Opinión

Recordando al Cabo López

Alejandro Ramírez
Imágenes POR
Camilo Calderón
2021-05-04

Mi mamá estaba viendo el noticiero cuando se acordó del Cabo López. “En esa época había algo que se llamaba la policía infantil”, me dijo. El término me pareció contradictorio hasta el punto de lo grotesco, quiero decir: ¿quién en su sano juicio dejaría que un policía se acerque a un niño? Mi mamá vio la confusión en mi cara y empezó a explicar. El noticiero pasó a hablar del Tour de France mientras afuera, cerca al CAI, se escuchaba ese coro que nunca pasa de moda: “¡Ceeeeerdoos! ¡Ceeeeeeerdos! ¡Ceeeeeeeeerdooooos!

—En esa época las cosas eran muy diferentes. Íbamos al parque…¿teníamos parque? ¿En el barrio?

—¿Tenían barrio? —interrumpí sarcástico. Mi mamá rio, ya conocemos nuestro humor.

—Asignaban un policía por barrio, el Cabo López creo que se llamaba. Y era buena gente, era amable con nosotros. Nos enseñaba rondas infantiles y era muy buena persona.

Se distrajo un momento para ver cómo iban los ciclistas colombianos en el Tour.

—¿Y qué? —la puyé para que continuara.

—No sé, no sé qué pasó. Yo igual nunca he confiado en la policía, pero éramos niños. Y antes eran personas decentes, no sé qué pasó, ahora son una partida de atarbanes.

—¿Qué hacía, vigilaba que fueran al colegio o qué?

—También, cuidaba los parques, los niños. Era más como un recreacionista, nos enseñaba rondas, a cogernos de las manos, nos enseñaba juegos. Era muy buena persona.

Mi madre tiene ya más de setenta años, aunque francamente no parece. Es hija de una época en que la movilidad social significaba la posibilidad de ascenso y no solo la certeza de una inminente miseria. Su trabajo profesional nos brindó una vida cómoda y, aunque siempre ha sido una persona de pensamiento liberal, jamás pensé que ella haría eco de una consigna que hoy resuena en el mundo entero: ACAB.

All Cops Are Bastards.

Pero no bastardos como yo, no. De hecho, como hijo de madre no casada, me ofende un poco ese acrónimo porque los policías merecen otro apelativo. Y me ofende todavía más cuando pienso en la imagen borrosa del Cabo López. Su recuerdo pasó de la memoria de mi madre a la mía. Ignoro si tenía bigote, pero en mi imaginación lo tiene: se ve como el muñeco de trapo de un guardabosques que me regalaron cuando era niño, pero de carne y hueso. Ligeramente regordete, en una gabardina color oliva. Sonriente, ayudando a los niños a cruzar la calle y asegurándose que ningún peladito se quedara sin ir a clase.

Probablemente no sabía que en el colegio esas monjas de mierda le pegaban a mi mamá por ser tímida y por no aprenderse las tablas de multiplicar. Lo hacía en su inocencia creo yo, basándome en lo que imagino a partir de un recuerdo ajeno. Cuando los niños salían de clase tristes, sin saber él por qué, los animaba enseñándoles alguna ronda infantil. Tal vez una de esas que hoy haría que lo cuelguen por machista, aunque seguro lo hacía sin mala intención. Prefiero pensar que les cantaba la de Mambrú para motivarlos a ser miembros productivos de la sociedad en vez de militares.

Desde que mi mamá mencionó su nombre no he podido contener las lágrimas. Afuera los cantos se apagaron y el noticiero ya va acabar. El primer recuerdo que tengo de la policía fue enterarme que habían asesinado a un compañero de clase por hacer un grafiti y que oficiales importantes dentro de la institución intentaron encubrir el crimen. En cambio, mi mamá recuerda a un hombre sonriente de treinta y algo años que era más recreacionista que asesino en potencia. Pequeño contraste. ¿Qué pensaría el Cabo López al ver los atarvanes, no, los hijueputas que ahora componen la policía? Porque mi mamá dijo atarvanes, pero yo sé que quiso decir hijueputas. Seguro el Cabo López tampoco usaría esa palabra, pero pensaría lo mismo.

Poco pudo hacer su arsenal de rondas y juegos contra el cáncer que ya hizo metástasis en la fuerza policial. Ya no entretienen a los niños, ni siquiera los protegen: los miran mal y les disparan a la cabeza con munición recalzada. Golpean a sus padres si los agarran rebuscándose un sustento en la calle y venden droga a sus hermanos mayores. Son unos hijueputas que se creen Los caballeros de la virgen, como si poner estatuas de María a las afueras de un CAI excusara los abusos, las violaciones, los asesinatos. Como si eso le devolviera a las familias esos seres queridos que fueron arrebatados por quienes se supone debían protegerlos.

Si el Cabo López tenía más de treinta para esa época, probablemente ya está muerto. Este hecho, por una parte, me entristece pues confirma que efectivamente los policías decentes son cosa del pasado. Por otra, me alegra, porque quiere decir que él no vivió para ver esto en lo que se ha convertido su Policía Nacional. Afuera ya empiezan a sonar las detonaciones y los balazos. Quisiera estar ahí, quisiera ayudar a prender en llamas un CAI para que sepan que no nos representan, que no nos sentimos protegidos y que no los vamos a perdonar. Que esta dictadura va a caer y que no le van a ganar a un pueblo que no tiene nada que perder. Se oyen sirenas, mi mamá tiene miedo y me suplica que la acompañe, que no salga. Le haré caso, no quiero que se muera del susto porque, en su memoria al menos, todavía existen policías como el Cabo López.


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