Análisis

El fantasma de la plaza de Las Cruces

Invitados LN
Imágenes POR
Marcia Díaz
2020-07-19

Rafael Pineda no revela su edad, pero debe pasar los setenta años. Es de esos típicos abuelitos que solo pueden inspirar ternura. Callado y simpático al mismo tiempo. Su bigote cubre unos labios ya secos como si los hubiera succionado toda una vida y ahora estuvieran hacía dentro. Cuando ríe no se asoma ni un solo diente, su cara, llena de manchas de sol, se contrae y satura toda de arrugas. Cerca suyo es inevitable querer abrazarlo, sentarse en sus piernas y escuchar un cuento. No habrá noches de cuentos con Rafael si consideramos los muchos que debió contar a sus once hijos (ocho hombres y tres mujeres), sumando sus 22 nietos, una bisnieta y un tataranieto. Aquel pobre hombre debe estar desgastado, aunque no tanto como para dejar de vender flores. Lo ha hecho toda su vida. Se levanta cada mañana a las ocho en punto en el barrio El Dorado, baja a comprar las flores en Paloquemao, las vende en Las Cruces, La Concordia, Egipto, Belén y regresa a su casa después de la una de la tarde.

Si se entra en la Plaza de Las Cruces con una venda en los ojos, se siente en el lugar diversas tonalidades de alegría, júbilo y regocijo. Un penetrante olor a caldo de costilla se mezcla con el fervor de la música de Héctor Ochoa, “brotan como un manantial, las mieles del primer amor, el alma ya quiere volar y vuela tras una ilusión”. Entre los pasillos, las agudas voces de las vendedoras armonizan con el aroma de la fruta fresca. Sí se retira la venda, se enfrenta un panorama totalmente distinto e incluso nostálgico. Las calles alrededor de la plaza están sucias. Los majestuosos pavos reales que protegen la estructura están dejados. Muchos de los vendedores llevan caras largas, aburridas, desarraigadas de un pasado que jamás retornará. Un patrimonio cultural que se enfrenta a monstruosas multinacionales y almacenes de cadena en una competencia desigual e insensata. La misma que consumió hace años las costumbres de los ciudadanos, una cultura que aún lucha por prevalecer.

“Llegué acá casi por accidente en 1953—dice Víctor Garzón, el comerciante más antiguo de la plaza. Tiene 78 años, los ojos azules hinchados y una ruana marrón sobre la camisa azul rey bien planchada- las ventas eran buenísimas por ahí hasta el año ochenta. Los ricos acabaron con nosotros”. Rafael entra con un ramo de rosas rojas al hombro, sus largas y un poco sucias uñas sostienen los tallos. Lleva una camisa del mismo tono de las flores bajo un cómico saco negro con rayas blancas, una cachucha grisácea cubre sus canas y lo protege inútilmente de los rayos de sol. Cada ocho días visita la Plaza de Las Cruces. Se para frente a una de las dos entradas y observa lo más preciado del lugar: una estatua de la virgen María.

Cada semana le corresponde a uno de los comerciantes pagarle a Rafael las flores. Esta vez es el turno de Martha, vendedora de granos y fiel creyente: “ella es nuestra patrona, la que nos protege. Todos los años se le hace una misa. El año que uno no hace eso, por pereza o que no nos organizamos, nos va mal. Se caen las ventas y el sector se siente como solo.”

A las 10 de la mañana Rafael inicia el ritual. El celador quita el cerrojo, Rafael abre el cristal. Toma las flores moradas ya marchitas y las deposita en la caneca ubicada al lado del altar, luego arroja el agua sucia en la entrada de la plaza. Llena de nuevo la vasija de barro, saca las flores y las acomoda sistemáticamente por hileras, una más abajo que la otra hasta formar el ramo. Las ata con un caucho, las introduce en el jarrón y las coloca, frescas, en el altar.

Junta sus manos, observa el rostro de la virgen y reza en silencio.

Inspirada en el estilo arquitectónico ecléctico, la firma norteamericana Ulen & Company construyó la plaza entre 1924 y 1927 y un año después fue inaugurada. La primera de las 19 plazas públicas de mercado reguladas por el IPES (Instituto Para la Economía Social). En 1989 se declaró Monumento Histórico Nacional y para el 2006 se inició su restauración con una inversión de 3.800 millones de pesos. A finales de 2011, la obra concluyó.

Todos evocaron palabras de alegría, esperanza y agradecimiento por crear nuevos puestos y parqueaderos, arreglar los problemas de infraestructura y pintar la fachada. “Ha estado en decaimiento, pero la reformaron, quedó muy buena, muy bonita. En este momento estamos esperando los nuevos módulos porque todavía no se ha terminado totalmente. Ahora hay un mejor ambiente. Esperamos que la gente de toda Bogotá venga a la plaza”, expresaba Víctor ilusionado.

Han transcurrido seis años y la opinión de los vendedores cambió. Ya no se adula la remodelación, ni se cree que la situación de la plaza mejorará. Muchos se sienten engañados y estafados. La obra quedó incompleta. Los módulos, demasiado pequeños para instalar mercancía, quedaron incompletos “Esto ya no vuelve a ser lo que era, así le hagan lo que le hagan—dice Jaime Borda, el comerciante de granos de nariz chata en la punta, como si le faltara un pedazo—pusieron los materiales más malos”. Esos puestos no se arriendan porque no son puestos sino cambuches incompletos. La gente que está en la parte de arriba estaba aquí antes porque les prometieron las rejas y se quedaron esperando. Ahora la Plaza de Las Cruces no es alegre, pero tampoco triste. Sus módulos no están del todo abandonados, pero tampoco llenos. La gente va, poca, pero aún hay. El resto de los fieles compradores, esos alevosos que dejaron atrás la tradición, ven la plaza como un lejano y buen recuerdo pero no se interesan en revivir sus puertas.

Rafael ya ni recuerda cuántos años lleva cambiando las flores de la virgen. Al parecer inició cuando la floristería de la plaza quebró. Como ya no había nadie que las colocara, Rafael asumió valiente ese trabajo; la virgen sostiene al divino niño con el brazo izquierdo y en la otra mano reposa una ficticia rosa fucsia. Bajo ella hay varias monedas regadas y una vasija de barro con el ramo de rosas. Pero según los comerciantes, el pedestal ya no es tan bello como antes cuando estaba cercado, con su alcancía bien grande y una placa con los nombres de la Junta de Comerciantes. Cuando remodelaron la plaza, la placa se refundió, la virgen pasó de estar poderosa en la entrada a consumirse olvidada junto a los baños: “Los de la obra tumbaron todo, ella tenía un pedestal bien hecho. Hasta hace poco la sacamos, buscamos una butaca y la pusimos ahí de nuevo” dice Jaime molesto.

Por la carrera 6 con 11 compraron a la inmaculada María a 120 pesos. La trajeron el 15 de agosto de 1955. En un solo día se recolectó el dinero entre los 32 almacenes, más o menos de a cinco pesos por persona. El concurso acentuó la competencia entre los tres pabellones principales: la virgen se quedaba donde más plata se entregará. Los vendedores de grano ganaron el privilegio: “Cuando la compramos el padre de la catedral de las cruces dio una misa, la bendijo y se hizo una procesión desde la misa hasta la plaza. Hubo fiesta, baile y trago” recuerda Jaime.

Jaime está en la plaza desde que tiene siete años y ayudaba a su padre, Salvador Borgues, a vender papa en el gobierno del general Rojas Pinilla. Entregaban bultos de cinco roas o libras a dos centavos. Necesitaban tres ayudantes porque los bultos se vendían en minutos. Fue un momento próspero: Antes solo existían los almacenes Ley, Vida, Tía, y no vendían comida, solo cosméticos y ropa para la familia. Los jueves, el día de mercado, se abrían las puertas a las seis de la mañana y cerraban a las seis de la tarde: “Nosotros tuvimos una época en que esto era impresionante. La gente en ese tiempo venía a solicitar un puesto y no se lo daban porque no había donde ubicarlo y ahora mire—me dice Jaime enseñando el lugar—todo esto está desocupado”

—¿Cómo fueron esos días?
—Acá los jueves era impresionante, la gente a penas si podía caminar. No se recibían ni vendedores ni señoritas a hacerle a uno interrogaciones porque la cantidad de venta no lo dejaban a uno ni hacer pedidos.

En 1958 apareció el primer almacén de cadena, un Cafam en el Veinte de Julio y desde entonces la gente dejó de ir a la plaza, se obsesionó con los productos importados y escogió ir al lugar donde lo encontraba todo a la mano. Ahora los mercaderes luchan por sobrevivir y muchos se van porque no tienen la base. Los que más concurren aquellos pasillos son los políticos. Sus puertas las atravesaron Rojas Pinilla, Carlos Lleras Restrepo, Samuel Moreno, incluso Enrique Peñalosa. No compraron nada, pero sí estrecharon la mano de los comerciantes esperando un voto a cambio.

No conversé mucho con Rafael. Regresé a los ocho días, a la misma hora. Nunca llegó. Volví a intentarlo. Nada. Tomé el teléfono de Martha, me llamó un martes que podía hallarlo y también perdí el tiempo. Esperé un mes y medio para volver a la plaza con la esperanza de volver a verlo, de saber más sobre su vida.

—¿Usted qué fue lo que le hizo al viejito?—preguntó divertido Juan Carlos Roncancio, el celador que lo ayudó la vez pasada a abrir el cristal de la virgen—no ha regresado desde el día que lo entrevistó, ¿por qué lo espantó? ¿qué le dijo?

Rafael era un fantasma, tan invisible que nadie sabía su nombre. “Es que aquí no sabemos nada de nadie”, explicó Marina, empleada de Las delicias de Las Cruces. Me acerqué al local de Martha, al parecer ella lo veía más seguido.

—Ay, hace mucho que no viene el señor que pone las flores—le dijo Martha sorprendida a una clienta, como si hasta ahora lo notara.

—Mi hermano le compraba, pero hace mucho no lo hace. Él iba todos los domingos a la iglesia y yo no volví a verlo—añadió la clienta.

—¿Será que enfermó o murió? Yo creo que se murió, ya estaba muy viejito—concluyó Martha como si hablara de un hecho insignificante.

Nadie lo conoció, ni lo preguntó, ni lo extrañó. Rafael cuidó de la virgen por años y, quizas, nunca le importó obtener un reconocimiento. Solo lo hacía apoyado en su fe. Ahora la mujer bajita y mona que vende tintos y avena cambia las flores cuando puede. La virgen tiene unas margaritas lilas, de esas baratas que andan desordenadas y mal pintadas, pero al menos alguien se preocupa por la santísima. Pregunté el nombre de la mujer y qué sorpresa, tampoco lo sabían.

Daniela Cubillos para Laguna Negra

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