Opinión

Cuando un bicho raro marcha por primera vez

Alejandro Ramírez
Imágenes POR
Marcia Díaz
2020-12-05

Soy un bicho raro. Tengo un diploma en filosofía, un corazón roto, un carro de carreras y nunca había ido a una marcha. Nunca. Y eso que pasé seis años en una universidad pública. Siempre me podía la desconfianza o la apatía: me parecían gestos inútiles que eran aprovechados por organizaciones políticas y estudiantiles para hacer proselitismo o para hacer estupideces que irían a parar al Twitter de algún uribista. Pero el 21 de noviembre se veía diferente. Todos mis amigos iban a ir, mi familia iba a ir; ella iba a ir.

Así que fui.

Llegamos al centro con mi familia a eso del mediodía. Fuimos en carro porque vivimos bastante lejos y mi madre y mi tía ya son de la tercera edad. En un gesto ligeramente irónico parqueamos en el Hospital Militar, donde antes atendían a mis abuelos, y empezamos a caminar hacia el Parque Nacional. Paramos en una cafetería y el tendero agradeció nuestra compra con una hojita de yerbabuena “para la buena suerte”. Estaba haciendo planes de encontrarme con algunas amigas, pero habíamos llegado tarde y ellas ya habían arrancado con la marcha. Empezamos entonces a caminar con algo de afán, pero pronto paré porque una bandera me llamó la atención: un tricolor azul, blanco y rojo; M-19.

A veces pienso que mi papá y yo no nos habríamos llevado bien. Aun cuando no lo haya conocido, mi madre me dice que me parezco mucho a él; mi estatura, mi sentido del humor, mi creatividad. Lo que no heredé fueron sus problemas con el juego y el licor, ni heredé su ideología política. Habríamos tenido serios malentendidos pese a que ambos podríamos considerarnos personas de izquierda. Pero a mi padre lehabría gustado que los saludara. Me acerqué a ellos con calma, tres viejitos cuya edad revelaba que efectivamente habían militado en el M, los saludé y les agradecí por llevar esa bandera pues es un símbolo que siempre asociaré, amucha honra, con ese padre que nunca conocí.

Me ofrecieron tomarme una foto con la bandera y acepté con gusto. La tomó mi madre, esa mujer que se sobrepuso valientemente al abandono de su pareja cuando quedó embarazada y que hoy vive orgullosa (o eso dice) de un hijo que frecuentemente le recuerda al hombre que amó por 14 tempestuosos años. No soy nada fotogénico, pero salí hasta guapo en la foto: con mis gafas de sol, una tímida sonrisa, la bandera de fondo y al frente el cartel que había llevado a la marcha. Era un cartón patético que decía: “¿Para qué pensar si el gobierno no escucha? ¿Para qué vivir si no hay paz, AMOR y libertad?

Ver esa foto fue la primera y ultima alegría que me trajo la marcha. Mi familia caminaba con afán, como queriendo cumplir una tarea e irse rápido. Me fue imposible comunicarme con mis amigas. No me sabía ninguna arenga fuera de las básicas; ya sabe, cañonazos bailables como “Uribe paraco”, “El pueblo unido” y “Hay que estudiar”. Estábamos en marchas diferentes, aun cuando le había dicho que me haría muy feliz compartir con ella mi primera marcha. La lluvia empezó a caer, a cántaros y sin aviso, y en ese momento me sentí totalmente mísero y solo pese a estar rodeado de miles de personas.

Empecé a llorar y llevé en alto mi cartel hacia la plaza de Bolívar, como si ese grito de auxilio político/sentimental/existencialista fuera mi cruz. En la plaza un hijueputa me intentó sacar el celular del bolsillo y la muchedumbre se tornó tan espesa que en el movimiento de los cuerpos mi cartel ya mojado se rompió a la mitad. Menos de la mitad. Mi familia se fastidió rápido y nos devolvimos al Hospital Militar tan rápido como nos fue posible bajo la lluvia. Llegué a la casa lavado, sintiéndome patético y profundamente inútil. El resto de la tarde se me fue escribiendo un cuento a manera de desahogo; de esos que parecen buena idea cuando uno está deprimido, pero no aguantan una segunda lectura.

Y empezaron a sonar las cacerolas.

Al principio, pensé que era mi imaginación. El estado de WhatsApp de una prima que vive en el barrio siguiente me confirmó que, efectivamente, ese eco que recorría toda Suba era un espontáneo y esperanzador cacerolazo. Corrí a la cocina y agarré la primera olla que vi, una cuchara, abrí la ventana y empecé a darle a la olla con un entusiasmo tan violento como catártico. Para el tercer campanazo de la cacerola, mis ojos estaban otra vez llenos de lagrimas. Sentí esperanza, pero también frustración, sentí todas las razones e injusticias e hijueputadas que motivan estas protestas y, al tiempo, volví a sentir esa mísera soledad de antes.

Soy un bicho raro. Tengo un diploma en filosofía, un corazón roto y un carro de carreras. Momento: tengo un carro de carreras, ¡los carros de carreras hacen ruido! De algún recoveco de mi memoria brotó una leyenda urbana yugoslava: el fantasma de Belgrado. En 1979, Vlada Vasiljević robó un Porsche 911 y salió a las calles diez noches seguidas a hacer locuras y andar a toda mierda, retando a la policía que estaba al servicio de Jozip Broz Tito. Se dice que dedicaba estos actos a una chica. Inmediatamente se convirtió en un ícono, en un símbolo: la gente salía a las calles a verlo y aplaudirlo. Cuando la policía le tendió una implacable emboscada, Vlada saltó del Porsche antes de chocar y se perdió entre la multitud cómplice.

Llamé a una amiga que vive cerca y le pedí que me acompañara. No podría repetir la leyenda de Vlada al pie de la letra, no sin causarle un paro cardíaco a mi madre y volver mierda un carro de cuya venta depende mi maestría. Peeeero, sí podía salir a causar algo de alboroto en un día en que el alboroto tenía una clara función política. Ella accedió. Saqué una bandera de Colombia y la recogí frente a su conjunto. Empecé a pitar ese simple e inconfundible ritmo: ta-ta-TA-TA-TA. Aceleraba a toda por las calles de mi barrio, manejando solo con la derecha y ondeando la bandera por la ventana con la izquierda. Me sentí como una versión retrowave de Paul Revere, en mi corcel turbo color morado, mi amiga con su cacerola y yo con la bocina anunciando: vienen los ingleses, digo, saquen sus cacerolas.

Di varias vueltas por entre las cuadras de Pinar, Campanella y Campiña. Al pasar por un barrio que ya había recorrido, veía más y más personas en las calles; en los andenes respondían al pito con sus cacerolas entre la marcha y otros conductores pitaban ese mismo ta-ta-TA-TA-TA en respuesta. Paré un par de veces a quemar llanta, con el motor gritando a 7.000 RPM. Eso le encantó a la gente. Algunos nos filmaban, otros nos respondían con sus cacerolas; todos sonreían. Un hombre, en un gesto lleno de humor y admiración, se levantó su camiseta mirándonos por el parabrisas como si fuera una groupie y nosotros estrellas de rock. Era una camiseta roja y negra, del Cúcuta, creo.

Más tarde en la noche volví a ver a ese hombre y a otras personas más. Ya había parqueado mi carro, no sin antes darle un besito y agradecerle por haberse portado bien, y acompañé a mi amiga a casa a pie. En el camino me encontré con un cacerolazo callejero espontaneo que recorría todo el barrio. Luego, me encontré con mi familia que también había salido a la calle después de mi primera salida y que venían en OTRO cacerolazo. Después, frente a las ruinas de lo que era Huevos Oro, los dos grupos se unieron y empezamos a corear: El pueblo – unido – jamás será vencido y los catorce cañonazos bailables de la protesta y la marcha.

Y todos gritamos arengas y caceroleamos por doce o catorce cuadras más. Regresamos a la casa y nos reímos un poco sobre las curvas cóncavas que quedaron en los culos de las ollas de lo duro que las habíamos golpeado. Me acosté. Casi no pude dormir porque mis oídos seguían escuchando cacerolas. Sonreía recordando esos acelerones frenéticos sobre piso mojado, ir pitando con una mano en el timón y otra con la bandera mientras iba al triple del limite de velocidad. Tenía un tinito imposible de ignorar. Pensé que mi pequeño tributo a Vlada Vasiljević tal vez había servido para sacar a algunos de sus casas y les había arrancado una sonrisa a otros. Esa minúscula alegría me dio la tranquilidad necesaria para dormir.

Se dice que dedicaba estos actos auna chica. Pero esa respuesta me la guardo, tal como se la guardaron Vlada y mipadre.

Por Alejandro Ramírez para Laguna Negra

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