Análisis

La mamá del animal

Viv.ácida
Imágenes POR
2020-07-20

La mujer del animal (2015) de Víctor Gaviria no es una película con una historia novedosa, muestra una realidad colombiana de finales de los años 70 que la mayoría del país conoce o ha vivenciado.

Pasó un poco más de una década para que Víctor Gaviria estrenará La mujer del animal (2015): entre su filmografía la película más agresiva con el espectador. Al menos para mí fue abrumador verla en función de 8 pm en sala llena, aunque al final sólo quedáramos 3 parejas. Así como todos los personajes de la película, el espectador siente un miedo constante en ese tiempo en el que se presiente la llegada de El animal. Cuando aparece, sólo nos queda ser testigo de golpizas y violaciones, al igual que esa comunidad que presenció todo tipo de maltratos contra Amparo y otras mujeres pero no tuvo la valentía de ayudarlas. A excepción de El diablo, quien se enfrentó a El animal en defensa de su hermana, y a su amigo Jairo Zapata, quien indirectamente se enfrentó a él ofreciéndole una gaseosa a Amparo; sin saber que eso la haría merecedora de una paliza. Y a pesar de todo, no es la violencia lo más impactante, es la indiferencia, y en el caso de la madre del animal, Mariela, la manera como ha naturalizado y alimentado el comportamiento de su hijo.

El director logra que el espectador genere una simpatía con Amparo, uno sufre con ella cuando la escucha pidiendo ayuda mientras es arrastrada del pelo, siente hambre, siente la desolación y la suciedad de su condición y, por supuesto, odia a El animal y también anhela su muerte. La segunda vez que vi la película en un festival de un pueblo, que de hecho tuvo que aplazarla y proyectarla al siguiente día tardísimo para que los desprevenidos no se aterrorizaran, una señora me sorprendió cuando se levantó y aplaudió en solidaridad con Amparo. Entonces, lo que parece incomprensible es cómo una madre no siente simpatía por otra que toca a su puerta llorando con sus hijos en los brazos; aún sabiendo que la causa de la desgracia de esa mujer es su hijo. Mariela, como le dijo uno de los tombos que buscaba a El animal, es una alcahueta que también debería ir a la cárcel por haber parido a ese violador depravado. Y tiene razón, Mariela reafirma el machismo en su hijo. Por ejemplo, acusa a Amparo de haber enyerbado a Libardo porque él no hace más sino golpearla y estar pendiente de que nadie la mire, le hable o la ayude.

La influencia de la mamá es fundamental en la crianza de sus hijos y por eso el reproche del policía es lo más coherente entre tantas groserías. Aunque a Mariela, por supuesto, no le importe y en cambio grite orgullosa: “No tuve sapos, por eso les di esa belleza”. La mamá del animal es una perpetuadora del machismo con todos sus hijos. Óscar, el menor, ve como un héroe a Libardo y sin duda seguirá sus pasos. Olguita, quien fue violada por el animal cuando tenía 11 años, no se revela contra ninguno y lleva a la boca del lobo a Amparo. Su actitud es aún más perversa porque sin ser consciente se ha acostumbrado a ese trato, ha aprendido a vivir feliz entre esos gritos de su madre, la grosería de Óscar y la maldad de Libardo. A veces siente un poco de lástima por Amparo, pero no necesariamente culpa por no haberla advertido de lo que se avecinaba.

La mujer del animal no es una película con una historia novedosa, muestra una realidad colombiana de finales de los años 70 que, por desgracia, la mayoría del país conoce o ha vivenciado. Su tratamiento es propio del cine de Gaviria el cual se enfoca en sus personajes más que en planos cuidadosos o un impecable manejo del tiempo y la evolución de los personajes. Para mí el valor de la película que, dice él, cierra su ciclo como cineasta está en el carácter de los personajes. Por eso Mariela me impactó tanto. Ella refleja la desoladora costumbre de algunas mujeres y madres que callan el maltrato de sus hijas, amigas e incluso de ellas mismas. Su omisión es un consentimiento de todas las aterradoras violaciones que comete su hijo. No es fácil enfrentarse a un hombre violento o reprochar a quien uno ama, pero ceder ante dichas atrocidades contra las mujeres sólo por ser mujeres es más violento que todos los golpes que le da Libardo a Amparo.

Como lo predice el título, la mujer es la protagonista. No sólo Amparo, Mariela u Olguita, también la hermana de Amparo, la tía bruja de Libardo, Argelina, la tía del animal que da un ápice de ternura, o la otra Amparo. Todas mujeres apabulladas por el animal, cómplices de la tortura de Amparo. Pero otra es la naturaleza de ella. Con inteligencia e inocencia irrumpe las primitivas concepciones que tiene El animal frente a la mujer. Fue capaz de hacer lo que nadie, lo golpeó con un palo para evitar que violara a otra jovencita. Se cortó el cabello para que no la mechoneara más; parece un acto banal pero para un hombre que cree firmemente en que la mujer es una posesión a la orden de sus salvajes placeres, cortarse el cabello es un acto de rebeldía. Y en efecto sí lo fue, cuando Libardo llegó a “reclamar lo que le corresponde” se emputó y dijo que no se acostaba con maricas. Es así como Amparo sin querer y sin necesitarlo le da una lección a esa comunidad de uno de los barrios altos de Medellín, y al espectador. Con sus acciones que no son pequeñas reafirma su existencia como mujer y como madre, a diferencia de aquella mujer que parió al animal que cambiaría la vida a aquella jovencita que sólo quiso gastarle una broma a una monja.

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