Opinión

Ese sofisticado ejercicio intelectual sordo a la bulla popular

Reflexionando acerca de su formación universitaria en filosofía y las recientes declaraciones de un puñado de intelectuales en medio de la crisis actual en Colombia, María Teresa hace una llamado contundente a pensar la conexión causal entre la desigualdad y la violencia. A partir de allí señala una urgencia para el ejercicio crítico en el país: desentrañar cómo opera la hegemonía que nos gobierna.

Cuando estudiaba filosofía en la UNAL había un apodo para la carrera con el que se burlaban críticamente de nuestro programa desde el resto de los programas curriculares de Ciencias Humanas: la ‘torre de marfil’. Este apodo se debía a que mi carrera nunca entraba en paro cuando el resto de la Facultad lo hacía. ¿Por qué? porque en filosofía creíamos que a la Universidad se iba a producir conocimiento y ese conocimiento sólo se producía en el ritmo de las clases. Ahora que lo pienso nosotros los filósofos de la UN fuimos los “yo no paro, yo produzco” del resto de la facultad. Siempre era más importante quedarse interpretando los pasajes de Kant que entrar en las discusiones que los paros estudiantiles traían consigo.

En ese programa curricular había una fuerte inclinación a considerar que los paros estudiantiles no lograban nada más allá de hacernos perder clase y el ritmo que todo estudiante universitario necesita para lograr investigar. Ya lo había dicho ¿no? no había que parar sino producir. En varias clases algunos de mis profesores hacían una especie de reducción al absurdo para demostrar la inutilidad de entrar en paro. Lo lograban.  Pero no sólo lograban demostrarnos la supuesta inutilidad de los paros por medio de sus argumentos, sino también y me atrevo a decir que más potentemente por el gesto mismo de argumentar, pues uno de los fuertes que se resaltaba constantemente en el programa era la alta capacidad argumentativa que poseíamos los filósofos de la UNAL, así que nos convencimos de que nuestras argumentaciones eran infalibles. Como era bastante joven, me encontraba en un estado de maleabilidad y absorción, y dada la admiración que sentía hacia muchos de mis profesores por supuesto adopté esa misma postura de ellos y nunca participé en ninguno de esos paros porque lo importante era el ejercicio intelectual. Eso era lo que los filósofos podíamos aportar; el sofisticado ejercicio intelectual que estábamos cultivando en los salones. 

Pero ¿en qué consistía ese ejercicio intelectual que aprendíamos en el departamento de filosofía? Mencionaba a Kant porque lo que sucedía alrededor de su figura me parece un buen síntoma de cómo se entendía este ejercicio en el departamento. Había una anécdota muy famosa de la vida de este filósofo, consistía en lo profundamente rutinario que era Kant. Según recuerdo nos decían que se levantaba temprano y leía todos los días tres horas en la mañana. Más o menos para el medio día tomaba su almuerzo y luego salía a dar un paseo de una hora. Todos los días a la misma hora, tanto así que se dice que cuando Kant paseaba por los mismos lugares, obviamente, la gente ajustaba la hora en su reloj. Tan exageradamente rutinario era que nunca salió de su pequeño pueblo prusiano llamado Königsberg. Recuerdo que nos contaron otra anécdota relacionada: como Kant no salía nunca de su pequeño pueblo, se dedicaba a “conocer” el mundo por medio de mapas. Una vez en una conferencia dio una descripción muy detallada del río Támesis. Al final de la conferencia un asistente inglés se acercó a expresarle su sorpresa porque nunca había escuchado una descripción tan exacta de este río como aquella. En un gesto de amabilidad invitó a Kant a que la próxima vez que estuviese en el río se lo hiciera saber para que lo visitaran juntos. Kant le respondió que él nunca había estado en el Támesis.

Lo que me interesa señalar al contar estas anécdotas es la insistencia con la que se nos contaban este tipo de cosas. Este gesto insistente de contarlas con bastante fascinación terminaba por configurar una forma en la que nosotros los estudiantes entendíamos que debíamos practicar nuestro ejercicio intelectual. Al fin y al cabo, Kant era el filósofo que más estudiábamos, del que más cursos y seminarios se ofrecían semestralmente, así que podría decirse que era un modelo a seguir, una figura aspiracional. De hecho, de algún modo ya lo poníamos en práctica: queríamos conseguir a como diera lugar, tratando de abstraernos de las circunstancias, un espacio para esa tan anhelada rutina que nos permitiera sentarnos tranquilamente a interpretar el mundo y a presentar ante él nuestros ensayos llenos de preguntas, porque otra cosa que se nos decía era que los filósofos no resolvemos problemas sino que hacemos preguntas.

Hacia el final de mi carrera esta narrativa empezó a agrietarse en mí tal y como las grietas de la Universidad la estaban desplomando. Empecé a prestarle atención a la desconexión tan profunda entre quedarme leyendo a Kant para saber qué decía exactamente su pasaje y la realidad que a todos nos estaba tocando vivir: desigualdades en los niveles de educación básica y media entre mis compañeros, falta de cobertura y accesibilidad a la educación pública, condiciones muy precarias para estudiar; sin becas, sin financiación, sin recursos para investigación, con hacinamiento, escasez de profesores para la cantidad de estudiantes, infraestructura inadecuada y en mal estado. Sin embargo, a esta difícil situación que vivía la UN la complejizaba algo más grave, pues no sólo teníamos esos problemas a nivel académico, sino que muchos estudiantes no podían alimentarse tres veces al día, no tenían una vivienda digna, no tenían computador, no tenían dinero para las copias que debían leer, ni tampoco para los buses que los llevaban a la U. Tuve varios amigos que estudiaban en estas condiciones, tratando de interpretar lecturas y de escribir ensayos que requerían una alta concentración mientras engañaban al estómago con tinto. Ahora sé que la Universidad pública es un espejo de los problemas sociales que vivimos en el país. 

Saliendo de la U me di la oportunidad de sumarme a esas marchas de las que me había convencido que no servían para nada. Quería sumarme a esa organización colectiva para, más que entender, vivir qué era lo que sucedía en estos espacios. Tenía toda la intención de cuestionar esa arrogancia que había practicado en la carrera en la que desde una torre de marfil se podían criticar todas las formas de organización y de manifestación que gestaban los estudiantes. Por supuesto, las criticábamos sin involucrarnos nunca en esos espacios. Para qué si nosotros mismos, los filósofos, nos bastamos para explicarnos el mundo y podíamos reemplazar la experiencia de este a través de nuestros mapas. Quería sumarme también porque me había dado cuenta de que ese sofisticado ejercicio intelectual cultivado en la carrera de filosofía no estaba siendo suficiente. El “no” del plebiscito por los acuerdos de paz tenía toda la tendencia por ganar –como sucedió en efecto- y este hecho auguraba que en las próximas elecciones presidenciales seguramente quedaría electo el candidato que Álvaro Uribe y la ultra derecha que él encarna dijera. Así fue. Así lo estamos viviendo hoy.

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Graffiti en el departamento de filosofía de la Universidad Nacional durante el paro estudiantil que logró tumbar la implementación de la Ley 30 (2011)

En medio de todo el horror que estamos viviendo por el tratamiento de guerra que le ha dado el gobierno nacional a la legítima protesta social, me vuelvo a preguntar ¿qué es lo que los intelectuales pueden aportar a un momento de agitación social como este? Me duele mucho encontrar que ciertas figuras que generan y ocupan buena parte de la atención de la opinión pública, ofrecen una respuesta parcial a esta pregunta en su constante ejercicio de crítica hacia las formas de manifestación y organización colectiva que gestionan los sectores sociales más vulnerables, a quienes el gobierno colombiano está masacrando. Se critica el himno de la minga, como lo hizo Pedro Adrián Zuluaga el año pasado en la llegada de esta a Bogotá para reclamar garantías para la vida en sus territorios, pasando por alto que, aunque biológicamente no existe una cosa tal como la raza, esta categoría sí es efectiva socialmente y tiene consecuencias reales en las vidas de los indígenas; se critica la conformación de la primera línea, como Carolina Sanín hace unos días obviando que quien exclusivamente entabló un combate fue el gobierno colombiano y la gente conformó las líneas para defenderse porque no hay más alternativas ni voluntad de diálogo; se critica la rabia reactiva con la que responden a la brutalidad policiaca y se ofrecen explicaciones simplistas de la violencia, como las de Alejandro Gaviria, en cuyas apreciaciones se igualan las acciones violentas de manifestantes y las de entidades estatales, parecen creer ingenuamente que la violencia surge de forma espontánea y que para pararla basta con decir “#yanomas”.

Me desconcierta mucho que se crea que el ejercicio de pensar consiste en cuestionar la forma en la que reaccionan las personas a quienes las azota el abandono estatal y además les respira en la nuca la violencia mortal de la policía y grupos paramilitares. ¿Cómo se espera que reaccionen? ¿esperamos que se sienten a pensar tranquilamente cuáles son las palabras precisas que quieren usar y cuáles son todas las acepciones que estas podrían tener? ¿que no respondan de manera reactiva? Pareciera que esta intelectualidad dispuesta a criticar soberbiamente la organización social popular está obviando algo en su crítica, una respuesta fisiológica que juega un papel fundamental en la reactividad de la protesta social en Colombia: cuando el animal -que somos- tiene hambre y esta no es saciada, el cuerpo produce ira porque la ira es una emoción que genera energía, una energía necesaria en ausencia de alimento. Pero esta ira no sólo genera energía, sino que produce una respuesta defensiva para proteger al animal que se encuentra débil por el hambre. Básicamente, una prolongación del hambre hace entrar al animal en un estado de supervivencia, gracias al que reacciona violentamente para defender su vida. 

En Colombia alrededor de 2,7 millones de personas padecen hambre crónica, y unos 12 millones no tienen garantizado el acceso a consumo frecuente de alimentos. Esta es la población que está sosteniendo el paro nacional. Esta es la población que está teniendo que reaccionar violentamente para defenderse porque el Estado colombiano, en su infinita ruindad, en vez de garantizarles seguridad alimentaria les responde reprimiendo con brutalidad policíaca. Aquí se va entendiendo el sentido de la frase “no podemos hablar de paz cuando tenemos los estómagos vacíos” que dice la lideresa afro Virgelina Chará en el documental Por qué cantan las aves. Esta respuesta violenta del pueblo colombiano no se ha generado de forma espontánea, se produce gracias a que están dadas todas las condiciones para que surja. Sin identificar cuáles son esas condiciones y tramitarlas no sólo cualquier ejercicio de crítica estará incompleto, sino que estaremos lejos de la posibilidad de acabar con la violencia.

Yo no creo que la intelectualidad y el ejercicio de pensamiento que conlleva sean un privilegio, creo que es un derecho porque la academia es un derecho básico al que debería poder acceder cualquiera sin que se lo impidan su pertenencia étnica, raza, género o clase social. Pero lo cierto es que en Colombia este derecho no está garantizado, pues a la academia acceden y hacen carrera en ella principalmente quienes pertenecen a una  minoría selecta. Es por eso que se dice que estudiar en Colombia es un privilegio, no porque creamos que un derecho básico como la educación sea en esencia un privilegio, sino porque por la forma jerárquica y excluyente en la que nos hemos organizado socialmente en el país la educación es de hecho un privilegio. Tratar de igualar dos experiencias del mundo radicalmente diferentes es un ejercicio necio. En Colombia no somos iguales ni lo hemos sido. No es igual quien ha egresado de un gimnasio, tiene un sólido capital cultural y una estabilidad económica que le permiten elegir dónde podrá estudiar sin endeudarse a quien egresó de un colegio público, es el primero en su familia en poder ingresar a la Universidad y una vez allí trata de estudiar manteniéndose a punta de pasta y arroz. No se trata de condescendencia y paternalismo con la gente empobrecida, se trata del reconocimiento básico de que no hemos tenido las mismas posibilidades ni partimos del mismo punto.

Lo que puede aportar una intelectualidad colombiana para acabar con las realidades tan hostiles de este país creo que sí tiene que ver con un ejercicio crítico. Pero no un ejercicio crítico hacia la organización popular colectiva, a la que obviamente los críticos, intelectuales o académicos no pertenecen porque, de nuevo, en este país quienes han podido dedicarse al ejercicio intelectual pertenecen a una minoría selecta. No creo que el lugar de la intelectualidad colombiana sea el de decirle a los manifestantes cómo deben organizarse, y menos cuando no se han acercado para conocer sus luchas, historia y procesos. No hay por qué tratar como menores de edad a los sectores populares, indígenas, afro, de quienes más bien hay mucho que aprender sobre colectividad y resistencia, porque de no ser por la organización colectiva que han tenido, no podríamos decir hoy que Colombia es el segundo país más biodiverso del mundo, hecho de vital importancia de cara a la crisis ecológica que amenaza la vida como la conocemos del planeta Tierra que somos. Su lucha por la defensa de la vida ha sido eficaz, si no Colombia estaría totalmente saqueada y cubierta de cemento.

Creo que un verdadero ejercicio crítico en este país tendría que situarse dentro de estas luchas para tratar de dilucidar cómo es que funcionan las hegemonías de poder que nos han gobernado por 200 años. Porque así como es un hecho la tradición de resistencia y lucha que hay en Colombia, también es un hecho que la clase política que nos gobierna siempre ha sido de derecha y ha hecho de todo por mantenerse en ese lugar de poder. Cuando ganó el “no” en el plebiscito en el que nos preguntaron a los colombianos si "¿Apoya usted el acuerdo final para la terminación del conflicto y la construcción de una paz estable y duradera?" surgió el término “plebitusa”, ese sentimiento descorazonador profundamente doloroso ante la negativa de una implementación de los acuerdos de paz. A mí la sola posibilidad de que hubiera una consulta popular en la que nos preguntaban básicamente si queríamos vivir en paz ya me parecía deprimente y un absurdo total. Luego vinieron las elecciones del 2018. Recuerdo ese frío paralizante que nos dejó de una sola pieza a una amiga y a mí mientras veíamos los resultados de las votaciones presidenciales. Ahí vino otra tusa colectiva, una herida más profunda. Creo que esos sentimientos en parte han surgido porque hemos sido muy ingenuos con las estrategias que la hegemonía implementa para continuar en el poder. La clase política dominante en Colombia ha logrado mantenerse allí y sus operaciones para hacerlo siguen siendo efectivas. ¿Por qué siguen en el poder y cómo operan sus estrategias? son las preguntas que creo podrían ser un reto más urgente e importante para los intelectuales en Colombia. 

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Posdata

Esta denuncia pública sobre un abuso sexual en el Portal de la Resistencia se dio a conocer el 8 de junio. Reconociendo el poder transformador de la organización colectiva, la crítica puede y debe hacerse a la organización popular para demostrar que dentro de ella persisten prácticas de opresión. Alma Guillermprieto en su ensayo ¿Será que soy feminista? dice “[...]ellos, luchando por esconder la irritación, se escudaban detrás de esta pregunta infranqueable: ‘¡Compañeras! ¿Qué es más importante: la Revolución o los problemas de las mujeres?’”. Las mujeres ya no vamos a aplazar “nuestros” problemas porque nuestras vidas no son un asunto de segundo orden. No le copeo al macherío ese que “se para duro”, sosteniendo, como la llama Guillermoprieto, esa erección metafísica 24/7, pero de transformaciones estructurales ni mierda. Mi revolución son las mujeres, las maricas, les trans, les queer. Todas esas identidades que están apostando por construir mundos donde podamos ser todes desde los afectos, el cuidado, la diversidad, la reproducción y protección de la vida. 

*María Teresa es una filósofa dedicada a explorar y escribir sobre las múltiples facetas de la crisis ecológica.

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