosotros (y de lo que dejamos).

Semblanza al ex-cusado por Diego Vargas

Considero esta morada como una linda pocilga. Entiéndase esto no como un nido de ratas y bichos o de desorden y porqueriza; sino como la madriguera donde se van juntando y amontonando todos los pensamientos y situaciones que puedan caber en estos espacios, en estas habitaciones a los que llamamos baños. Y bueno, hagamos honor a la verdad, somos humanos y el ciclo digestivo tiene que culminar, para eso debe dársele un momento y un lugar.

Al llegar a ese íntimo y cálido instante nos entregamos al recinto prohibido de nuestra casa, a ese lugar en donde uno entra y el resto del mundo prefiere olvidar el acto y su función con la pequeña Venecia de mierda que hay bajo nuestras casas. Este trono de deposición está relegado al más bajo nivel, negando con pudor todas las profundas cavilaciones y bellos recuerdos que rodean nuestra mente mientras que se puja con ahínco sentados en esa confortable silla.

Y es que quién no ha corrido desconsolado hacia su casa a acariciar amorosamente ese altar que perdona nuestros pecados estomacales. Lo inaceptable es recibido sin risa ni llanto por aquel denigrado; no hace reclamos ni pide nada a cambio, solo se revitaliza cada que tiramos de la cadena y espera con ansias nuestro regreso.

De la ducha común por Camilo Calderón

Este cubículo húmedo, dermatológico y purificador del que les contaré es al final, una pequeña parte del día. Un espacio donde nada sube; todo baja; todo, mezclado y clorado. Brillante y sonoro —como ruido blanco— este cuadrilátero y cascada en miniatura lo colecciona lo que venga: El pelo largo del sábado, la uña de aquel miércoles, el moco del lunes, el champú del domingo. Colecciona todo con un filtro enclenque —pegado con babas— alojado por un hoyo sin fin, distante y oscuro. El agua turbia del final del túnel viene de la corriente pura y su encuentro con el cuerpo recién madrugado; viene de la espalda del enguayabado y de las arrugas sudorosas del abuelo; es el agua del refriegue y el chapoteo; agua de la reflexión en algunos días —bastante jodidos— y de la seducción inspirada en el cine, donde el agua alcanza para los dos.

Se trata de hocico metalizado; la caída simulada que despeja los ácaros viajeros y los vestigios de callo a temperatura ambiente. El que rocía en piso resbaloso las praderas crespas de los peludos y rejuvenece a los caminantes. No discrimina parte del cuerpo, ni pliegue mugriento. La ducha, plebeya de plástico y cables entre el vapor y aristocrática entre sus aleaciones inertes y brillantes seguirá repitiendo su tarea: La de sobandera, sanadora y despertador.

Lavaplatos por Cristian Moreno

Al principio te quejas, o haces maña para no tenerlo que ver. Empieza siempre con una sugerencia al que le sigue la impaciencia maternal, luego un imperativo, luego una larga perorata sobre los deberes, luego un regaño, una amenaza, una injuria acaso, quizá un chancletazo. Adentro todo se desportilla, todos son ruinas de una cena, de un desayuno, de una fiesta; primero los vasos, ah! y tenga cuidado con los cuchillos se corta, con los pocillitos tinteros delicados y las ollas, dios mío, las ollas burlándose de tu cansancio, de tu hambre, ebrias de mugre pidiendo agua caliente como afrenta a la paciencia.

Siempre repleto, sucio, y tanto que su mugre se despliega de forma insospechada y en todas direcciones ¡la casa amenaza con caerse, todo hiede! ¡Ay, y que le lleven algo sucio justo cuando ha terminado de lavarlo todo! Te ves en ese abismo y ese abismo mira en ti. ¡Ay, cuánto demora aprender el alivio de ver ese abismo limpio, si es que se aprende! Y así, el ritual se repite por años hasta que un día te vas solo de la casa, o acompañado, y está de nuevo ahí, requiriéndote. Has comprado menos cosas para alimentarlo pero no importa; él es tu piedra, Sísifo.

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