Análisis

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Marcia Díaz
2020-07-13

Comentario sobre la trilogía “Los asesinos del emperador”

Reflexión sobre el pasado - Mafalda, Por Quino

Le seguí el consejo y estoy escribiendo
Le seguí el ejemplo y seguí viviendo.

La foto en la solapa del autor y catedrático Santiago Posteguillo localizada en la trilogía de libros Los asesinos del emperador, parece la versión exitosa y tardía del niño al que le removían el almuerzo, con suaves puntapiés a la hora del descanso en el bachillerato. Que cite en latín, no le ayuda. Que utilice la ligadura œ para escribir prœmio es mala señal. Que tenga cara de Nerd ayuda menos. Que en sus libros salgan citas en chino, griego y muchos otros lenguajes, verdaderos quebraderos de cabeza modernos para tipógrafos experimentados, es una verdadera alarma.

Mi razón para leer 3 libros o unas 3500 páginas con un final más impactante que la muerte de Aerith en Final Fantasy VII, fue la manera en que contó todas esas cosas que no interesan: la vida de Nerva, Domiciano y muchos otros césares para explicar el ascenso y caída de uno en particular: Trajano. A diferencia de Diana Uribe, cuyo tono simplón y wikipédico revuelve el estómago con la prudencia de sábados felices visto en día lunes, fue la seriedad de las fuentes y esa jovialidad sin pretensiones de historia bacana, para contarnos anécdotas larguísimas sobre las proezas militares y la vida de Trajano y así poder empezar a explicar por qué es importante la ritualidad de la comida, por qué es vital la consecución logística de recursos energéticos o por qué existe la risa en el teatro. Son consecuencias geopolíticas directas de la peor codicia.

Lo simpático: la historia, se contaba a través de edictos. Se celebraba un triunfo para contarle a los ciudadanos las hazañas de conquistas y los escribas reunían estas experiencias. Muchas personas (miles) presenciaban estos actos de difusión, pero fueron los escritos guardados los sobrevivientes de las circunstancias.

Lo escrito, sobre lo oral.

Ahora, lo oficial ya no proviene de la oficialidad. Viacom nos enseño en los ochentas que las canciones podían ir acompañadas de imagen en movimiento o que las emociones como la ternura se pueden decretar, así que la historia, junto al fenómeno ocurrido a la información, también se trivializa.

Lo entretenido, sobre lo leído.

Ahora somos testigos en directo de la historia. CNN filma mientras bombardean Irak, por citar un ejemplo. Pasaban meses (incluso años) antes del reinado de Trajano para que las noticias de guerra, llegaran a oídos de todos y siempre con matices de victoria. Ahora también sabemos el punto de vista de la víctima, de la persona que entrevistó a la víctima, de la imagen de la víctima, de las consecuencias económicas y sociales de la víctima. Sabemos ahora tanto de la víctima que me da miedo pensar que “Perder es ganar un poco”, por que la lástima consigue rating, sexo y compañía.

Era tan manifiesta la lentitud del flujo informativo que muchos enemigos del Imperio Romano usaban esta situación como ventaja militar para debilitar las fronteras o conseguir más tiempo de negociación frente a Roma. Incluso en tiempos más recientes, lo emputecidos que estaban los aliados, por que los japoneses entregaban medallas antes de Pearl Harbor como muestras de buena voluntad.

Volviendo al tema: los romanos recordaban de otras formas. La manera elegante de evitar el olvido eran monumentos como la columna de Trajano que contaba las partes importantes de las guerras contra los Dacios (novedad en su tiempo). Ahora con Internet y Facebook, no es tan simple como tallar granito. Los gringos (los actuales romanos, y no me quedo corto por los atropellos de Trump) cuentan con un gemela abotargada (con las mismas ínfulas, pero sin mayor éxito) en Washington D.C.

Ahora el sentido y la percepción de la historia es muy diferente. La pesamos, la vendemos, la ponemos en estanterías, la avalamos para crear categorías entre falso y verdadero. Incluso la contrastamos, como un "falso positivo". A pesar de las posibilidades actuales de la reproducción técnica, muchas personas valoran lo real (el original) contra la copia. Con esa cantidad y flujo de información se nos pasan varios detalles. El primero es simplemente disfrutar del relato histórico. El segundo, aprender algo de las anécdotas que nos presenta y tratar de rescatar lo sucedido sin necesidad del objeto. Siempre pensar que la edición de lo que consumimos es el punto de vista interesado del que emite la información.

Apartando el símil de comparar la vida (o el amor) con un campo de batalla, Posteguillo hace su versión del pasado. Sin afanes moralistas, juntando detalles de muchos lugares (incluyendo China) nos enseña escenarios posibles sobre decisiones estratégicas que afectaron el mundo. Por extensión, invita a reflexionar un poco más el presente y pensar por un momento cómo nos afecta el pasado. Nosotros, la caterva de personas que subimos a Transmilenio y vivimos en Suba, podemos influenciar la contemporaneidad. ¿Usted vota o no vota?, ¿Transporte público o privado?, ¿A favor o en contra del aborto?, ¿Recicla o no recicla?, ¿Paz mediática de Santos o Rejo quemado de Uribe? Esas decisiones están presentes en nuestra vida y eran vigentes también en la vida diaria del senado c̶o̶l̶o̶m̶b̶i̶a̶n̶o̶ romano. Santiago Posteguillo hace comentarios muy acertados sobre el modo de vida romano y su influencia en la vida de las periferias, como el problema de contaminación que presentaban las escudillas de barro para transportar aceites, la facilidad de incendiar la Subura, las preocupaciones de un arquitecto que poseía una imaginación sin límites.

El pasado que no pertenece a nuestras anécdotas personales permite un análisis algo más objetivo sobre lo que leemos. Obviamente está mediado por muchos factores, como la fuente, su traducción y la intención del narrador, pero siempre podemos aprender algo de esas historias por que no tenemos ninguna carga emotiva que desvíe la atención frente al hecho leído. La forma de contar esa historia también tiene mucho que ver. En muchísimas partes, Posteguillo intenta describir el punto de vista del vencido, eliminando anacronismos como la discusión de la equidad para el vencido o el respeto a sus derechos humanos. En lugar de esto se concentra en cómo es la visión de las nuevas anexiones al Imperio Romano y cómo estas relaciones de vasallaje afectan a los nuevos súbditos, creando dificultades y posibles escenarios de decisiones (para el deleite de los lectores) que le complican la vida a Trajano en mas de un aspecto.

Los personajes secundarios en los libros de Santiago Posteguillo, influyen en las decisiones de los personajes principales. Es difícil escribir personajes secundarios con carácter, durante tantas páginas. Por momentos olvidamos los lentos monólogos de Trajano, recordando la Batalla de Gaugamela para concentrarnos en las vicisitudes de Marcio (el gladiador) en la Dacia, las aventuras de Tamura o los años de espera de una madre que solo ha abrazado a su hija una vez en la vida, luego de perder un hijo del hombre que amó. Suena a la Maldita primavera y sus secuaces. Curiosamente, puedo simplificarlo de esta manera por que el estilo austero de Santiago Posteguillo es tan tranquilo, que no vi pasar 400 páginas de degollados, asesinatos, asedios, homosexuales, heterosexuales asediados por homosexuales, violaciones, batallas, decisiones entre territorios tan sencillos de deletrear como Sarmisegetuza o nombres como Vologases, para entender todas esos nudos gordianos que desencadenaron las tramas principales en estos libros. Más sustancioso que el caldo MAGGI.

Otro detalle interesante, aparte de útil, fueron los apéndices al final y al comienzo de los libros. Hago especial énfasis en las descripciones actuales de las ciudades y los sitios descritos y la manera para llegar hasta ellos. Trajano tiene una historia interesantísima, llena de enemigos, colores y matices que solo la experiencia de la travesía puede convertirse en un atractivo turístico importante, que está claramente sin explotar.

Si yo hubiese sido compañero del catedrático Posteguillo en el bachillerato, lo hubiera defendido del Bullying. Me hubiera plantado en la mitad del patio y hubiera lanzado el siguiente juramento, con el puño al aire: <<lo que="" es="" con="" él,="" conmigo="">>. Probablemente nos hubieran pateado a ambos (tengo la cabeza muy cerca al piso y no soy particularmente fuerte). Sin intención, en un estúpido gesto altruista podría haber privado al mundo de un escritor genial, al proveerlo de la templanza que se necesita para ser un </lo>don nadie en la vida y resignarse al puede ser. Como los ñeros que se dan en la jeta por un equipo de fútbol con un logo de bebida azucarada en el frente. Con todo lo anterior ¿Quién tiene tiempo de pensar en Marcio el gladiador, la ira de Domicia Longina, la inteligencia de Tamura y la gratitud de Trajano? Entre tantas cosas que pasan en Colombia, ¿Por qué es importante leer estas historias viejas? ¿Por qué debemos apagarle el púlpito radial al balurdo de Arizmendi, evitar El Tiempo y gastar unas horas en estos libros?

Mis razones para hacer estas lecturas, son:

Citando a los valentones anónimos y barrigones del fútbol: libros muy recomendados.

A lo que's bien.

Jacobo Camelo para Laguna Negra

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