Análisis

Una novela con gatos, Tríptico de la infamia

Invitados LN
Imágenes POR
Marcia Díaz
2020-07-18

Una reflexión entre tres entusiastas de la literatura nos recuerda el valor del Tríptico de la infamia desde la relación entre la pintura y la historia.

Una de las cosas que voy a recordar cuando sea un viejo solo y lleno de arrepentimientos alimentando patos en un parque, es la noche en que cené con Pablo Montoya y Fredy Yessed en un restaurante de Buenos Aires. Porque lejos de esa imagen acompasada y tranquila que refleja Pablo en las entrevistas y eventos literarios, esa noche escuché de él historias y anécdotas de su vida que harían las delicias de un club de viejas chismosas. No es que vaya a transcribir las cosas que escuché esa noche. Esto no tiene nada que ver con el hecho de que yo mismo aporté mi propia cuota de indiscreciones que de alguna manera nos llevó a hablar y discutir sobre el libro Desgracia de Coetzee… Más bien lo menciono pues fue ese contacto con el santandereano de carne y hueso, que reía y maldecía y deseaba y sufría, no el extraño ser que crearon los críticos y entusiastas colombianos luego de anunciado el premio Rómulo Gallegos, quien me impulsó lo suficiente para leer el Tríptico de la Infamia, un libro que juré jamás leer.

¿Por qué? Muy sencillo. Luego de toda la polvareda que se levantó al conocerse el veredicto del premio, como buen curioso literario me lancé a buscar reseñas y noticias alrededor de la novela y su autor. Y quién se atreve a contradecirme cuando afirmo que muchas de las cosas que se publicaron estaban plagadas de palabras rimbombantes, relaciones filosóficas, históricas, dolientes golpes de pecho por la ignorancia colectiva del pueblo (que nunca incluían al redactor de la nota, faltaba más) y un desfile de analogías con las que se pretendía explicar la novela, que nunca terminaban de decir de qué trataba la novela en sí. Para llevarlo a palabras concretas, un día reunido con algunos juerguistas habituales, me encontré con una de las notas y la leí en voz alta. Al terminar de leerla, Sergio Sánchez dijo lo que todos pensábamos y no encontrábamos palabras para expresar: “esa mierda debe ser aburridísima”. Y con eso quedó zanjado el asunto.

Por eso hizo falta un plato de pasta, una botella de vino y una caminata por la avenida 9 de Julio en una noche de invierno al otro puto lado del continente para hacerme cambiar de opinión. Y esto fue lo que encontré. El Tríptico de la Infamia trata sobre personajes de alguna manera involucrados en la conquista de América y en las guerras religiosas de la Europa del siglo XVI. Pobres ingenuos encandilados con la idea de la Libertad, esa infantil creencia de que solo se necesita de una voluntad fuerte para reclamar y justificar la existencia y el estilo de vida propio, de encontrar un lugar en la tierra donde realmente se pueda sentir el Sí mismo. Y por supuesto, del otro lado, la Historia recordándonos que solo se puede ser diferente y diverso si y solo si tienes la suficiente fuerza armada como para no dejarte aniquilar por la basta igualdad.

Y bajo el foco principal, tres pintores. Jaques Le Moyne, pintor de Diepa que participa en una expedición francesa cuyo objetivo es establecer una colonia hugonote en las tierras floridas. Ingenuo y sensible, Le Moyne se enamora de la cultura indígena y en su intento por comprender su cosmovisión y acercarse a sus motivos artísticos «volvería con una huella, no solo estampada en sus recuerdos, sino signada en el cuerpo». El pintor es testigo de cómo las tradicionales y sangrientas escaramuzas entre reinos es abruptamente modificada ante la llegada de los europeos a tierras americanas; se maravilla ante los diseños tatuados de los aborígenes y se obstina en afirmar que son de tan alta calidad como cualquier fresco italiano. La narración es el diario de una aventura en tierras exóticas y salvajes, recordando el estilo de La Vorágine somos deslumbrados y aterrorizados a un mismo tiempo por las fuerzas donde hombre y naturaleza vuelven a verse las caras.

Luego, François Dubois, pintor desterrado de Francia por protestante. Abatido, cansado, viudo.  Desamparado y con dos gatos, recibe las constantes visitas del joven ministro Simon Goulart, quien le insta a pintar la macabra noche de San Bartolomé, que para Dubois es el recuerdo de la muerte de su familia. Sombrío, asqueado, ya no cree en reivindicaciones reales ni simbólicas y expone sin tapujos «que la única batalla que nos incumbe es aquella que muestra al hombre su propia locura y su desesperación, y que toda victoria en estos campos es engañosa».

Accede a pintar, sí, pero para demostrar su cansancio. Retrata la Matanza, los muertos, los conspiradores, los perros, las violaciones, al rey disparando a los que intentan huir de París, su propia tragedia personal. El resultado final es una obra casi desconocida sobre una tragedia que ya nadie recuerda. El tiempo olvidó la injusticia, los muertos quedaron enterrados bajo otros masacrados, americanos, que sufrieron la muy noble civilización de los españoles.

Y, la tercera tablilla, la finalización y cierre de la obra, es un doble autorretrato. Théodore de Bry, el grabador de lieja, obsesionado con las masacres a las poblaciones indígenas americanas de las que sabe por las muy mal escritas crónicas de Fray Bartolomé de las Casas, camina al lado de un autor latinoamericano, cuatrocientos años después, mientras llevan a cabo la difícil tarea de plasmar bellamente la horrible naturaleza humana. ¿Cómo hacerlo? Más aún, ¿por qué hacerlo? Cuál es el sentido en representar la mezquindad humana, que ha azotado naciones enteras por diez mil años ininterrumpidos.  ¿Es para denunciar? ¿Para encontrar un sustituto de la historia en la literatura? ¿Para hacer lo que los expertos han querido llamar “la literatura necesaria”?

Vladimir Nabokov decía que la literatura nació el día en que un niño gritó que había visto un lobo que no existía. Esa mentira elemental, ese cuento de hadas sobre el que descansa toda la creación artística, es la antítesis de la realidad. No hay correlación entre la historia y la literatura, dice Nabokov, quienes así lo afirman no se detienen en los detalles que realmente importan en el arte, es decir, en hacer maravillosas mentiras. El mismo Montoya dice de su novela que «está atravesada de masacres y el dolor palpita en esas páginas como un corazón malsano. Pero también la nutre la búsqueda infatigable de los secretos de la creación artística. La belleza, la sensación permanente de que ella se levanta como un acertijo y un enigma, es ese ardor que siempre ha estimulado mi escritura».

Por tanto, invito a todo el que haya llegado hasta este punto de la nota en buscar y horrorizarse ante el lobo que nos pintó Montoya en su libro. Un libro tan detallado se lo merece. Hay en esta obra un mundo completamente nuevo, dejado a su libre albedrío, que estalla en caos y sinsentidos tan hermosamente calibrados casi igual al universo que nosotros mismos habitamos. Por supuesto, salgan y denuncien después. Generalicen y digan todas las sandeces que prefieran luego de haberse extasiado con las pequeñas insignificancias del libro. Recuerden, además, que calificar un relato de historia verídica es un insulto al arte y a la verdad, pues todo gran escritor es un gran embaucador, un manipulador y un ilusionista y Pablo Montoya es un embaucador de primera.

N. Bolkonsky para Laguna Negra

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