Análisis

No homo: Roma entre I a.C. y II d.C.

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Marcia Díaz
2020-07-19

El fantasma de la “ideología de género” parece que aún no deja de rondar el panorama de nuestro país. Se acentuó muy bien, por ejemplo, en el discurso político de los candidatos presidenciales en 2018. Por supuesto, no es de menospreciar con las manifestaciones masivas que se convocaron en oposición a tal, tanto para la supresión de las cartillas incluyentes, como para influir en los resultados del plebiscito del 2 de octubre de 2016. En la mentalidad y los discursos de los sectores cristianos no deja de resonar.

Respecto a este asunto el dilema central se trata de la comprensión de normalidad y de cómo puede ser esa normalidad alterada, según las iglesias, por un ejercicio ideológico en el que compilan las luchas por adquirir derechos por parte de la comunidad LGBTI, como los vacíos que suponen para la vida cotidiana una concepción binaria y meramente reproductiva de la sexualidad de muchas personas en el mundo.

Aunque merece el análisis de lo que se puede o no entender como normal, aún más lo que sería natural, observemos un ejemplo histórico del cómo estas comprensiones están sumamente ligadas al contexto cultural y social en el que se desenvuelven las personas, más que a una predeterminación inmodificable. Por ello, adentrémonos en el mundo de la homosexualidad en la antigua Roma.

En principio, resulta inapropiado el término “homosexual” en el contexto de la mentalidad romana respecto al sexo, ya que para la época no se planteaban distinciones respecto a la orientación sexual, ni siquiera había una palabra que tuviese este significado. Lo más semejante fueron las palabras cinaedi (alguien que disfrutaba del sexo anal) y pathici (un homosexual pasivo), que no distinguían el género o la preferencia sexual de esa persona, sino el rol que tomaba en la relación sexual. Para los romanos lo importante era alcanzar el placer sexual, sin importar la biología del cuerpo que lo canalizase:

Pero sin duda, nuestra concepción de que un hombre es heterosexual, homosexual o bisexual no cabría en la mente de un ciudadano de la antigua Roma, para quien el único objetivo era alcanzar el placer sexual introduciendo el pene en una vagina, en un ano o en la boca de cualquier objeto sexual deseable. (Clarke, 2003, p.86)

No obstante, eran las relaciones entre hombres donde se condensan con más facilidad los elementos principales que guiaban la sexualidad para los romanos, poseyendo unas características particulares respecto a las relaciones con mujeres.

Las relaciones y la reglamentación

No hubo una ley en Roma que prohibiese las relaciones sexuales con otros hombres sino hasta el advenimiento del cristianismo. Incluso las leyes que lo castigaban pueden hallarse hacia los últimos periodos del Imperio. Por ejemplo, la ley de Teodosio I, en el 390, condenaba a la pira a los hombres que se prostituían. O la de Teodosio II en el 438 condenaba a las llamas al que cometiese homosexualidad pasiva. También Justiniano legislaría en contra de la homosexualidad, condenando a muerte al que la practicase, fuese activa o pasivamente [1].

Pese a esto, no dejaban de existir una serie de reglas que procuraban limitar el ámbito sexual, ligadas al contexto cultural. La más importante era que el hombre no interactuara con otros de su misma escala social, en la que se incluían adultos y jóvenes libres. A él le era permitido cualquier relación con mujeres, esclavos, prostitutos, prostitutas e inclusive adolescentes que aún no accedían a la ciudadanía, puesto que todos ellos, por su estatus social, cumplían un rol pasivo en el acto sexual. El dejarse sodomizar por otro hombre representaba una gran deshonra, ya que se aceptaba la sumisión –y por ende la esclavitud– hacia el otro. El factor determinante en el sexo no era la reproducción, sino el poder, estatus y dominio.

La reglamentación respecto a la sexualidad se limitó muchas veces a controlar aquello que pudiese representar una amenaza a las instituciones de la élite, como es el caso del adulterio, ya que este ponía en peligro el matrimonio al correr el riesgo de que naciesen hijos que reclamasen herencia. Pero en lo que representaba a las clases sociales bajas o los ambientes extra-matrimoniales, no había estrictas limitaciones morales o legales respecto al sexo [2], un hecho notable cuando en la sociedad romana los pobres constituían un gran porcentaje del total de la población, por tanto, era posible para un gran número de personas disfrutar de la libertad sexual.

Las relaciones entre hombres de distinto rango, edad o clase, era socialmente aceptada mientras se respetasen los roles. Así, en su juventud, Julio Cesar sería tomado por Nicomedes, rey de Bitinia (por lo cual Catulo lo llamaría “la reina de Bitinia” [3]). Siendo para estos jóvenes muchas veces una etapa importante para su desarrollo, ya que implicaba primero ser penetrado (rol pasivo), para que en la madurez pudiesen penetrar (rol activo) [4]. Significaba igualmente una forma de alcanzar el placer sin caer en la sumisión que representaba enamorarse, específicamente de una mujer:

[…] muchos hombres de inclinación heterosexual disfrutaban así de un placer epidérmico con los muchachos; de forma que solía repetirse proverbialmente que los jóvenes procuraban un placer tranquilo que no trastornaba el espíritu, mientras que la pasión por una mujer sumía al hombre libre en una dolorosa esclavitud. (Ariès & Duby, 1988, p.200)
Un falo con la inscripción “HANC EGO CACAVI” (acá he cagado), encontrado en la ciudad de Pompeya. Museo arqueológico de Nápoles.

Esclavos sexuales y prostitución masculina

Fuera del ámbito pedagógico o de la vida en sociedad, se contemplaban otras relaciones legales, como aquellas con los esclavos jóvenes y con los prostitutos. Por la condición pasiva de estos, en cuanto a su estatus social, no representaba ninguna aversión, por lo que resultaba en una práctica extensa. Los señores acaudalados buscaban traer a sus casas esclavos jóvenes de gran belleza, con los cuales poder satisfacer sus deseos sexuales, aunque la función de estos por supuesto no se limitaba estrictamente a complacer al amo, por lo que no se podían clasificar estrictamente como esclavos sexuales, pese a que:

La principal tarea que debían realizar los esclavos especialmente agraciados entre los doce y los 18 años era complacer sexualmente a sus amos (y eventualmente también a sus amas). (Clarke, 2003, p.84)

Por otra parte, absurdo representaba comprar a un alto costo un joven de gran belleza y no tener relaciones sexuales con él, lo que coloquialmente sería “como comprarse un Mercedes y no conducirlo”. En estas relaciones los investigadores han observado el aprecio que tenían los romanos ante los jóvenes por su piel lozana, sin pelo en el cuerpo (especialmente las áreas sexuales), puesto que representaban pureza, en cuanto a lo físico. Paul Vayne expone un gesto interesante sobre la construcción de tabúes alrededor de esta cultura sexual:

Algunos amos, sin embargo, llevaban su libertinaje hasta el punto de continuar con esas relaciones: así, del favorito que contaba con una cierta edad se decía que era un exoletus, lo que quería decir que no era ya un adolescens, y la gente honesta lo encontraba repugnante; Séneca, que quiere que se siga en todo a la naturaleza, se indigna de que algunos libertinos pretendan depilar a su favorito una vez que la edad natural de los escarceos amorosos se le ha pasado.

En tanto la prostitución masculina no constituía a grandes rasgos mayor diferencia respecto a la labor femenina; ambos grupos tenían sus festividades y pagaban impuestos. Pese a esto había un hecho notable: mientras que las mujeres provenían de clase baja y recibían bajos ingresos, un prostituto de buena apariencia y juventud representaba un lujo para aquel –o aquella– que buscara sus servicios, por lo tanto, recibían mejor paga e incluso representaban una seria competencia para las prostitutas.[5]

Tabúes

En este tema es importante recalcar que la sociedad romana, ante todo, no era totalmente permisiva ni abierta en lo que respecta a la sexualidad. Como en nuestra época, había una serie de tabúes y leyes que limitaban las interacciones sexuales. Por lo que percibirlo de otro modo no solo es errado, sino que lleva a malinterpretaciones de la vida sexual de los romanos. ¿Cabe la posibilidad de hacer un paralelo con nuestra actualidad?

El principal tabú ya lo hemos nombrado con anterioridad: tomar una posición pasiva (siendo un ciudadano, un hombre libre) aceptando la penetración. El que lo cometiera –y fuese descubierto– era marginado socialmente, recibiendo el estatus legal de infame, el cual le quitaba su poder para votar y representarse a sí mismo ante un tribunal.[6] Esto daba cabida a numerosos insultos y denominaciones como la de ser pathicus o cinaedus, totalmente inadmisible para un personaje de la élite.

No era una mentalidad ajena, en cuanto a los patrones que determinan lo posible o no, de la que muchos aún comparten. Por ejemplo, en el campo de la penetración y de la pasividad entran otras prácticas sexuales que se censuraban, principalmente cuando implicaban una transgresión a la naturaleza, a la normalidad sexual que reconocían los romanos. Es el caso del sexo entre mujeres, puesto que la primera falla consistía en querer buscar el placer femenino (cuestión que no era aceptada moralmente) y además alguna de ellas, en el acto, tomaba un rol activo, reservado exclusivamente para los hombres.

La otra gran corrupción era el sexo oral, tan aberrante como ser penetrado, en la medida que implicaba, por un lado, una sumisión al otro (ya que se procura dar placer y no recibirlo), además de ser un acto en el que se ensuciaba la boca. Era esta una parte del cuerpo muy importante por su valor social, puesto que al ser una cultura que le daba valor a la oratoria pública, la concebían como un símbolo de responsabilidad y deber. Así, aunque tuviese un aspecto social más mundano, puesto que era de costumbre saludarse con un intercambio de besos.[7]

En esa lógica, podríamos resumir que los romanos reconocían tres tabúes: la felación, la felación forzada y el cunnilingus, acto transgresor en muchas medidas cuando lo practicaba un hombre, desde el instante en el cual, quien lo realizaba, tomaba una actitud pasiva y así mismo procuraba dar placer a la dichosa receptora de tal; de hacerlo dos mujeres, era incluso peor (aunque a Gerlein no le preocupe el catre compartido por dos mujeres ahora). Clarke lo superpone a la homosexualidad pasiva:

Pero, además, de acuerdo con la jerarquía romana de la degradación sexual, un hombre sospechoso de practicar el cunnilingus caía en mayor desgracia que uno que fuera penetrado por otro hombre. (2003, p.126)

De haber obligado a un hombre a realizar una felación, hubiese supuesto para él una grave afrenta, puesto que era violentado al verse forzado a asumir un rol pasivo y a su vez se ensuciaba la boca.

Por supuesto, esto no iba a cohibir a los romanos de practicar tales actos, en ambientes privados o en los prostíbulos, donde se ofrecían tales servicios tanto a hombres como a mujeres.

Rol pasivo – rol activo

Pese a que se daban ciertas particularidades en cuestión al aspecto homosexual de las relaciones entre romanos, no es un elemento que las definiera o la delimitara. Lo esencial de la sexualidad romana consistía en un binarismo que residía igualmente en el ser (aunque no el mismo de ahora): ser pasivo o el ser activo. El hecho de que no tuvieran en cuenta el género, la raza o la preferencia sexual, sino el rol que se asumía y la posición social, es un reflejo de lo que era Roma: una cultura patriarcal en la que el hombre dominaba totalmente la sociedad, compuesta por una pequeña élite que regía a los pueblos del Mediterráneo, por lo que era importante que esa infraestructura social se mantuviese y se impregnara en gran parte de los ámbitos de la vida cotidiana romana, incluso en el sexo.

Aquí es preciso resaltar que (aun cuando a los predicadores de la Biblia no les parezca) los romanos tenían poder de decisión sobre el cómo llevar su sexualidad, pese a lo que dicta la sociedad. Así, pueden encontrarse filósofos castos, o personajes tan controversiales como Nerón o Calígula; representaciones de actos sexuales en alfarería, paredes o espacios púbicos de la ciudad de Pompeya, al igual que relaciones amorosas entre varias personas, que se desenvolvían más allá de lo sexual, ya que, al fin y al cabo:

Después de todo, el buen sexo, bajo todas sus formas, era un precioso regalo de los dioses. Y por lo mismo practicar el sexo era considerado algo bueno y no algo de lo que había que avergonzarse. (Clarke, 2003, p.15)

Conso para Laguna Negra

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[1] Cantarella, 1996, p.207

[2] Clarke, 2003, p.157

[3] Corraze, 1992, p.26

[4] Laurence, 2010, p.85

[5] Ramos, 2013

[6] Clarke, 2003, p.118

[7] Clarke, 2003, p.118

Bibliografía

Ariès, P., & Duby, G. (1988). Historia de la vida privada. (F. P. Gütiérrez, Trad.) Madrid: Taurus.

Cantarella, E. (1996 ). Los suplicios capitales en Grecia y Roma. Madrid: AKAL.

Clarke, J. (2003). Sexo en Roma. (G. R. Arissó, Trad.) Italia: Océano.

Corraze, J. (1992). La homosexualidad. México: Publicaciones Cruz O., S.A.

Juvenal. (1817). Satiras de Juvenal. (L. F. Sion, Trad.) Madrid.

Laurence, R. (2010). Roman passions: a history of pleasure in imperial Rome. Auckland: Continuum.

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https://espanol.free-ebooks.net/ebook/Practicas-Sexuales-en-el-Imperio-Romano-Amantes-y-Clientes

http://diariodetodoynada.blogspot.com.co/2010/04/extracto-las-satiras-de-juvenal.html

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