Análisis

El Parque de los Muertos

Invitados LN
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Invitados LN
2020-08-11

Ha pasado menos de un año y los recuerdos son cada vez más borrosos. Estoy olvidando quién soy y por qué llegué aquí. Soy un exiliado que lo perdió todo. Solo me rodea desolación, tallos marchitos y un cigarro que alguien arrojó sobre mi cuerpo. Es lo único que tengo. Un cigarro que no puedo fumar y un abandono que me pesa en los huesos descompuestos.

Mi nombre es Camilo Flores Barrera. Nací el 16 de octubre de 1994 y morí el 14 de abril de 2017. Al menos eso es lo que dice la lápida llena de barro y pasto seco clavada en mi morada. Vivo en «El paraíso. Parque cementerio». Un nombre absurdo. Parque y cementerio no deberían estar en la misma oración. Aquí nadie se divierte. Es donde vienen a parar los finales, donde se exhuma la vida.

Tal vez encontraría belleza entre estas tierras de soledades acompañadas si la amargura no quebrantara mi alma ausente. Me fijaría más en los colores vibrantes, en el canto ensordecedor de los pájaros, la sublime nostalgia y los llantos liberados. Pero llegué aquí, en contra de mi voluntad, en una incómoda caja. Desde entonces me aburro bastante. Para no perder la calma, me sacudo a diario con esa paz violenta que solo llevan los muertos; mis vecinos. Los que me acompañan en silencio, que comparten mi espíritu y la humedad de la tierra.

Parque de los Muertos

Todos los días recibimos a alguien nuevo, pero a mí no me gusta eso de hacer amigos y menos si presumen sus tumbas decoradas, llenas de flores artificiales y molinos de viento de formas graciosas, como abejas orbitando girasoles, balones de fútbol o bicicletas. Estamos invadidos por cientos de bicicletas. Algunas se pedalean solas, otras las montan Santas, osos de camisas de rayas, conejos o patos.

A mi lado vive Alejandro Nieto. Nació en 1995 y murió un mes y dieciséis días después de mí. Era hincha del Deportivo Cali. Lo sé porque su lápida tiene una calcomanía del equipo. El resto del lote está colmado de diminutas flores blancas que rodean un zapato de porcelana del Cali, un par de ángeles y un niño Jesús desabrido que pide por el alma de Alejandro. Todo es muy verde. Muy ostentoso.

Sé que sueno como si la envidia abrazara el corazón ingrato que ya no tengo, pero es agotadora tanta pomposidad. Veo a la gente venir e irse. Llorar, comprar flores y cuidar de mis vecinos. A mí nadie me trae nada. Por eso mi tumba no cuenta una historia. No refleja quién fui. Me pisan con sus sucios zapatos porque para los vivos soy invisible. Un huérfano en un reino de cenizas.

Parque de los Muertos

Odio este lugar. Ni siquiera aquí me puedo librar de las cargas de los vivos. Al final los cementerios son un reflejo de nuestra humanidad. Somos frágiles. Cuestionables. Somos clases sociales. Olvidados o recordados. Odiados o amados. Nuestros sepulcros y osarios nos delatan. Son el reflejo de lo que fuimos y no fuimos.

***

Cuando me canso de esa mierda de pensar, me doy una vuelta por el parque. Me he llevado grandes sorpresas. Los vivos tienen tantas formas de interpretar la muerte y de experimentar el ritual del funeral. Son todas las reacciones tan distintas como contradictorias.

Hoy la iglesia está a punto de vomitar a sus fieles creyentes. Esos que se aferran a encontrarse con un pasado que no regresa, que llevan deudas o arrepentimientos pendientes con los que perdieron y adioses que no dijeron.

Muchos escuchan la eucaristía fuera del templo de vidrios amarillos, azules, rojos y verdes. En el tejado hay una cruz de metal. Parece una antena. Siete pinos apuntan al cielo y el alboroto de una construcción en algún lugar cercano se impone ante los cantos del sacramento.

Parque de los Muertos

Salen de la iglesia familias desconocidas con la tristeza abofeteándoles la cara, los ojos hinchados y la muerte en las manos. Trece cofres. Cuento trece vidas incineradas. Resguardadas en cajas de madera teñidas de colores tostados, rojizos e intensos. Caminan juntos en procesión hacia los muros, sintiéndose extranjeros en un lugar donde la muerte no muere.

Algunos se quedan un rato más, a recibir el pésame, a escuchar como disco rayado a sus cercanos repetir «lo siento mucho». Yo me pregunto qué tanto les duele. Un hombre calvo de anteojos lleva en un brazo las cenizas y con el otro rodea la cintura de su mujer. Una chica les toma varias fotografías. No sonríen, solo miran la cámara y sostienen el cofre. Al final verifican qué tan buenas fueron las tomas.

Curioso retrato familiar.

Los sigo hasta llegar a la nueva construcción de urnas. El barrio está creciendo. Entre la multitud veo a una anciana en sudadera, lleva unos aretes pesados que le jalan al suelo las orejas y sostiene un cofre caoba. Apuesto que es su esposo. Lo abre para que una morena temblorosa tome una foto con su celular. No los comprendo. Los vivos se obsesionan con hacer eternas las experiencias.

Parque de los Muertos

No muy lejos los niños juegan con las piedras, se arrastran en ellas. Su inocente diversión me conmueve un poco. No entienden. Supongo que por eso se ensucian, interrumpen y chillan. Los grandes conversan entre ellos, no todos están de negro, nadie llora desconsoladamente ni se esfuerza por evitar caer al suelo y ahogar un grito. Su calma me inquieta. El padre llega y ordena a todos levantar los cofres con la etiqueta de los nombres al frente para leerlos.

—Padre misericordioso. Lleno de ternura y amor por tus hijos, te encomendamos una vez más las almas de tus fieles difuntos: Ana Julia Muñoz. Luis Emilio Benavidez. Margarita Pardo. Pedro Pablo Camargo. Flor Alba Mendieta. Jesús Sandoval. Mario Enrique Cifuentes. Clara María Herrera. Cristian Camilo Patiño. José Gustavo Pinilla…

—Tío—balbucea un niño a su padre—tío tá en cilo.

—Sí, en el cielo—le responde.

—Luis Eduardo Calderón. Nora María Suarez. María Barbosa—finaliza el padre—Concédele señor el descanso eterno.

—Y brille para ella la luz perpetua—contestan todos a coro.

El padre repite la frase doce veces más y en cada uno de los cofres hace una cruz con el agua bendita. Me siento en la banca y a mi lado un padre le dice a su hijo de unos diez años.

—Mire, chino, cuando me muera, me pone una bicicleta grabada ahí en el cenizario.

—Mi papá lo que quiere es morir quemado—le responde el niño sonriendo.

***

Regreso a mi sector confundido por las fotos, las peticiones y la ausencia de llanto. Los jardineros abren, entre risas y chanzas, dos fosas. En silencio llega un joven robusto de chaqueta impermeable, con una botella de agua en una mano y en la otra un cepillo de dientes despeinado. Se inclina sobre una tumba y riega el agua para refrescar las flores y la casita blanca que lleva la foto de Marco Antonio Sánchez. Murió a los veinte. Era moreno, delgado y de ojos rasgados. Se parecen mucho. Podría ser su hermano. El joven toma el cepillo y limpia con dedicación la casita, quitando la mugre del tejado. Se toma su tiempo para que las deformes cerdas besen la suciedad. Cuando termina de lustrarla, se sienta y observa a Marco en silencio.

Parque de los Muertos

A lo lejos un beatbox rompe el silencio de los jardines. Ritmos improvisados salen de la boca de un hombre de cuarenta años que viste de negro. El rapero baila perdido en las notas de su tonada y el humo del cigarro. Termina su rap cantando:

…me hace mucha falta tu presencia. Quisiera yo verlo, pero no te tengo y no puedo darte un abrazo.

El hombre sorbe sus mocos, suspira y le dice a su amigo Javier Pulgarín: «nos vemos mañana». Sale de los jardines tambaleándose de un lado a otro mientras una pareja poda el césped de otra tumba, quitando la maleza y sembrando flores frescas.

Entiendo que los vivos son los que mantienen este lugar. Visitan a sus muertos y decoran sus moradas porque se niegan a olvidarlos. A mí por el contrario me negaron ¿Será por mi amargura? ¿Fui tan malo en vida que no merezco flores, ni canciones, ni casitas con mi foto? No recuerdo si me gustaba el fútbol o si tenía otras pasiones. Me pregunto a diario ¿dónde están mis padres, mi familia, mis amigos? ¿Los decepcioné? Si nadie viene por mí, entonces ¿eso qué me hace?

Mi nombre es Camilo Flores Barrera. Nací el 16 de octubre de 1994 y morí el 14 de abril de 2017.  Vivo en «El paraíso. Parque cementerio», el lugar donde vienen a parar los finales. Sigo sin poder fumarme el cigarro pero ya sé quién soy: un pedazo de nada que desaparece ante ellos. Los vivos. Los de la desgarradora indiferencia.

Por Daniela Cubillos para Laguna Negra

Fotografías por Juan Dávila y Camilo Calderón

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