Ficción

Una vida Simple

Una vida Simple

Alejandro Ramírez
Imagen portada de
Marcia Díaz
2021-03-09

§1. ¡Sul sul!

El despertador empezó a sonar hace un buen rato, pero solo hasta ahora me siento con la energía suficiente para levantarme. Demonios, es tarde y el coche compartido pasará por mí en menos de una hora. Dormí toda la noche y, pese a sentirme más cómodo y ya no sentirme cansado, me siento…digamos que un rosa triste y pálido, muy pálido. Tengo hambre, tengo ganas de orinar, me siento sucio, aburrido y todavía la extraño a ella. Peor: esta habitación es horrible, no tiene ni una sola flor. ¿Qué puedo hacer más que suspirar? Iba a hacer algo más, pero ya lo olvidé.

Voy al baño y orino con un desgano casi que borroso. Doy varias vueltas, me desnudo y entro a la ducha. Me siento un poco mejor, definitivamente me hacía falta asearme después de un día completo en que no hice más que pintar cuadros mediocres que vendí por una miseria. Salgo de la ducha, doy más vueltas y como por arte de magia tengo puesta mi ropa de diario. Ligeramente menos rosa, menos pálido; neutro todavía, pero con un ligero tinte de verde optimismo. Todavía me siento aburrido, todavía tengo hambre y todavía extraño sus besos, pero, ¿qué se le va a hacer? ¿Hambre? ¿Hacer? ¡¿Qué hago pensando estas idioteces si el coche va a pasar por mí en…7 minutos?!

Corro a la cocina, pero no sin antes detenerme a lamentarme dos minutos por el televisor dañado que no he podido reparar. No hay tiempo para un desayuno completo, mucho menos para limpiar el desastre que dejé ayer en la cocina. Después de pasar el día pintando solo tenía ánimos para cenar e irme a dormir. Abro la nevera, saco un tentempié y me lo como afanosamente mientras escucho afuera el claxon del carro. Dejo la basura en el piso porque ya no hay más donde y salgo corriendo para alcanzar el vehículo que me llevará al trabajo.

El tiempo en la oficina pasa rápido. Todavía recuerdo el día que abrí el periódico después de mudarme a la ciudad; abrí la sección de clasificados y ahí lo vi, periodista. Mi carrera soñada. Fue cosa de un día pasar de ser un simple cajista a un crítico de juegos y de ahí a otro ascenso no fueron más que otro par de jornadas. Esos días fui muy feliz, en buena medida debido a ella. Vino a darme la bienvenida al vecindario y se quedó a hablar, conversamos toda la tarde y nos besamos: me enamoré. Esa mujer me hacía sentir como de un millón de simoleones, como el millón de simoleones que pienso ganarme cuando llegue a ser un famoso presentador de noticiarios, no, ¡de debates!

§2. ¡Neeshga! ¡Neeshga!

Pero hace días no la veo. La llamo y no contesta. Anteayer se dañó mi televisor y no he tenido el dinero ni la habilidad para repararlo. Dicen que progresar en tu profesión es cosa de ir a trabajar feliz y no faltar un día a la oficina. Fácil decirlo cuando tienes tiempo para comer bien, cuando no sientes que te falta sueño o que te hace falta un acuario o una pintura elegante que te haga sentir a gusto en tu hogar. Seguiré siendo un sensacionalista que trabaja de nueve a tres mientras esté así, aburrido, pálido, sin ella y sin televisor. Seguiré ganando §230 pese a ya tener dos puntos de creatividad gracias a mis pinturas y a ya tener lo que quiero creer todavía es más que una amiga.

Llego a casa sintiéndome del asco. Ya no me siento pálido, me siento un poco más brillante; rojo sangre. Estoy aburrido al punto de la desesperación, no comí más que un tentempié en todo el día, me siento incomodo, mi casa está hecha una pocilga; no tengo energías para hacer nada. Y la extraño muchísimo. Bueno, a cualquiera con quien pudiera conversar y salir de este aburrimiento: de la casa al trabajo, de la casa al trabajo, de la casa al trabajo como si no hubiera nada más en esta vida: ni centros comerciales, ni vacaciones, ni tiendas de mascotas o estudios de grabación o espectáculos de magia. Es como si a la vida le hiciera falta una expansión. ¿Limpiar? Ni pensarlo, no tengo ganas. ¡Quiero ver televisión, pero está dañada! Sentarme en el sofá estaría bien, leeré el periódico, ese mismo para el que trabajo, y me iré a dormir temprano.

Me despierto a media noche: me quedé dormido en el sofá y, aunque ya tengo algo más de energía, mi espalda me está matando. Me siento sucio otra vez, tengo muchísima hambre, aburrimiento, quiero un beso, ¡y necesito ir al baño! Alcanzo a llegar antes que sea demasiado tarde, pero, Dios, ¡qué asqueroso que está el inodoro! Desearía tener una de esas cisternas Plus 5 XLT, pero cuestan lo que me gano en seis días y era eso o un televisor. Valiente suerte. Me siento un poco menos intenso, pero igual sigo sintiéndome rojizo: es el hambre, es el aburrimiento, es no poder hablar con ella. ¿Qué hacer? ¿Sentarme en el sofá a leer el periódico para entretenerme? ¿Pintar? ¡Limpiar!

Gran idea, limpiar. No, no quiero limpiar. Quiero comer, pero no hay ni dónde poner una tabla para picar en esta cochina cocina. Creo que comeré un tentempié. Otro. Otro. ¿Y la basura? Queda en el suelo, haciendo más desastre que no tengo ánimos de limpiar aún cuando me sienta terrible en esta habitación. Puedo regar las plantas afuera, hace días no lo hago y no tengo para un jardinero. Salgo en la mitad de la noche y me encuentro una imagen desagradable: las plantas que tanto me esmeré en plantar cuando me mudé están todas muertas excepto una. Y pensar que gasté más dinero en ellas de lo que gasté en mi cama. ¡Cama! ¿Qué hora es? Son las dos de la mañana, en cuatro horas pasarán por mí para ir a trabajar y no tengo el más mínimo deseo de hacerlo. Voy a ducharme, sí. Luego iré a dormir en mi cama para despertarme con más energía y tendré tiempo para leer un libro que me enseñe a reparar mi televisor. Eso haré.

§3. ¡Garnar frash! ¡Jamoo! ¡¿Ooo shanga day?! 

El despertador empezó a sonar hace un buen rato, pero solo hasta ahora me siento con la energía suficiente para levantarme. Demonios, es tarde y el coche compartido pasará por mí en menos de una hora. Sin querer dormí hasta sentirme completamente cómodo y recargado de energía, pero me queda poco tiempo y todavía siento hambre, me siento aburrido, solo, ¡y esta habitación es un asco! ¡Y ahora mi vejiga! Corro al baño, ¡pero el inodoro está hecho un asco! Lo intento limpiar, contra mi voluntad, pese a sentirme cada vez más como un rojo desesperado, pero es demasiado tarde. Me llevo las manos a la nuca y exclamo a los cielos lleno de frustración, todo se pone borroso: mis pies están en un charco de mis propios desechos y el inodoro se tapó.

Tengo que entrar de nuevo a la ducha. Mi estómago está completamente vacío, mi mente pide entretenimiento a gritos y mi corazón está en mil pedazos, ¡pero por ahora necesito sentir algo de higiene! Con el poco ánimo que me queda doy vueltas, me desnudo y entro a la ducha. Me limpio toda la porquería y siento un ligero alivio porque, al menos, mi vejiga ahora está tan vacía como mi estomago. Salgo de la ducha un poco pálido, rosa, doy vueltas y me vuelvo a vestir: ¡pero ese desastre, maldición! Tendré que llamar a un fontanero, pero, ¿cómo si ni siquiera tengo dinero para reparar mi televisor?

¿Y el desastre en la cocina? ¿Otro tentempié? ¿Qué suena afuera? ¡El coche de la compañía! No, no, ¡Dios santo, no puede ser! Llevo ya más de un día sin comer más que tentempiés y dejar la basura en el piso, ¡esto es horrible! No, no voy a ir a trabajar. No quiero. Me rehúso. No. ¿Con qué ánimos? ¿Con hambre? ¿Sin diversión? ¿Con lo horrible de esta habitación? Y peor: sin socializar, extrañando sus labios y su compañía. El coche de la compañía arranca sin mí y el teléfono suena: en cosa de un segundo mi jefe ya está llamando a advertirme que me despedirán si falto otros dos días al trabajo. Es una voz, sí, pero no es una conversación, no es un beso; me siento más rojo que nunca.

¿Qué hacer? Las plantas están marchitas. El televisor está dañado. El inodoro también. La cocina está llena de mugre. El baño es una total porquería. ¡Y lo que daría por que esta habitación estuviera mejor decorada! Eso, sin embargo, es una fracción de lo que la extraño a ella. ¿Ya qué? ¿Qué más? ¿Quién está ahí? ¿Qué oscuros y torpes designios me llevaron hasta aquí sino los míos? Me paro en el charco de mis propios desechos y le pregunto a los cielos, gritando y sacudiendo mi mano izquierda: ¿Por qué? ¿Por qué a mí? Pongo las palmas de mis manos sobre mi cara, lloro y tomo la que se siente como la primera decisión libre en mi vida entera: construiré una piscina pequeña y nadaré en ella hasta que me dé sueño. Me convertiré en una urna o en una lápida. Apuesto a que preciso ahí ella me llamará, pero no podré contestar. Al demonio todo: me siento demasiado rojo.

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