Opinión

Sol, playa, colonialismo: explorando una isla sin saber de ella

Camilo Calderón
Imágenes POR
Marcia Díaz
2020-07-13

Son las once de la mañana y lo único que vemos a nuestro alrededor son cactus tan altos como un semáforo promedio y el polvo que despiden los camiones que apurados, intentan llegar a una carretera pavimentada para lograr su propósito. Mi pareja y yo estamos en un escenario que fácilmente podríamos comparar con un asentamiento algo lavado en multiculturalidad (principalmente latina) en un sitio como Tucson, solo que afortunadamente alacranes no había por ningún lado. Se trata de una cuadra en Tanki Leendert, en medio de la popular isla de Aruba.

Puede que esta introducción corrompa su 'playómetro' ya que se trata de un reconocido destino turístico —del que agradezco la oportunidad de haber disfrutado— sin embargo, a través de este recorrido por desiertos, relatos sobre cazar iguanas, ángeles de la guarda en estado de embriaguez y cajeros chinos sin carisma quisiera mostrarles una experiencia diferente a los cruceros de cinco pisos, la arquitectura holandesa perfecta y las playas donde, sin importar su origen podrá disfrutar del personificar una boya durante todo el día.

Hacía un poco más de un mes y a través del reconocido app Airbnb conseguimos, como mejor opción luego de haber perdido una oportunidad en el centro de la capital Oranjestad, un pequeño apartamento en lo que se veía un lindo vecindario cerca a absolutamente todo —teniendo en cuenta que la isla es apenas más pequeña que la ciudad de Bogotá y, su capital, del tamaño de La Candelaria— y que incluía lo necesario para mantenernos bien durante un poco más de una semana.

Nuestra anfitriona, una mujer joven dedicada a programar paquetes turísticos en los lugares de difícil alcance en la isla nos recibió con cordialidad e intentó, durante el tiempo que pudo compartir con nosotros, insistir en que alquilemos un automóvil; a esto respondimos que no, ya que habíamos de manera escueta calculado las distancias y pues, parte del reto de viajar de esa manera y sin fondos adicionales consistía en recorrer caminos a pié en su mayoría al mejor estilo Ian Wright.

Volviendo del aeropuerto nos dimos cuenta que en cierta medida nuestros cálculos estaban bien; incluso, pareciera que hay más automóviles que personas en la isla, la cual tiene una población de un poco más de 100,000 personas. Al conducir por una avenida principal, nuestra anfitriona nos explicó que el apartamento queda 'bien adentro' de un barrio, y que afortunadamente para nosotros la parada de autobús nos quedaría cerca para llegar a cualquier lugar; lo que no supimos fue qué tan 'adentro' estábamos.

El vecindario, una combinación extraña entre casas de campo holandesas de principios del Siglo XX, casas de finca desarmadas de Ventaquemada, vías de Aguachica, Cesar, cactus de patio australiano y supermercados chinos de parador de Utah nos sorprendió con su pintoresca diferencia de la isla que nos vendían en este caso Google Imágenes y los anuncios pobres de infomercial a la hora de reservar vuelos. En cierta medida, todo lo que está fuera del centro turístico, las bahías hoteleras y las excéntricas trampas de turista donde las billeteras gritan y los plásticos se derriten pareciera detenido en el tiempo, como si las observaciones de Alonso de Ojeda fueran verídicas sobre esta, una de las "islas inútiles" en la época de conquista española.

La primera noche nos acercó en definitiva más a esta idea. Saliendo por primera vez a un supermercado nos encontramos en altas horas de la tarde con vías que podrían ser disfrutadas por Carlos Sainz en sus años mozos y que contaban con grupos de perros de pueblo, una mala elección para quien no gusta de estos animales neuróticos sueltos y menos cuando las pocas luces de los Corolla destartalados iluminaban sus retinas de una forma aterrorizante para el momento. Luego de ser llevados por un amable local en su vehículo ambientado con bachata en Papiamento, y de haber hecho compras en uno de los muchos supermercados chinos del lugar, quedamos en un parador vacío atendido por un tal Geerman; un tipo corpulento, con cabellos risados saliendo de una gorra y un rostro fruncido como si se tratara de Bob Hoskins en su papel de Mario en un mal día.

Este escenario de un parador desolado con transmisiones de la UFC y sonidos de piques a lo lejos nos hizo pensar si nos equivocamos de vuelo y estábamos en una carretera sinaloense a las once de la noche. Luego de la segunda cerveza, el problema era volver con un buen número de bolsas de mercado, olor a comida y sin linternas; es aquí cuando esta solitaria noche un tipo en aparente calma y con un alto índice de alcohol en la sangre que disfrutó de algunas luchas junto a nosotros acepta llevarnos en lo que sería un Jeep sacado de Isla Nublar. Nuestra noche fue salvada gracias a su habilidad para volver a oscuras a nuestra casa vía trocha alcoholizado y a nuestra conversación sobre cómo su hijo holandés estudió en Colombia.

Después de esto, nuestra ruta cambió por una mejor vía llamada Tuturutustraat —hablo en serio— con menos perros y más vehículos a los cuales poder hacer autostop. Mientras nuestros recorridos se mantenían entre las dos largas travesías del apartamento al lugar turístico o central, a veces pasados por agua, y las rutinas en los alrededores observamos cómo dicha separación entre 'lo que muestras' y 'lo que no muestras' sí era evidente e incluso, un tema de conversación para muchos de quienes nos llevaron en sus automóviles maltratados por la arena. "¿Qué hacen por aquí?" Nos preguntaban siempre desde el asiento del conductor.

Sol, Playa y Colonialismo
Hablaba en serio. Tuturutustraat.

La isla de Aruba, una pequeña formación habitada por caquetíos, conquistada por españoles sudorosos y decepcionados por la ausencia de oro, comprada por holandeses y hasta administrada temporalmente por ingleses logró su independencia como antilla en 1986, siendo ahora sólo parte del Reino de los Países Bajos. Betico Croes, el libertador de esta joven nación, falleció por un accidente el día anterior a poder ver su sueño logrado y ahora está inmortalizado como estatua en una de las plazas más importantes de la capital.

En medio de este viaje, y esperando un autobús de línea pequeña —prácticamente vans comparables a mini-rutas de colegio— un sujeto de tez blanca, carismático y algo loco nos ofreció desde su Toyota alquilado llevarnos a la zona hotelera a un muy bajo costo. Ben, o como dice llamarse, tenía un perfil bastante particular: era un tipo que hacía deporte, le gusta viajar y se la pasaba en Colombia buscando salida a sus problemas médicos mientras hacía las de casanova con chicas costeñas en la ciudad —preferiblemente morenas según las fotos que mostraba en su celular accidentalmente— y también hacía fiestas con sus amigos de Cali y Barranquilla. Al parecer su última visita consistía en un tratamiento médico en el Hospital Cardio Infantil en Bogotá ya que la operación en los Estados Unidos le costaba un ojo de la cara.

Ben, mientras nos llevaba en su auto monologando —uno de dos viajes por coincidencia en su automóvil— no solo contaba su historia que daba más preguntas que respuestas, también centraba algunas verdades de cómo la isla al salir de un proceso de independencia reciente tendría muchos problemas por su economía duramente influenciada por el petróleo en el pasado, por la inactividad casi total de las ciudades en horarios matutinos (exceptuando a los supermercados chinos) y las diferencias en infraestructura (andenes, pasajes, vías, parques) en lugares distintos a los complejos asignados al turismo. "Aruba es caro caro, y si tu sales de hoteles o centro o playa no ves mucho; es mejor en tour" Nos comentaba en su español entrecortado mientras manejaba el volante con un temblor frenético en sus manos.

Casi al finalizar el viaje tuvimos la oportunidad de agendar un pequeño recorrido por el costado de la isla que no está habitado; un tour en donde una caravana de jeeps —sacada de especial de Top Gear— recorre el único parque nacional, sus cuevas con inscripciones antiquísimas y otros sitios de interés. Nuestro guía, a través de la llamada (o 'palanca') de la anfitriona del apartamento nos acompañó en el mismo vehículo, haciendo que nos contara historias interesantes —y que yo no estrenara mi licencia de conducción— como la costumbre ahora prohibida de la sopa de iguana, la ubicación de la única cárcel de la isla, las promesas del béisbol con sus diferentes orígenes (a veces muy humildes) en la isla y cómo una parte de San Nicolás —una pequeña ciudad al sur— sería el 'distrito rojo' preferido por los habitantes de la zona.

El guía, así como los demás desconocidos durante este tiempo que nos dieron autostop en medio de las vías dolorosamente calientes y las trochas a mediodía —de verdad, gracias— nos llevaron a través de las palabras y relatos cortos a una isla que no está fabricada y que no pertenece a ningún infomercial; a un pueblo tropical agitado (no revuelto) que tiene tanto diversiones como tristezas y que da sus primeros pasos como país mientras que a través del turismo poco a poco hace que las plataformas petroleras visibles al atardecer decembrino no sean necesarias más en este hermoso paisaje.

Sol, Playa y Colonialismo
Las plataformas saludan con sus luces luego de las 6:30 pm.

Volver a un país que también fue colonia española habiendo tenido una oportunidad particular de ver una pizca de los vecindarios y experiencias que no hacen parte del sueño caribeño de los panfletos, no solo nos regaló un relato consciente sobre un lugar muy pintoresco y alocado —por su idioma, moneda, cultura y tradiciones— sino también sobre cómo los pueblos suramericanos nos parecemos tanto por nuestro extraño y a veces místico mestizaje. Este corto viaje terminó con muchas preguntas por responder; sin embargo de algo estamos seguros: esta pequeña isla es una joven nación que guarda grandes historias.

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