Análisis

Cerca de la extinción (Las partículas elementales de Michel Houellebecq)

Cristian Moreno
Imágenes POR
Marcia Díaz
2020-07-28

Escrito a modo de memoria de una raza camino a la extinción, es decir nosotros, Las partículas elementales de Michel Houellebecq ajusta cuentas tanto con las liberaciones y revoluciones culturales occidentales como Mayo del 68, la liberación sexual y el renacimiento en la sociedad de mercado de las sabidurías orientales. Y narrada desde una tercera omnisciente odiosa y lúcida, la novela resulta un ensayo implacable sobre el derrumbe último de todas las esperanzas humanas puestas en esos cambios y las instituciones liberales que les preceden; su historia nos lleva a través de la vida de dos medio hermanos hijos de una madre hippie horrible, un biólogo que a duras penas parece un ser humano y un humanista con serios problemas sexuales. Sus desencuentros, obsesiones y la ruina que erige cada ser humano a su paso, van armando una novela amorfa que parece ensayo, elegía, diatriba, poema, insulto.

(no más mírenle esa jeta de divorcio, corazón roto y temporada en el psiquiátrico)

Una novela centáurica en la que se suceden apreciaciones crudas, unas banales otras sinceras, sobre el propósito, el trauma, y la obsesión misma del ser humano en busca de la felicidad siempre trunca. Una novela que, a pesar de seguir a dos hombres protagonistas, puede leerse como un esfuerzo permanente por ubicar la mujer en el brutal panorama de esas mismas "revoluciones" en el siglo pasado; Houellebeqc se esfuerza en descripciones de amas de casa, rubias insensibles, tiernas amantes, abuelas devotas. Descripciones que, a la sombra de un machismo extraño, dicen una que otra verdad contenidas en la única forma que la verdad tiene para Houellebecq, su forma histórica. Pa' la muestra un botón:

Esta mujer había tenido una infancia terrible, trabajando en una granja desde los siete años entre semibrutos alcohólicos. Su adolescencia fue demasiado breve para que pudiera acordarse. Tras la muerte de su marido trabajó en una fábrica para sacar adelante sus cuatro hijos; en pleno invierno iba a buscar agua al patio para que toda la familia se lavara. Con más de sesenta años, recién jubilada, accedió a ocuparse otra vez de otro niño, el hijo de su hijo. A él tampoco le había faltado nada, ni ropa, ni buenas comidas los domingos, ni amor. Ella le había dado todo eso. Un examen mínimamente exhaustivo de la humanidad debe tener en cuenta necesariamente este tipo de fenómenos. En la historia siempre han existido seres humanos así. Seres humanos que trabajaron toda su vida, y que trabajaron mucho, sólo por amor y entrega; que dieron literalmente su vida a los demás con un espíritu de amor y entrega; que sin embargo no lo consideraban un sacrificio; que en realidad no concebían otro modo de vida más que el de dar su vida a los demás con un espíritu de entrega y amor. En la práctica, estos seres humanos casi siempre han sido mujeres.

Tras párrafos como ese uno no sabe, en medio de ese mar de mierda que es la novela, si está bromeando o es un auténtico párrafo de compasión. Creo que esta es una de las novelas más difíciles que he leído, y ese par de hermanos los seres humanos más dañados que alguien haya podido imaginar. La novela logra algo que reta a un historiador, y a veces un sociólogo; levantar acta del cambio histórico. Ilustra mediante cierto análisis social las transformaciones individuales sometidas a las tendencias sociales y viceversa, o al menos es lo que intenta cuando acepta el reto de la novela más célebre de Huxley y, con un descaro que me pareció refrescante debo confesar, parece hacerse la siguiente pregunta ¿Y qué si lo descrito por Huxley fuera un verdadero mundo feliz? De camino a la sociedad post-humana en la que reina el determinismo biológico, Houellebecq levanta con enciclopédica precisión un acta de los males de la sociedad posmoderna en el que, yo creo, es el diagnóstico más reaccionario que se pueda leer:

Sé muy bien que el universo de Huxley se suele describir como una pesadilla totalitaria, que se intenta hacer pasar ese libro por una denuncia virulenta; pura y simple hipocresía. En todos los aspectos, control genético, libertad sexual, luchas contra el envejecimiento, cultura del ocio, Brave New World es para nosotros un paraíso, es exactamente el mundo que estamos intentando alcanzar, hasta ahora sin éxito (...) No cabe duda de que Huxley era muy mal escritor, de que sus frases son pesadas y no tienen gracia, de que sus personajes son insípidos y mecánicos. Pero tuvo una intuición fundamental: que la evolución de las sociedades humanas estaba desde hacía muchos siglos, y lo estaría cada vez más, en manos de la evolución científica y tecnológica, exclusivamente.

Houellebecq levanta una espada hecha del dolor de la gente que no logra ser amada o cuyo amor no se resigna aceptar la muerte, y la blande contra el amor y las condiciones que lo hacen posible; el amor de Bruno, el hermano humanista, se desintegra lentamente en una promiscuidad demasiado próxima a la autodestrucción, la ruina emocional y mental. Contra ello, e inspirado en la apreciación que Bruno hace de Huxley, su hermano Michel va a encontrar la inspiración requerida para cambiar definitivamente el curso de la historia humana, o sea acabarla. Aunque su solución a ese dolor resulte ser el mundo de Huxley, una salida ingenua que aboga por la total erradicación de la diferencia sexual (que en la novela resulta 'causa y solución de todos los problemas de la vida') la novela vale la pena leerla porque… La verdad no sé por qué, esa prosa misantrópica bajo la cual murmura un resentimiento que parece estar allí desde siempre en Houellebecq, es una suerte de permanente desgarro. Es muy verraco leer la novela sin detestar el moralismo abierto de muchas de las breves sentencias demoledoras del narrador, sin incomodarse por las palabras que salen de boca de las mujeres, que son las únicas lúcidas en la novela, las portadoras de la verdad. Pa’ la muestra otro botón:

Dejé de venir mientras estuve casada; ahora vengo dos o tres semanas al año. Al principio era un lugar alternativo, de nueva izquierda; ahora se ha vuelto New Age; las cosas no han cambiado tanto. En los años setenta ya había interés en las místicas orientales; hoy sigue habiendo jacuzzi y masajes. Es un sitio agradable, aunque un poco triste; aquí dentro hay mucho menos violencia que fuera. El ambiente religioso disimula un poco la brutalidad de los ligues. Pero aquí hay mujeres que sufren. Los hombres que envejecen solos son mucho menos dignos de compasión que las mujeres en la misma situación. Ellos beben vino malo, se quedan dormidos, les apesta el aliento; se despiertan y empiezan otra vez; y se mueren bastante de prisa. Las mujeres toman calmantes, hacen yoga, van a ver a un psicólogo; viven muchos años y sufren mucho. Tienen el cuerpo débil y estropeado; lo saben y sufren por ello. Pero siguen adelante, porque no logran renunciar a ser amadas. Son víctimas de esta ilusión hasta el final.

Párrafos como esos abundan en la novela y la van convirtiendo en una especie de ensayo contra el amor, contra Francia, contra todo el set de valores occidentales, contra la gente bonita, contra la gente fea, contra la biología molecular, contra el sexo. Por eso vale la pena leerla, también porque cada cosa que uno se haya atrevido a necesitar, amar o prolongar, Houellebecq la ha diseccionado hasta la náusea; no hay un solo valor de la sociedad occidental que no sea cuestionado en esta novela, empezando por la familia, nuclear o no nuclear, que en esta novela sufre una desintegración precisa y contundente. Como en los sueños de cualquier otro adolescente noventero Houellebecq se venga de la sociedad…escribiendo una novela contra todo (not pun intended).

Así las cosas, yo he decidido que no es una novela sino un panfleto contra todo lo que damos por sentado, un panfleto atropellado que desemboca amargamente en la ciencia ficción. Decida usted qué son Las partículas elementales.

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