Análisis

La cuota de los sueños: Una comparación entre Whiplash y La La Land

Invitados LN
Imágenes POR
Marcia Díaz
2020-07-23

Una colorida comparación entre La La Land (2016) y Whiplash (2014), las dos populares filmes del joven director Damien Chazelle.

Del thriller psicológico que es Whiplash, una película sobre el feroz empeño de un estudiante de batería y su relación con un profesor que lo presiona y atormenta, convencido de que un método castrense es la única forma de aflorar el talento de los músicos a La La Land, un musical donde una pareja de artistas intentan abrirse paso en la ciudad de Los Ángeles, en medio de las frustraciones propias de un gremio tan saturado, hay bastante distancia. El tono, la estética y las técnicas cinematográficas son disímiles entre ambas obras. Las tensiones en sus argumentos apuntan a direcciones distintas. Incluso las sensaciones que provocan en el espectador son notoriamente diferentes. Aun así, Whiplash y La La Land tienen en común a Damien Chazelle quien escribió y dirigió ambas películas donde más allá de la trama inmediata tiene una búsqueda personal, un discurso presente en ambas cintas que podríamos identificar como: el costo de perseguir los sueños y la belleza del jazz. ¿Qué tanto se puede decir de esta búsqueda? ¿Qué tan bien logradas están las películas dentro de este marco temático, y qué le dejan en claro al espectador? ¿Qué tanto transmite Chazelle en ellas? Este es un acercamiento a las obras de Chazelle y su discurso.

El sobreesfuerzo, las lágrimas y la sangre.

El argumento de Whiplash es sencillo. Andrew Neiman (Milles Teller) es un ambicioso estudiante de batería en el ficticio instituto Shaffer, en Nueva York. En ese afán por convertirse en un gran intérprete de jazz, llama la atención de Terence Fletcher (J.K. Simmons) profesor emérito y quien dirige el estudio de jazz, laureado y reconocido múltiples veces. Sus métodos de enseñanza, además, son una mezcla de insultos desmesurados, opiniones arbitrarias y agresiones físicas semejantes al sadismo de un entrenamiento militar, excepto que en las fuerzas armadas no está permitido abofetear a los soldados. Fletcher defiende su pedagogía diciendo que su labor es “presionar a la gente más allá de lo que se espera de ellos”.

En una escena memorable Neiman escucha a Fletcher justificarse con la anécdota de cómo Charlie Parker se convirtió en la leyenda que es, pues mientras tocaba en una Cutting session bajo la dirección de Jo Jones, otrora baterista de la orquesta de Count Basie, acelera el ritmo y Jones le lanza un platillo a la cabeza. Humillado, Parker huye de las risas del público, llora y luego practica tanto y tan duro que un año después toca un solo en un escenario de Reno y hace historia. En realidad Jones solo le gritó a Parker para que se detuviera, nunca incurrió en un intento de asesinato. La versión de Fletcher sirve más bien para introducir el reproche y la ira hacia el aire general de autocomplacencia y mediocridad en los artistas, y sobre todo en aquellos quienes aplauden la imperfección.

Acerca de si es o no una dinámica sana de enseñanza, la película algo insinúa con la muerte de Sean Casey, un antiguo estudiante de Fletcher. Pero eso no importa. Por el contrario sí vemos a un joven estudiante en unas sesiones de práctica insensatas y dolorosas que al correr de la cinta van degenerando el espíritu tranquilo y acompasado de un Neiman que va al cine con su padre y consigue una novia, hasta convertirlo en un ser demacrado, lacerado y que adopta actitudes irritables y violentas. Y en el clímax de esta degradación humana, en el punto donde ya no le importa su propia integridad física con tal de actuar de acuerdo a los estándares de Fletcher, la última secuencia de la película es una confrontación entre el alumno y el profesor compuesta por traiciones, venganzas y un último concierto donde todo el sufrimiento y la desazón de la vida de Neiman afloran en un bello solo de batería pensado como una última revancha hacia Fletcher, que paradójicamente los une en la música y les otorga a ambos la recompensa por sus esfuerzos.

No es un final de fotografía. El desenlace de Whiplash solo es posible luego de hora y media de una tensión constante y dolorosa, de la degradación voluntaria de un personaje que se reduce en su condición de humano para permitirse ser un artista, solo para terminar con una sonrisa de aprobación y un final indeterminado que no le asegura al espectador que este es un final feliz. Niega incluso el tan esperado aplauso del público, personaje ausente y fantasmagórico que refleja la situación de los artistas nóveles.

Música, baile y decepciones

Y si la dinámica de Whiplash se refleja en una cinematografía simple con tomas cortas y planos cerrados, La La Land ambienta su primera escena en una autopista en la ciudad de Los Ángeles en plena hora pico. Una gran toma abierta, juegos de luz y el movimiento continuo de la cámara dan una sensación al espectador de poder respirar libremente que luego se sentirá durante el resto de la cinta. Hay un uso reiterado de colores vivos, danza acrobática y una coreografía con decenas de bailarines que mezclan distintos ritmos, nacionalidades e incluso edades.

Entre ese contraste de baile y el desastre de un atasco en la soleada California, vemos a los dos protagonistas de la cinta: Mia (Emma Stone), una aspirante a actriz que va de audición en audición a la espera del papel que impulse su carrera mientras sobrevive en un trabajo de barista en una cafetería de los estudios Warner Bros; Y Sebastian (Ryan Gosling), un testarudo pianista cuyo objetivo en la vida es abrir un club donde todos los músicos comprometidos con el “verdadero jazz” puedan tocar sin ningún tipo de restricción. Y aunque las motivaciones y la construcción del personaje de Sebastian se manifiestan casi de inmediato en su afán por practicar el piano y “stalkear” el Van Deek (antiguo bar de jazz), Mia es un ente más confuso. Se nos dice de ella que dejó la escuela de leyes, se nos dice que tenía una tía que la introdujo en el mundo de la actuación, se nos dice que escribía sus propias obras, se nos dice que lleva 6 años intentando conseguir un papel. Se le dice al espectador tantas cosas pero por el contrario se le muestran muy pocas, más allá de un par de audiciones rápidas que se despachan por una obligación que no satisface una identificación entre el personaje y el espectador. Y si la existe (la identificación), es gracias a la grandiosa interpretación de Emma Stone, quién sin miedo a ridiculizarse a sí misma alterna sensaciones de esperanza y frustración comunicándonos una vivencia genuina que el personaje no alcanza a transmitir.

El primer acto es, por tanto, una historia de amor. Mia y Sebastian se encuentran azarosamente en una dinámica amor-odio que se alimenta con una música ensoñadora y coreografías muy propias de la era dorada de los musicales. La resolución del conflicto amoroso es rápido pues avanza casi sin complicaciones. Al no haber más personajes que interfieran en su relación (hay apariciones esporádicas e intrascendentes en toda la película como el personaje que actúa J.K Simmons en el restaurante) la narrativa es simple y se dirige a una lógica cursi de chico conoce chica: se conocen, se enamoran y se besan.

El segundo acto retrocede al objetivo individual de los protagonistas, que luchan, además, por cumplir sus sueños con el atenuante de vivir en pareja. Distintas eventualidades llevan a Mia a fracasar en su intento de hacerse notar como actriz, mientras que Sebastian consigue éxito en un grupo musical pop que irónicamente recuerda a los grupos ochenteros que él mismo tuvo que imitar en sus peores momentos. La evolución de la trama beneficia a Sebastian, de quien vemos que se debate entre obtener el éxito en una banda con coristas y bailarines o arriesgarse a iniciar un club de jazz que puede o no gustar. La obra de Mia, el proceso que implica desarrollar su guion, es apenas mostrado en unas escenas decorativas, parte de un montaje más grande que apunta a una dirección distinta. En este punto la fuerzas de los personajes están tan desbalanceadas que en pantalla somos testigos de todo un espectáculo musical con Sebastian como figura central, pero nunca nos enteramos de qué se trata el monólogo de Mia.

La película llega a un nudo gordiano donde los conflictos son motivados por la pregunta ¿qué es lo que realmente quieres? Mia, ofuscada por el fracaso de su obra, y Sebastian, quien ha perdido el camino en aras de un bienestar económico, se confrontan el uno al otro sacando a relucir el miedo y la inseguridad. Los personajes se separan y Mia regresa a Nevada, buscando rehacer su vida universitaria, porque eso es lo que se hace cuando las cosas no salen como quieres y no tienes más remedio que volver a donde tus padres (de nuevo, seres indeterminados del que apenas vemos la tipología de un padre de familia estadounidense) preguntándote por qué el mundo no te da lo que quieres. A menos que, por supuesto, el mundo sí te de lo que quieras y como en la película una diosa bajada de una máquina haya visto lo muy talentosa que es Mia y le dé la oportunidad de oro de hacerse notar, de que el mundo se postre a sus pies y pueda generar un impacto.

Y eso es todo. Ahí termina la película. El tercer acto comienza, de manera gratuita, obviando todo lo que puede significar luchar hasta caer exhausto por conseguir algo importante. Hay una elipsis de cinco años donde de pronto ya todo está solucionado y tanto Mia como Sebastian han obtenido lo que originalmente querían. Vemos a Mia convertida en una actriz exitosa, esposa, madre, que vuelve a Los Ángeles y porque la película necesita cerrarse de algún modo termina encontrando el bar de Sebastian. Allí, él comienza a tocar el piano iniciando así la última secuencia que viene a interpretarse como un “qué habría podido ser” usando elementos musicales, coreográficos y cinematográficos que, Chazelle lo admitió públicamente, son un homenaje a los musicales de la era dorada del cine estadounidense.

Por tanto, el objetivo inicial de la película, es decir “la lucha por alcanzar los sueños”, se transmuta primero a una historia de amor, luego a un conflicto de intereses que prima el trabajo de Sebastian y finalmente una solución milagrosa que del cielo concluye que el éxito fue alcanzado. La “lucha”, como dice la sinopsis de la película, nunca existió. Lo que atestiguamos en pantalla es una historia desarticulada, unos personajes desequilibrados y un vacío argumentativo que omite lo que debería ser el asunto central de la película disfrazado bajo un encanto de azúcar, flores y muchos colores.

Dos películas, un mismo discurso.

El momento más apasionado y personal de la película, que nos devuelve casi de inmediato a Whiplash por la sinceridad y crudeza es el discurso de Sebastian en respuesta a la declaración de Mia de que no le gusta el jazz. Sentados en un pequeño bar de octogenarios amantes de la música, escuchando un vigoroso quinteto en un jam derivado del post-bop, él le explica que el jazz no es música de ambientación. Que su origen se debió a una necesidad innata de comunicarse entre personas de diferentes nacionalidades en una pensión de mala muerte en Nueva Orleans (es una de las teorías, nadie lo sabe con certeza), que su encanto se debe sobre todo a que nunca es una forma predeterminada de facto, que muta y cambia con cada nueva interpretación, que supone conflicto y técnica, concesión e improvisación. Que lejos de ser la música de Kenny G para escuchar en ascensores, el verdadero jazz es un degradé de pasiones traducidos en notas musicales tan intensas que incluso “Sidney Bechet le disparó a alguien porque le dijo que había tocado una nota mal”, tiroteo que curiosamente sí sucedió.

La intensidad del dialogo, los argumentos, incluso la línea “está muriendo” es la misma que sale en Whiplash entre Neiman y Fletcher en el bar. Más allá de la película, la obra de Chazelle nos insinúa una continuidad con respecto a su obsesión por darle una visibilidad a un género musical tan vívido como lo es el jazz. El discurso de ambas películas con respecto al tema y la elección musical así lo demuestran. Y aunque el desfile de nombres realmente no dice nada a un espectador no iniciado o que sus anécdotas siempre tienen un tinte dramático, se puede argumentar en su defensa que sus películas no son reseñas históricas que viene a darnos la vida y obra de Charlie Parker o Louis Armstrong, sino cómo sus nombres son el aliento y guía de los jóvenes que aún pueden descubrir el jazz. Hay una lucha quijotesca allí. El personaje de La La Land, Keith (John Legend), es el mejor ejemplo. Aunque este se empecine en afirmar que su música es una nueva forma de explorar el género, una propuesta que atraiga las nuevas generaciones, el resultado final es lo menos parecido posible. No solo basta con tener la etiqueta “jazz” en el título para afirmar que se interpreta; Fletcher, en Whiplash, asegura con ironía como “cada nuevo álbum de “jazz” de Starbucks” es la prueba definitiva de que la gente ya no reconoce la calidad, o el más simple ritmo que se necesita para poder llamar algo “verdadero jazz”. Chazelle lo sabe, lo entiende y por ello su disputa es genuina pues encierra un dilema hasta ahora insalvable para músicos y críticos por igual: ¿Cómo salvar el jazz de los bares-mausoleos para octogenarios sin convertirlo en K-pop para niños mimados?

Sin embargo, ¿qué ha cambiado entre las dos películas? Si bien la estética y los recursos cinematográficos de La La Land superan ese entorno simple y efectivo de Whiplash, la trama no es superior, ni siquiera igual de interesante. Se supone tan idealista que pierde de vista puntos importantes como el guion y el desarrollo de los personajes. En el mismo orden, la visión del mundo ha cambiado radicalmente de una cinta a otra. El Chazelle de Whiplash habla con desenfreno, con el sufrimiento que solo otorga la constante sensación de fracaso. Se transmite desazón e ira ante el trabajo desmedido y la poca o nula recompensa que se obtiene de ello. En La La Land, en cambio, habla alguien con optimismo, convencido de que la resolución de todo esfuerzo es necesariamente el éxito, sentimiento que no se nubla por ese intento de desazón por la historia de amor fallida.

Por supuesto no es un delito creerlo, desde la postura del éxito se puede hablar y crear un sentimiento de esperanza. Sin embargo el intento de La La Land no es afortunado en tanto que le dio más importancia al aspecto visual que al contenido. Es interesante darse cuenta de que Chazelle no es el tipo frustrado y agresivo de hace unos años cuando realizó una película-metáfora en la que salía a darle puñetazos a todos, para convertirse en alguien auspiciado por su nombre, que piensa también en los aspectos visuales y que conserva su búsqueda que como director le otorga una voz personal a sus películas. La La Land debería ser una exploración distinta sobre la lucha por los sueños, más suave que Whiplash, pues ya no es un todo o nada sino una medición en la que debiéramos decidir qué es lo que realmente queremos y sacrificar lo demás. Ahora, esto no significa que pueda abandonarse los aspectos más básicos de cualquier historia, que fue lo que sucedió, y por ello La La Land, más allá de su linda paleta de colores y sus coreografías de tap, no es una obra digna de ser recordada.

Néstor Pulido para Laguna Negra

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