Ficción

Medios de comunicación

José Mondragón
Imágenes POR
Marcia Díaz
2021-02-05

¿Cómo es un mundo en el que los gritos estructuran la comunicación en lugar de entorpecerla? José Mondragón lo imagina para nosotros en esta ficción breve.

Después de todo, había que seguir comunicándonos de algún modo. Los mensajeros se habían vuelto un lujo que pocos podían darse porque recorrer la ciudad de un lugar a otro era una labor sumamente peligrosa y, por lo tanto, cara. Además, la autorización para salir debía ser expedida por el mismísimo presidente, con quien por obvias razones nadie tenía comunicación. Entonces a alguien se le ocurrió gritar.

–¡Vecina, dígale a Fulanito que si sigue vivo!

Lo hizo más por hacer algo que por otra cosa, pues el vecindario no se caracterizaba por sus buenas relaciones. Pero contra todo pronóstico, la doña le gritó a Fulanito, que vivía varias casas más allá:

–¡Fulanito, que si sigue vivo!

El emisor del mensaje no oyó la respuesta, así que se olvidó del asunto. Pero minutos después, al pasar por la ventana, escuchó a la vecina:

–¡Que sí, que está bien, que cómo está usté!

Así empezó todo, la modalidad no tardó en extenderse por el barrio, entre otras cosas porque era difícil de ocultar y fácil de aprender. Rápidamente se organizaron distintas redes, los que gritaban más fuerte eran los más solicitados para que el comunicado llegará a su destino con la mayor claridad posible.

–¡Perencejo, usté que es bien gritón, dígale a Mengana que no se le olvide regar las matas!

–¡Claro, mi doña! –respondió Perencejo, que nunca había sido del afecto de ningún vecino. Pero ahora, en parte por su voz atronadora de la costa y en parte por las ventajas acústicas de vivir en un quinto piso, pasó a ser un hombre indispensable para preservar la vida en sociedad.

Las redes se fueron ampliando de barrio en barrio hasta cubrir la ciudad por completo. Pronto, vozarrones estratégicos como el de Perencejo revistieron a sus propietarios con el título de Gritones Oficiales. Eran ellos quienes coordinaban las transmisiones para que no se cruzaran; sobre todo desde que a Mengana le había llegado una propuesta de matrimonio que no había dudado en aceptar, pero resultó ser para una tocaya que tenía unas cuadras al norte.

Cuestiones como esta hicieron necesaria una mayor precisión en lo que refería al destinatario: dirección exacta, nombre completo y apellidos. Además, para los recados privados se formulaba una pregunta cuya respuesta sólo podía verificar el emisor. Esto, claro, tardaba el doble porque debía recorrer la cadena de vuelta para verificar la clave y, en caso de ser correcta, volver otra vez con la información autorizada.

Fue cosa de semanas para que Zutanita se enterara que Plutarco la seguía amando al otro lado de la ciudad. Los mensajes de amor se transmitían de noche, lo cual era curioso porque justo en ese momento había un silencio que permitía enterarse de todo. Fue así como las familias empezaron a reunirse en sus ventanas a partir de las siete, para enterarse del romance entre Zutanita y Plutarco o para saber si Petunia al fin perdonaría a Flavio o si el papá de Clodomira alguna vez la dejaría responderle a Eustaquio.

A eso de las diez, los niños se iban a dormir con tapones en los oídos porque la cosa se ponía bastante más íntima. Para estos recados surgieron nuevas voces, voces nocturnas cuya importancia no radicaba ya tanto en la potencia, sino en otras cualidades como el timbre y el ritmo: algunas suaves como caricias, apenas audibles a la distancia, pero que atravesaban las calles como un hilo de viento; otras pausadas y tan graves que hacían vibrar las ventanas de quienes permanecían despiertos hasta la madrugada.

Un día, los gritos de Perencejo despertaron al vecindario:

–¡Alocución presidencial!

Desde su quinto piso, el ahora ilustre costeño no tardó en verse rodeado por los rostros atentos de quienes se asomaban a sus ventanas y terrazas, o incluso se arriesgaban a abrir las puertas para escuchar las palabras presidenciales.

–¡“Ciudadanos –comenzó Perencejo con un tono solemne que había reservado para una ocasión como ésta–, me dirijo a ustedes… 

La transmisión duró hasta entrada la tarde porque era un discurso largo y debía ser reproducido al pie de la letra por los Gritones Oficiales de toda la ciudad. Desde su despacho, el presidente le decía una frase a su gritón privado, quien desde una de las mil ventanas del palacio transmitía la información a los gritones más inmediatos. Ellos, a su vez, empezaban a dispersar el mensaje por sus respectivas redes.

Iban a dar las cinco cuando Perencejo, ya afónico, dictaminó:

–¡“Por todo lo anterior, he decidido que a partir del próximo lunes a las cero horas serán libres de salir bajo su propia responsabilidad.”!

Se escucharon algunos aplausos, no era muy claro si iban dirigidos al presidente o a Perencejo, pero fue este último quien los recibió inclinando la cabeza antes de retirarse con la garganta gastada y los ojos encharcados.

La semana transcurrió en medio de un silencio que sólo rompía de vez en cuando alguna voz intrigada:

–¡¿Perencejo, el presidente no ha mandado a decir nada más?!

Perencejo no respondía, nadie lo había escuchado desde que había emitido las palabras del dignatario. Debía estar cuidándose la voz. Quizás por eso o por la tensión de la expectativa, los dos o tres gritos que se oían al día no encontraban eco en ninguna parte. Por su parte, los mensajes nocturnos cesaron por completo y nadie supo si Clodomira se había revelado ante su padre o si el pobre Flavio había sido finalmente perdonado.

Llegó el lunes y muchos decidimos aguardar en nuestras casas, esperando alguna confirmación del presidente. Otros pocos, sin embargo, se arriesgaron a salir con las primeras luces, ansiosos de que al fin se acabara el largo encierro y todo volviera poco a poco a la normalidad. Fue uno de ellos quien encontró en la calle el cadáver de Perencejo, que había saltado de su ventana en algún momento de la noche.

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