Ficción

Gallina Sin Cabeza

Gallina Sin Cabeza

Edna Alí
Imagen portada de
Camilo Calderón
2020-12-13

Un día en la ausencia mensual de mi mamá y mi tía para asistir al mercado, no ya sólo a comprar víveres sino también a fisgonear la gente en la plaza y alimentar la comidilla que llevaban a cabo el resto del mes, mi primo y yo decidimos sorprender a nuestras madres expertas en el arte de matar gallinas con un ejemplar tan gordo que, con seguridad, habría muerto en pocos días de un infarto. ¡Y bueno! morir de tal manera para un ave comestible es un absoluto desperdicio; pareciera que la carne y los huesos y la piel también se infartaran: resulta más engorroso el trabajo de seccionar la gallina, e incluso las plumas terminan tan rígidas que ni el agua hirviente logra amansarlas. Pero aún si se logra todo esto, no hay manera de cocinar una gallina infartada si no se está dispuesto a comer caucho.

En fin. Ahora que lo pienso, más que sorprender a mi mamá y a mi tía sentíamos una dolorosa curiosidad frente a la adulta actividad de matar a un animal para el consumo. En ese momento teníamos vagas imágenes de las ejecuciones anteriores, pero recordábamos lo suficiente como para hacernos la idea de 'el gancho' Si mal no recuerdo, ese era el año en que cumpliríamos 11. Sí, mi primo y yo teníamos la misma edad y habíamos nacido en el mismo mes, con sólo tres días de diferencia. Mi mamá y mi tía no dejaban de encontrarse en casualidades que aún hoy me parece demasiado improbable que dijeran que no se ponían de acuerdo intencionalmente. Las he visto siempre como un par de siamesas. No sólo lo que le pasaba a una le pasaba a la otra, sino que también (y a veces resultaba terrorífico) parecía que pensaban lo mismo, pues sus constantes actos similares denotaban el hecho de que medían las cosas de la vida con la misma regla.

Tengo dos hermanos mayores: uno alto y flacucho y la otra más alta y con menos carne aún. El más viejo cumple años en febrero con seis días de diferencia respecto del hijo mayor de mi tía; y claro, tienen la misma edad. Mi otro hermano mayor traza una línea conectora en el tiempo con el segundo hijo de mi tía, aunque con una leve inclinación: se llevan un mes exacto de diferencia, pero se debe a que mi esquelética hermana llegó antes de lo previsto (lo que se convirtió en un molesto hábito). Y si no hubiera sido porque mi mamá tuvo un sangrado excesivo con su cuarto embarazo (mientras se gestaba el cuarto hijo de mi tía) y la consecuente fobia a perder otro bebé, tengo la seguridad de que habrían continuado las coincidencias: una tuvo tres hijos y la otra cinco. Incluso a la hora de comer y en las reuniones familiares se situaban (sentadas o de pie) junto a la otra.

El evento que se aproximaba era el cumpleaños de mi tía y lo celebraríamos como hasta entonces: llevando a una gorda gallina al cadalso. No fue algo planeado con antelación, simplemente al ver que ellas habían salido se nos ocurrió aprovechar el par de horas antes de que llegaran. Así que empezamos.

Primero las atrajimos desperdigando semillas de maíz en un área pequeña para que se reunieran en una especie de círculo apretado mientras nos acercábamos a pasos cortos tratando de rodearlas; seguíamos tirando el maíz en el centro del círculo hasta que, llegadas a ese punto de estrechez, el volumen de la gallina seleccionada llegó a ser indudable. Y cuando ya no pudimos acercarnos más, nos miramos con mi primo y entendimos que él debía atraparla porque la distancia lo favorecía. Como si ella lo hubiera elegido a él. No hubo necesidad de corretearla, ni siquiera de la ayuda de otra persona. Mi primo se lanzó y unas salieron corriendo y otras saltaron y las demás dejaron plumas tras su escape: todas lograron algo menos una. La pobre lo intentó pero el grosor de su cuerpo unido a la excesiva ingesta de maíz la hizo aún más lenta. Un par de zancadas fueron suficientes para que la gallina fuera tomada por el cuello y elevada como un trofeo en movimiento.

Siempre vi que la parte más engorrosa del asunto de sacrificar una gallina era atraparla, y al sentir que lo más dispendioso ya estaba hecho, explotamos en una carcajada de complicidad por la victoria que supimos cerca. La cosa se vio momentáneamente opacada cuando nos dimos cuenta de que no podíamos montar al animal en el gancho por cuenta de la extensión de nuestros brazos, y digo momentáneamente porque no pasó mucho tiempo (seguro por la presión de la llegada de mi mamá y mi tía) hasta que se me ocurriera volver al método de, sencillamente, separar la cabeza de la gallina de su cuerpo con un corte rápido. Nos dirigimos a un cuarto separado de la casa en donde se guardaban las herramientas, los aparatos y el concentrado para el ganado y cogí lo primero que vi.

Era un machete viejo y ennegrecido por el hambre del óxido, pero aparentemente perfecto para unas manos inexpertas y apuradas como las de un niño en medio de una travesura. Me situé frente a mi primo que tenía el pescuezo de la gallina estirado casi desde que la atrapó, lo miré, acerqué el machete al ave, lo alejé un poco, volví a acercarlo, lo alejé bastante más y rápidamente devolví el filo cuando, en medio de este viaje, escuchamos un ruido que provenía del exterior del cuarto de herramientas. Atravesé el cuello pero fallé en el blanco que había fijado en mente. Mi hermana entró al lugar de la ejecución. El tajo se dio un poco más arriba y en el recorrido encontré la muñeca izquierda de mi primo.

La impresión de ver la mano levemente desprendida del brazo, el breve correteo frenético del cuerpo decapitado, los gritos de mi primo y hermana en medio de una confusión de sangre humana y animal como ruido de fondo de la cabeza de la gallina, me dejaron en un estado de excesivo aturdimiento y temor por él y por mí... y por el castigo y por la culpa. Sigo sin entender cómo no me fulminé en un desmayo al pasar vertiginosamente de la adrenalina a la angustia.

Mi mamá y tía llegaron y el momento no fue menos agitado de lo que podía esperarse frente a la incertidumbre de la desgracia y la proximidad de la fatalidad. Mi primo seguía gritando y llorando. La perplejidad me enmudeció. Mi hermana apenas pudo balbucear lo sucedido. Se lo llevaron al único centro de salud del pueblo que, por fortuna, no quedaba a más de 10 minutos caminando sin prisa. Todos en la casa salieron detrás de él. Yo me quedé sola.

Al día siguiente llegaron sin él, mientras yo apenas empezaba a salir de la escena de la gallina que se me repetía constantemente. Esa fue la primera vez que las hermanas no pudieron ponerse de acuerdo en algo. Para una fue una cuestión de mala suerte y para la otra un acto con horrible intención. Nos fuimos de la casa de mi tía y jamás volví a ver a mi primo.

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